Voltaire, escritor francés: “El optimismo es la locura de insistir en que todo está bien cuando somos miserables”

A más de dos siglos y medio de su publicación, la fulminante sentencia de Voltaire en “Cándido, o el optimismo” funciona como un antídoto contra la complacencia, el conformismo y los discursos de felicidad obligatoria. El contexto de una Europa en ruinas, la burla a los grandes pensadores y la vigencia de un texto indispensable

Voltaire, escritor francés: “El optimismo es la locura de insistir en que todo está bien cuando somos miserables”
Voltaire, escritor francés: “El optimismo es la locura de insistir en que todo está bien cuando somos miserables”
Guardar

¿Es posible defender la felicidad cuando el mundo alrededor se desmorona? En 1759, una novela corta y demoledora sacudió los cimientos intelectuales de Europa. Llevaba por título Cándido, o el optimismo. Su autor, el siempre mordaz François-Marie Arouet —universalmente conocido como Voltaire—, decidió volcar en esas páginas toda su rabia, su ingenio y su desprecio por las filosofías bienpensantes que pretendían justificar el sufrimiento humano. Voltaire no estaba dispuesto a seguir con la farsa.

En el capítulo 19 de esa sátira implacable, el protagonista se topa en Surinam con un esclavo mutilado por sus amos azucareros. Ante el horror descarnado de la explotación, el joven Cándido, que había sido educado bajo la doctrina de que vivía en el mejor de los mundos posibles, se quiebra. Cuando su compañero le pregunta qué es realmente ese optimismo que tanto defiende, el muchacho responde con lágrimas en los ojos: “El optimismo es la locura de insistir en que todo está bien cuando somos miserables”.

PUBLICIDAD

La frase, lejos de ser un recurso literario, funciona como manifiesto. Es una declaración de guerra intelectual. Para entender esa ferocidad hay que reconstruir el mapa mental del siglo XVIII. La intelectualidad de la época estaba fascinada con las teorías del filósofo alemán Gottfried Leibniz. Él había postulado el “optimismo metafísico”: la idea de que, siendo Dios perfecto, el mundo actual era, matemáticamente, el mejor que se podía haber creado. El mal, bajo esta mirada, era solo una ilusión óptica.

Para Voltaire, esta postura no era un consuelo; era una crueldad intolerable. Decirle a una madre que la muerte de su hijo o la miseria de su pueblo formaban parte de un “plan perfecto” equivalía a una bofetada racionalizada. El quiebre definitivo del pensador ocurrió el 1 de noviembre de 1755: un brutal terremoto seguido de un tsunami y un incendio devastó Lisboa, dejando decenas de miles de muertos en pleno día de Todos los Santos. La tragedia desarmó cualquier intento de justificación teológica.

PUBLICIDAD

Voltaire contando uno de sus cuentos (Crédito: Banco de España)
Voltaire contando uno de sus cuentos (Crédito: Banco de España)

Voltaire reaccionó primero con su Poema sobre el desastre de Lisboa, pero el golpe de gracia lo daría cuatro años más tarde con la publicación de Cándido, o el optimismo, una de las obras más importantes de la historia de la literatura y de la filosofía occidental. Su relevancia radica en que logró bajar la alta discusión filosófica a las masas a través de la ironía, el absurdo y la novela de aventuras. A través del personaje del maestro Pangloss construye una parodia directa e hilarante de Leibniz.

En esa obra Voltaire ridiculiza a los intelectuales que prefieren forzar la realidad para que encaje en sus teorías abstractas, en lugar de mirar lo que verdaderamente pasa en las calles. La novela es un viaje de desilusión. Cándido recorre el mundo sufriendo pestes, guerras, inquisiciones y naufragios, intentando sostener una teoría que se cae a pedazos a cada paso. La trampa del optimismo leibniziano, argumentaba el filósofo, es que genera pasividad. Si el mundo ya es perfecto, ¿para qué intentar cambiarlo?

¿Para qué combatir la injusticia, la censura o la tiranía? Aceptar que somos “miserables” y que las cosas están mal es, para Voltaire, el primer paso para transformar la realidad. Su pesimismo literario era, paradójicamente, un optimismo político: el mundo es un desastre, sí, pero podemos mejorarlo con la razón y el esfuerzo humano. Hacia el final de Cándido, o el optimismo, los personajes abandonan las discusiones metafísicas y van a una pequeña granja. “Hay que cultivar nuestro jardín”, cierra el libro.

