Adiós a Juan Carlos Distéfano, artista gigante y persona enorme

Un grupo de anécdotas cotidianas, para recordar al gran escultor, que falleció a los 92 años

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Juan Carlos Distéfano
Adiós a Juan Carlos Distéfano, artista gigante y persona enorme

Ayer por la mañana se fue Juan Carlos Distéfano, el agudo y amoroso Juan Carlos. El artista gigante y la persona enorme. Se fue mientras dormía. Tenía 92 años. Su compañera, Griselda (la conocida escritora y dramaturga Griselda Gambaro), con quien compartió más de 70 años, se encontraba junto a él en la misma casa en donde vivieron siempre durante las últimas décadas. Lucas y Andrea, sus hijos, andaban muy cerca. El día anterior al alejarse de Juan Carlos, el viernes (antes de ayer), había sido el cumpleaños de Griselda.

Hace algunos años tuve la suerte de estar muy cerca de todos ellos. Ahora que Juan Carlos se aleja, se va, me llegan ráfagas de recuerdos como pinzas, furtivas como filos penetrantes. Giros inesperados, después de tanto tiempo. Ráfagas que muestran la generosidad de Juan Carlos, su detallada atención, su amorosidad, su cariño. Su humanidad.

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Juan Carlos Distéfano en 1968
Juan Carlos Distéfano en 1968

Memoria 1: Otoño. Domingo. Mañana con cielo azul y mucho sol. Juan Carlos y Griselda llegaban a la casa en donde comenzábamos a estar con Lucas, y que todavía se estaba terminando de armar. Llegaban con fuentes, comida y panes. Con libros. Llegaban a la casa, y todo se inundaba de energía y alegría. Y entonces los espacios y las charlas se convertían en divertidos y originales. Griselda reía, y a Juan Carlos se le iluminaban los ojos: se le ponían chinitos, chinitos, chinitos.

Memoria 2: Juan Carlos estaba terminando de colgar algunas cosas en las paredes de la casa, todavía en marcha. En un momento me llama aparte. Me dice: “El reloj podría ir ahí, ¿qué pensás?”, señala. Y agrega: “Así pueden verlo desde todas las habitaciones al mismo tiempo”. Detallista, exacto, agudo, con un registro absoluto y desinteresado de todo lo que ocurría. Y con un sutil y delicado tacto.

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Memoria 3: Griselda y Juan Carlos llegaban a la casa. Griselda llegaba con libros para Lucas, que leíamos los dos y después, cuando quedábamos solos, comentábamos. Estábamos en la cocina. Todavía faltaban muebles y estantes. Riendo todos, Griselda me dice: “¿Ves? ¡Así! ¡Somos estantes!”, y nos pusimos las dos en un hueco de un espacio, performeando los muebles que todavía no existían, mientras se terminaba de cocinar el almuerzo. Risas y gestos. Risas y movimientos. Risas y sol.

Juan Carlos Distéfano y Griselda Gámbaro
Juan Carlos Distéfano y Griselda Gámbaro

Memoria 4: Berro. Comíamos berro. A muchas comidas las acompañaba Lucas -y entonces también Griselda, Juan Carlos-, con ensaladas de berro.

Memoria 5: el barro. Fue un martes cerca del mediodía, creo. Había sol. Algún rayo daba en el patio. Ahí estábamos parados, Juan Carlos y yo, mirando el patio y pensando. De repente, no sé muy bien por qué, le dije: “Este rincón del patio es genial para abollar, tirar arcilla contra el piso, machacarla, y sacarle el aire, las burbujas de aire”. “¡Ah, la arcilla…! No sabía que te interesaba la arcilla…” Chan: palabra mágica. Fue el ábrete sésamo a una serie de largas y bellas conversaciones en las que yo -pequeña, pequeñísima-, era toda oídos, y él (maestro absoluto del barro, de los materiales, de la forma, la escultura), se mostraba totalmente generoso, atento y especialmente paciente.

Memoria 6: pasábamos por el taller de Juan Carlos en La Boca: estaba en su hábitat. Siempre concentrado, siempre trabajando. Rodeado de sus esculturas, de sus fotos, libros, papeles. Inteligente. Absorto y a la vez, atento a nosotros. Inquieto, movedizo, iba y venía. Bajaba, subía. Llevaba, traía. Lucas le decía que no circulara tanto, pero Juan Carlos no le hacía caso

Juan Carlos Distéfano
La pareja estuvo junta por más de 70 años

Ultima memoria de esta modesta saga, la 7: la inmensa, enorme sencillez con la que Juan Carlos llevaba su obra, y la vida. Con la absolutamente importante y tremenda carrera y trayectoria que fue desarrollando; con sus esculturas y dibujos, pinturas, tan excepcionales; con su sensibilidad enorme, y su empatía y sintonía con y por los otros, por las personas, por todo lo vivo, lo vulnerable, lo necesitado. Un artista gigantesco, uno de los enormes de la historia del arte de nuestro país, que demostró tener cero vanidad, nada de presunción. Bien alejado de todo esto, a pesar de ser un artista internacional, de haber realizado su gran exposición en la Bienal de arte de Venecia, otra gran exposición en el Museo Nacional de Bellas Artes, haber participado en el Museo Reina Sofía en la emblemática muestra Heterotopías. Medio siglo sin lugar: 1918 - 1968 (2000), entre muchísimas otras exhibiciones.

Juan Carlos era talentoso. Inteligente. Auténtico. Transparente y observador. Agudo y empático. Exacto y humano. Enamorado profundamente de Griselda, amoroso con su familia, con sus amigos. Cuidadoso con sus seres queridos. Generoso. Respetuoso. Es un “hasta luego” a quien no se va del todo, que queda, que queda: porque supo hacer nacer cariño y huella en cada uno de los que lo conocimos, en el resto de los artistas del país, y en quienes aman sus obras.

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