
Hace tiempo que los consumos culturales cambiaron, y en especial los de las nuevas generaciones. Las obras parecen diluirse y aquello que las circunda gana terreno. Ni las grandes producciones, ni los estrenos más esperados del cine, e incluso obras de teatro independiente, pueden contra esa tendencia. La obra deja de importar y prevalece contar la experiencia como consumidor. Y quizás está bueno ir en grupo al cine pintados de verde; puede ser divertido. Pero...
¿Cuál es la potencia distintiva del teatro y, sobre todo, del teatro independiente? ¿Puede ofrecerle algo a la escena actual? ¿Hay ganas de hacerlo? ¿Hay más ganas de pegarla? ¿Qué hacemos? ¿La escena actual es un embole? La crisis de representación es un tema del que se habla a diario y, siendo la representación una de las materias primas —e históricas— de nuestro oficio, nos parece justo atribuirle a nuestro trabajo la hazaña de dar mil vueltas sobre su objeto de estudio o su matriz. Para que aparezcan más preguntas u otra cosa. Si todo se parece a todo, nos dan ganas de que el teatro no se parezca a nada.
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El próximo furor es una obra que nace de la cuarta residencia artística, esta vez, junto al Teatro Empire. Las Residencias son programas que armamos en la compañía para experimentar junto a artistas de diferentes áreas que no se conocían antes de empezar a trabajar, y que consisten en residir durante tres meses en un espacio en particular para crear una obra. El equipo surge de una convocatoria abierta y, en esta oportunidad, fue elegido entre más de 500 postulantes.

El próximo furor es una obra, pero también es una residencia, y también es un musical. Aunque esto último es casi una excusa para acercarnos a un tipo de teatralidad que no frecuentamos y jugar al teatro musical por un rato. La idea surgió de observar ciertas dinámicas de representación del pasado, como el surgimiento de bandas pop —especialmente las boy bands— en contextos de crisis históricas, como ocurrió en la Argentina de 2001 con el reality Popstars, y valernos de esa estética para pensar las formas de representación en la actualidad. Así fue como el pop, la representación y la crisis se convirtieron en ejes fundamentales para la creación de la obra.
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Pero nos parecía importante que, más allá de la obra y de todo el juego en torno al furor de un estreno o del fanatismo que puede causar el teatro musical, el proyecto de residencia fuera la verdadera obra: mostrar la cocina, el medio de producción, que la distancia fuera la más pequeña posible. Que el verdadero protagonista fuera el vínculo entre un grupo de 18 artistas que no se conocían y que tuvieron la voluntad de irse a los bifes en pos de crear algo. Discrepar y mezclar sus formas, sus certezas y sus ganas. Hacer un musical y después cantar sus canciones a los gritos. Que sea divertido, pero que más divertido sea hacerlo.
En este momento, como compañía, tenemos varias obras en cartel, espacios de formación y esta residencia artística, pronta a estrenar una obra. En una entrevista nos invitaban a pensar sobre la productividad y, en respuesta a eso, dijimos que dicho caudal respondía a las ganas. Ganas genuinas que volcaban inquietudes en escena, en los talleres o en las obras y que, como una caja de resonancia, potenciaban esas preguntas y las ampliaban. Esa forma de generar conocimiento volvía a ser combustible para crear nuevas escenas posibles. Entonces nos gusta pensar esa productividad como una consecuencia deseosa y genuina, que tiene más chances de perder que de producir en términos de un buen trader.
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El teatro siempre fue un lugar para nosotros —desde chicos y, seguramente, para muches de quienes compartimos esta pasión— donde poder ser eso que en el mundo no podía desplegarse; un lugar que se hacía cargo de las falencias, que hacía existir aquello que, de alguna manera, era castigado en otros sitios.

Durante mucho tiempo, y principalmente como miembros de la comunidad LGBTIQ+, se nos ha dicho que “no servíamos para nada” como una condena: no servir para amar, para hacer amigos, para formar una familia, para hacer deportes, para defender y ser defendides, para señalar lo importante, para ser representados, para no querer ser parte, etcétera.
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En un mundo en el que la productividad manda, determinar nuestra inutilidad y condenarnos a la nada encierra la lógica de la desaparición. Por eso celebramos cada vez que logramos, con un proyecto, expandir nuestras inquietudes, ampliar los equipos de trabajo y dar nuevas formas a nuestros métodos de producción.
Nos parece importante, en estos tiempos, que las formas de producción se vinculen con las pistas que nuestra identidad sugiere, que intenten refundar ciertas lógicas, que no le tengan miedo al quilombo de encontrarnos.
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En Los Pipis encontramos un amor épico, las amistades más preciadas, la prótesis para una pasión inexplicable. Empezamos preguntándonos si la escena actual era consecuente o necesaria, si debía romper más, pelearse más, bla. Sin embargo, no creemos saber qué necesita el mundo —si más amor, más teatro o qué—, pero lo que sí sabemos es que en Los Pipis hay una pequeña certeza: hoy el teatro es potencia de todo aquello de lo que el mundo carece.
* “El próximo furor” se estrena el viernes 12 de junio a las 21 horas en el Teatro Empire (Hipólito Yrigoyen 1934, CABA). Entrada general: $25.000 (desc. PRE-VENTA y HOT SALE) por Alternativa Tetral.
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