
“Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”. Así comienza el poema “Un lector”, de Jorge Luis Borges, un escritor que, ante todo, se consideraba lector. Y sus lecturas y traducciones no solo lo enriquecieron a él, sino que ayudaron a reinterpretar la historia de la literatura.
Sus lecturas y reescrituras de los clásicos fueron responsables del prestigio de autores como Robert Louis Stevenson, como señaló el crítico estadounidense Harold Bloom en su obra El canon occidental.
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Hasta se publicó un libro dedicado a su faceta de lector: La biblioteca de Borges, de Fernando Flores, que cita más de 2.000 volúmenes leídos por el autor argentino, muchos de filosofía y religión.
Teniendo en cuenta ese libro, así como el proyecto inacabado Biblioteca personal de Jorge Luis Borges, para el que el autor de El Aleph pudo seleccionar, antes de fallecer, a 68 escritores, o las menciones que hizo en muchas entrevistas, estas fueron algunas de sus lecturas favoritas:
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- La Eneida (s.I a.C.), de Virgilio

“Cuando Dante Alighieri hace de Virgilio su guía y el personaje más constante de la comedia, da perdurable forma estética a lo que sentimos y agradecemos todos los hombres”, anotó Borges en el margen de su ejemplar de La Eneida.
- La Biblia (s.IV)

Para Borges, la Biblia era una “biblioteca de los libros fundamentales de la literatura hebrea ordenados sin mayor rigor cronológico y atribuidos al Espíritu, al Ruach”.
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- La Divina Comedia (1472), de Dante Alighieri

El escritor argentino desarrolló una verdadera obsesión por la obra cumbre de Dante, de la que buscaba continuamente ediciones diferentes cada vez que entraba en una librería. Consideraba el libro como el más extraordinario de la literatura y hasta le dedicó Nueve ensayos dantescos.
- Don Quijote de la Mancha (1605), de Miguel de Cervantes

María Kodama, su segunda mujer, siempre dijo que si había un libro al que Borges volvía, era el Quijote. Porque era la única novela que le gustaba. “Siempre pienso que una de las cosas felices que me han ocurrido en la vida es haber conocido a don Quijote”, dijo como cierre de una conferencia en 1968 en la Universidad de Texas.
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- El mundo como voluntad y representación (1818), de Arthur Schopenhauer

Amante de la filosofía, Schopenhauer era para el argentino, el filósofo. Aprendió alemán solo para leer su obra y su pesimismo filosófico está muy presente en las obras de Borges.
- Bartleby, el escribiente (1853), de Herman Melville
Borges adoraba Moby Dick, pero recomendaba más a menudo este cuento de Melville, que tradujo al español y para el que escribió un bonito prólogo en el que trazó un paralelismo entre Bartleby y el capitán Ahab porque que los personajes estén solos era la constante en la obra del estadounidense.
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- Los demonios (1871), de Fiódor Dostoyevski
Sentía fascinación por el genio ruso. Comparaba el descubrimiento de Dostoyevski como el descubrimiento del amor o del mar. Y, en el caso de Los demonios, al empezar a leerlo, sintió que había regresado a su patria porque la estepa rusa era “una magnificación de la pampa”.
- Las nuevas noches árabes (1877-1880), de Robert Louis Stevenson

“Noches pasadas, me detuvo un desconocido en la calle Maipú. ‘Quiero agradecerle una cosa’ —me dijo. Le pregunté qué era y me contestó: ' Usted me ha hecho conocer a Stevenson’. Me sentí justificado y feliz”. Un recuerdo que Borges plasmó en un prólogo de este libro.
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- La vida privada (1892), de Henry James, y otros autores
Un relato corto, increíble y fantástico, en opinión de Borges, que consideraba a James “un espectador sutil e inventivo” que creó “situaciones deliberadamente ambiguas y complejas, capaces de indefinidas y casi infinitas lecturas”.
Estas fueron algunas de las obras esenciales para el escritor argentino, que también admiraba La máquina del tiempo (1895), de Herbert George Wells, a quien consideraba el clásico fundacional de los viajes temporales; a Joseph Conrad y a William Skakespeare –“eran grandes y merecen ser recordados”– o a Franz Kafka, quien, en sueños, le dictó un poema, “Ein Traum” (“Un sueño”).
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Orlando (1928), de Virginia Woolf; Las palmeras salvajes (1939), de William Faulkner, una obra que tradujo y dio a conocer al mundo hispanohablante, y, por supuesto, los cuentos de Cortázar y el Pedro Páramo (1955), de Juan Rulfo, estaban entre sus lecturas esenciales.
Fuente: EFE
[Fotos: EFE; Archivo de Télam; Kevin Eng/ Wikipedia; archivo]
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