En tiempos de gurúes de la felicidad obligatoria y de discursos que exigen sonreír ante la crisis, la advertencia que Voltaire lanzó hace más de 250 años sigue siendo un faro de lucidez: la verdadera inteligencia no consiste en negar la miseria, sino en tener el coraje de mirarla de frente para poder destruirla. Esa la respuesta práctica de Voltaire a la “locura” del capítulo 19. Dejemos de justificar el dolor universal con discursos grandilocuentes y dediquémonos a hacer lo que esté a nuestro alcance, aquí y ahora.

Retrato de Voltaire a cargo del pintor Nicolas de Largillierre, 1718
Retrato de Voltaire a cargo del pintor Nicolas de Largillierre, 1718

¿Quién es Voltaire?

François-Marie Arouet, conocido mundialmente por su seudónimo Voltaire, nació en París en 1694 y se convirtió en la figura más brillante y ácida de la Ilustración francesa. De origen burgués, su precoz ingenio para la sátira política y la crítica religiosa lo llevó a ser encarcelado en la Bastilla y, posteriormente, exiliado a Inglaterra, un destino crucial donde adoptó las ideas científicas de Isaac Newton y el liberalismo filosófico de John Locke. Se destacó como filósofo, historiador y dramaturgo.

Desafió al absolutismo y al fanatismo de la Iglesia Católica a través de una inmensa producción literaria que incluye tragedias teatrales como Edipo, ensayos históricos como El siglo de Luis XIV y su célebre Diccionario filosófico. Pero más allá de sus escritos, Voltaire fue un hombre de acción que utilizó su enorme fama y fortuna para defender públicamente a las víctimas de la intolerancia estatal y judicial, consolidándose como uno de los primeros intelectuales activistas de la historia.

Pasó gran parte de sus últimos años en Ferney, escapando de la persecución de las autoridades francesas, aunque regresó triunfalmente a París en 1778, donde murió a los 83 años. Debido a sus feroces críticas contra las instituciones eclesiásticas, se le negó un entierro cristiano tradicional; sin embargo, tras el estallido de la Revolución Francesa —proceso sobre el cual sus ideas ejercieron una influencia fundacional—, sus restos fueron trasladados con honores máximos al Panteón de París en 1791.

PUBLICIDAD

PUBLICIDAD

Últimas Noticias

Siguió a David Bowie por años alrededor del mundo y presenta una selección de 800 fotos

El fotógrafo Denis O’Regan desembarcó en el Festival Internacional de Cine de Venecia con imágenes conocidas y otras inéditas, acompañadas por una propuesta sonora que busca devolver cada escena a su momento original

Siguió a David Bowie por años alrededor del mundo y presenta una selección de 800 fotos

La “Escultura de los deseos” de Marta Minujín llega el Museo Castagnino

La instalación inflable propone ingresar a una estructura de 15 metros y participar con un gesto íntimo en su interior

La “Escultura de los deseos” de Marta Minujín llega el Museo Castagnino

“La magia sobrevive”: Marilú Marini y el teatro como un lugar donde se cuentan historias a la tribu

A sus 86 años, la actriz y directora argentina radicada en París desde hace más de 50 años, protagonizó y puso en escena dos obras en dos meses: una pequeña hazaña artística

“La magia sobrevive”: Marilú Marini y el teatro como un lugar donde se cuentan historias a la tribu

Gustavo Ferreyra: “En mis novelas, los personajes más queribles siempre han sido mujeres”

Es uno de los grandes autores argentinos y la editorial Godot está reeditando su obra. Recientemente publicó “Dóberman”, una premiada ficción ambientada en el menemismo cuyo protagonista es un hombre turbio que, a partir de quedarse sin palabras en público, colapsa

Gustavo Ferreyra: “En mis novelas, los personajes más queribles siempre han sido mujeres”

Yo-Yo Ma, el violonchelista más famoso del mundo: “No hay nadie que no sea interesante; por eso quiero mantener la curiosidad hasta el final”

A los 70 años, el extraordinario músico franco-chino mantiene una agenda cargada de conciertos y proyectos comunitarios, con el humanismo como eje central de su trabajo artístico

Yo-Yo Ma, el violonchelista más famoso del mundo: “No hay nadie que no sea interesante; por eso quiero mantener la curiosidad hasta el final”