Antes de que Cabo Verde pusiera un pie en el Mundial 2026, el único pasaporte cultural que ese archipiélago de medio millón de habitantes había entregado al mundo era la voz de Cesária Évora. Una señora de voz grave, densa y sin artificios, que cantaba descalza sobre un escenario como si todavía estuviera en los bares portuarios de la capital Mindelo. Ahora que los “Tiburones Azules” se convirtieron en la selección del país más pequeño en alcanzar la fase de eliminación directa en los 96 años de historia de la Copa del Mundo, de pronto ese archipiélago volcánico perdido en el Atlántico tiene dos historias que contar al planeta. La del fútbol es nueva. La de la música lleva décadas circulando por los grandes escenarios del mundo, y tiene nombre y apellido.
La diva que cantaba descalza
Cesária Évora nació el 27 de agosto de 1941 en Mindelo, ciudad portuaria de la isla de São Vicente, en el entonces Cabo Verde colonial bajo administración portuguesa. Creció en un entorno de pobreza estructural —el archipiélago sufría sequías cíclicas y hambrunas— y de intensa vida musical doméstica. Su padre tocaba el cavaquinho, un instrumento de cuatro cuerdas de raíz portuguesa que se masificó en Brasil; B. Leza, uno de los compositores más reconocidos del país, formaba parte de su entorno familiar. La música no era un lujo: era una lengua compartida en la que se mezclaban influencias africanas, portuguesas y brasileñas.
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A los 16 años comenzó a actuar en los bares y hoteles de Mindelo, a cambio de una mínima paga o un trago. Los clientes la llamaban desde las mesas para que cantara sus temas preferidos. Esos años de bar forjaron un estilo interpretativo que nunca perdió el aire íntimo y conversacional. Por las noches, escuchaba a Amália Rodrigues, la gran voz del fado portugués, y a la cantante brasileña Ângela Maria.
La administración colonial portuguesa llegó a prohibir caminar por la acera a quienes no podían permitirse unos zapatos. Décadas después, Cesária Evora cantaría siempre descalza en los escenarios del mundo. El gesto tenía nombre: era un homenaje a los pobres, una forma de no olvidar de dónde venía.
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Su trayectoria no siguió el patrón habitual de ascenso temprano. En 1975, con la independencia de Cabo Verde de Portugal, atravesó una crisis personal y profesional profunda. Dejó de cantar públicamente durante cerca de una década. Cayó en una etapa de depresión y consumo abusivo de alcohol. Ella misma describió ese periodo como un alejamiento voluntario de la música, motivado por la frustración de no encontrar reconocimiento.
El punto de inflexión llegó a mediados de los años ochenta, cuando viajó a Lisboa y comenzó a cantar en un local con música en vivo. En 1987, el productor de origen caboverdiano José da Silva, entonces empleado ferroviario en Francia, la escuchó en un restaurante lisboeta y decidió apostar por ella. Le propuso trasladarse a París para grabar un disco. Tenía 47 años.
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En 1988 apareció su primer álbum internacional, La Diva aux Pieds Nus (“La diva descalza”), editado por el sello francés Lusafrica. No fue un éxito inmediato, pero la colocó en el radar de críticos y promotores interesados en las músicas del mundo. Le siguió Mar Azul (1991). La explosión llegó con Miss Perfumado, publicado en 1992, que contenía la versión de “Sodade”, composición de Armando Zeferino Soares que se convertiría en su canción emblemática (ver video). Ese disco la catapultó a la fama mundial.
La <i>sodade</i> y el mar
El concepto central para entender su repertorio es la sodade, término en criollo caboverdiano que se aproxima al portugués saudade, pero que para la propia artista tenía matices propios. “La sodade es un sentimiento mucho más grande que la nostalgia”, afirmó en una entrevista. No se trata solo de extrañar algo o a alguien, sino de una sensación profunda de vacío ligada a la experiencia de un país que expulsa a su gente (aproximadamente la mitad de la población caboverdiana vive fuera del país, principalmente en Europa, Estados Unidos y África occidental). Esa diáspora generó una cultura donde la separación familiar y la nostalgia del hogar son experiencias estructurales. La morna —el género musical que Cesária encarnó, declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2019— es su vehículo expresivo privilegiado. Las letras hablan de partidas hacia América o Europa, de cartas que viajan por mar, de madres que despiden a hijos en el puerto.
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“Sodade”, en la versión de Miss Perfumado, condensa ese sentimiento de forma paradigmática. Alude a la partida hacia São Tomé, destino de muchos caboverdianos enviados a trabajar en condiciones duras en plantaciones durante la época colonial. Su interpretación —lenta, contenida, cargada de silencios— convierte ese texto en un lamento colectivo por todas las despedidas de la historia caboverdiana.

El mar aparece en su repertorio tanto como escenario físico como símbolo emocional. En un archipiélago, el océano trae riqueza y mercancías, pero también se lleva a los seres queridos. Ella recordaba las palabras de una anciana que le decía que “las olas crean una música que nosotros, los humanos, no entendemos”. Sus mornas sobre el mar son, en cierto modo, un intento de traducir esa música al lenguaje humano.
