“Estamos en la Feria del Libro... La palabra un poco ¿no?“, dijo Fito Páez al comienzo de su mini recital que abrió el largo -y aburrido y discutido- acto de inauguración de la Feria del Libro 2026. Así transcripto, tal cual, suena un poco raro pero, si se permite traducir el lenguaje paeziano básico, quiere decir que iba a interpretar letra y música de algunos de los grandes autores del siglo XX, en una muestra breve -media hora- pero certera de un canon de la música popular argentina: Manuel J. Castilla, Cuchi Leguizamón, Cátulo Castillo, Aníbal Troilo y Charly García.
En el medio, claro, coló piezas destacadas de su propia obra (algunas más destacadas que otras, por cierto). Toda calificación es arbitraria pero el consenso indica que “Yo vengo a ofrecer mi corazón” es una cumbre creativa del músico rosarino y que resulta perfectamente posible que con esa sola canción, él mismo pueda aspirar a integrar el canon. Pero eso es competencia de un Harold Bloom argentino que no tenemos, al menos, por ahora. Por cierto, cantó también “11 y 6″, que es un bello y tierno cuento urbano escrito luego de esas noches de juventud, cuando el muchacho rosarino de pelo largo y anteojos completaba un curso acelerado de porteñidad bohemia, de la Lugones a Pippo y de ahí a La Paz.
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Pero volviendo al canon, las elecciones de Fito Páez tuvieron el don de una certera compresión dada la ocasión. Tres canciones bastaron para mostrar a un aventajado alumno que lee y entiende el gran libro de canciones (songbook) de nuestra música popular: “Maturana” de Castilla-Leguizamón (el folclore), “La última curda” de Castillo-Troilo (el tango) y “Desarma y sangra” de García (el rock). En menos de diez minutos y con lógica aceptación que otras tantas piezas y autores pueden haber quedado afuera, y aún con sus manierismos vocales -marca registrada, por otra parte, así canta este hombre y así lo aman millones de personas-, fueron un preámbulo de lujo para la noche de inauguración de la Feria del Libro que cumple 50 años como faro cultural de la Argentina.

Hecha el desarrollo de la minitesis que justifica este artículo, corresponde un breve apéndice para ubicar a Fito Páez y su significación como autor de la música popular argentina. En el árbol genealógico del rock argentino, representa lo mejor de una generación que continuó el legado -a la par, por contemporaneidad- de Charly García y Luis Alberto Spinetta. Me gusta la figura de “los sobrinos”: junto a Gustavo Cerati y Andrés Calamaro, Fito Páez es uno de esos sobrinos de los tíos Luis y Charly.
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Los tres llegaron con la democracia de los 80 y brillaron con luz propia en poco tiempo. Cerati emprendió el camino hacia el estrellato al mando de un trío que esparció la marca registrada del rock argentino por todo el continente, como nadie lo hizo. Estuvo más cerca lírica y estéticamente de Spinetta (grabó una emocionante versión de “Bajan” en su primer disco solista y la unión quedó sellada para siempre), pero sin embargo supo compartir correrías de todo tipo con García. Por su parte, Calamaro se destacó naturalmente dentro de Los Abuelos de la Nada -al mando de un electrón libre, Miguel Abuelo- y a la par, desarrolló una precoz pero poco reconocida obra solista, se fue a España, y levantó vuelo con Los Rodriguez para convertirse a partir de la segunda mitad de los años 90, en un ídolo de masas. Tuvo, tiene, una historia de amor-odio con Charly (integró sus bandas en los 80 pero una mañana loca irrumpió en una disquería a batazo limpio contra los discos de su ex “padrino” una década después). Y ahí anda: ahora vive de su leyenda -esta semana y las próximas, brindará seis shows con entradas agotadas-.
Fito Páez, por diversos motivos, fue el sobrino preferido. Integró las bandas del período creativo más brillante de Charly (aquellas formaciones de Clics Modernos y Piano Bar) y casi al mismo tiempo, produjo una hazaña artística: grabó un disco doble a dúo con Spinetta (La la la), de igual a igual, con apenas 23 años. De allí en más, construyó no sin pesares, tragedias personales y altibajos, una sólida obra -grabó discos, dirigió películas, escribió libros- que lo ubica, hoy a cuando tiene más de 60, como una figura clave de la cultura argentina. En calidad de tal, resultó apropiado que abriera la Feria del Libro con una sesión musical que rindió homenaje a sus maestros. Fue una vez más, como rezaba el viejo slogan de esta tradición porteña, “del autor al lector”.
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[Fotos y video: prensa Fundación El Libro]
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