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La voz de Cesária Evora era grave, cálida y de un timbre que rozaba el registro de contralto. Los críticos la compararon con Edith Piaf y Billie Holiday: en las tres, el canto parece cargado de experiencia y de resiliencia, y transmite una vulnerabilidad controlada que genera empatía. Su vibrato era contenido y regular; el fraseo, ligeramente atrasado respecto al pulso, producía una leve sensación de flotación temporal que acentuaba la melancolía de las canciones.
A diferencia de otros cantantes que priorizan la melodía sobre la dicción, ella situaba las palabras en el centro de su interpretación, respetando el tono y acento emocional. Bastan unas pocas sílabas para identificar su timbre, incluso cuando su voz aparece sampleada o remezclada en contextos electrónicos. Pese a que podría haber cantado en portugués u otras lenguas para facilitar su recepción internacional, optó por mantener todo su repertorio en criollo caboverdiano. “Es el único idioma en el que verdaderamente puedo interpretar”, declaró en distintas entrevistas. Esa decisión tuvo un efecto simbólico poderoso: colocó al criollo caboverdiano en los grandes escenarios del mundo, obligando a los públicos extranjeros a reconocerlo como lengua de alta cultura y no como dialecto marginal.
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De los bares de Mindelo a los Grammy
Su discografía incluye once álbumes de estudio en vida y uno póstumo. El disco Cesária (1995) fue nominado a los Grammy en la categoría de World Music en 1996, alcanzó certificación de oro en Francia y vendió más de 150 mil copias en Estados Unidos. En 2004, Voz d’amor le valió el Grammy al Mejor Álbum de World Music Contemporánea, el corolario una trayectoria con seis nominaciones previas al mismo premio.

A esos reconocimientos se sumaron tres galardones en los KORA All African Music Awards en 1997, el Premio de la Música de la UNESCO en 1998 y la distinción de Caballero de la Legión de Honor francesa en 2009. Actuó en grandes auditorios de Miami, Hong Kong, Montecarlo, China y toda Europa. En 1999 y 2000 llegó a dar dos vueltas al mundo en giras intensivas, siempre con la misma banda de músicos caboverdianos y siempre con los pies descalzos sobre el escenario.
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El académico Fernando Arenas, profesor de estudios lusófonos, afirmó en 2011 que Cesária Évora era la persona caboverdiana más conocida a nivel global. El artista portugués Vhils la describió como “una de las más notables embajadoras de la cultura de habla portuguesa”. La cantante estadounidense Janet Jackson la definió como “un gran talento que llevó la música de sus islas africanas al mundo”.
La obra de Cesária Évora se construye principalmente sobre dos géneros tradicionales caboverdianos: la morna y la coladeira. La morna es considerada la música nacional de Cabo Verde del mismo modo que el fado lo es para Portugal o el tango para Argentina. Se trata de un género de tempo lento, armonías ricas y letras profundamente líricas centradas en el amor, la sodade, el exilio y el apego a la patria. La coladeira, por su parte, tiene un carácter más festivo, con letras de tono satírico y crítica social que muestran la faceta más celebratoria de la identidad caboverdiana. El equilibrio entre ambas otorgó a sus álbumes una dinámica que alternaba la contemplación y la celebración.
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A lo largo de su carrera realizó colaboraciones con artistas de tradiciones muy diversas: Compay Segundo, Caetano Veloso, Chucho Valdés, Goran Bregovic, Erykah Badu y Ryuichi Sakamoto, entre otros. Esos encuentros tendieron puentes entre la música caboverdiana y el son cubano, la MPB brasileña, el jazz latino y la música balcánica, sin que ella renunciara en ningún momento a su forma de cantar ni al criollo. Su último álbum de estudio en vida, Rogamar (2006), incluyó a jóvenes compositores de Mindelo a quienes conocía “desde que eran pequeños”, asegurando así la continuidad de la tradición mientras se abría a nuevas sensibilidades.
Cesária Évora murió el 17 de diciembre de 2011 en el hospital Baptista de Sousa, en Mindelo, a los 70 años, por una insuficiencia cardiorrespiratoria aguda. Había anunciado su retirada de los escenarios tres meses antes, por consejo médico, tras sufrir un infarto cerebral en 2008 durante una gira por Australia. La prensa internacional la despidió como la “reina de la morna” y la voz que había dado a conocer al mundo el “blues caboverdiano”. Años después, el Barbican Centre de Londres programó la Cesária Évora Orchestra, un conjunto dedicado a revisitar su repertorio, como prueba de que su legado sigue circulando por las instituciones culturales más prestigiosas del mundo. Para quienes el Mundial 2026 les haya presentado a Cabo Verde por primera vez, su música lleva décadas esperándolos. Tal vez sea el momento.
[Fotos: Lusafrica]
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