
Si, no todos los días un escritor, una escritora ganan un millón de euros, menos si es joven, menos si, como nos pasa en la Argentina, le venimo siguiendo los pasos desde pichona y para muchos, en el medio literario, Samanta Schweblin es, simplemente, “Samanta”. La que sorprendió como cuentista cuando apareció, allá por 2002, con El núcleo del disturbio. La que ahora es mencionada como uno de los pocos candidatos argentinos al Premio Nobel. La que ayer, en Barcelona, con su libro de cuentos El buen mal, ganó el Premio AENA, que se destaca por el millón de euros. Hay una magia en la palabra “millón” que no ocurriría con unos euros menos.
Por eso, las redes ardieron cuando se supo que el millón -y la visibilidad y el prestigio, etc- se lo había llevado Samanta, nuestra Samanta, la chica que creció en Hurlingham, en ese (lindo) suburbio y que se fue a Berlín con una beca y no volvió. No es la primera vez que está frente a un premio grande: no había cumplido 40 años cuando, en 2017, fue candidata al Booker Prize inglés. Y apenas había pasado esa edad cuando, en 2019, lo fue por segunda vez.
¿Qué es lo que hace Samanta Schweblin en su literatura, formada principalmente por sus cuentos, aunque su novela Distancia de rescate le dio un gran alcance institucional? Inquieta. Eso dice una reseña tras otra: “inquietante”. Pero el carozo es cómo lo hace: Samanta Schweblin inquieta, asusta, desasosiega no por lo que ella dice sino porque por lo que cada uno de sus lectores tiene adentro. Te asusta con tus propios miedos y ella sale de la escena con las manos limpias.

Samanta arma la escena, acomoda los sillones, deja la comida lista y a nosotras no nos queda otra que servirnos, atragantarnos y correr al baño a vomitar. Solitos.
Ejemplo: En el cuento Un hombre sin suerte -que se incluyó en ediciones posteriores del libro Pájaros en la boca- un padre le pide a su hija mayor que se saque la bombacha en el auto. Tiene sus razones: están corriendo al hospital porque la menor corre peligro y el hombre necesita algo blanco para agitar por la ventana y pedir paso. Los lectores vamos en esa urgencia, vamos al hospital, la bombacha es un detalle que parece instrumental. Pero ¿qué pasa al llegar? Los padres entran con la chiquita al consultorio. Tardan, tardan, tardan. La nena mayor espera afuera. Empieza a charla con un hombre, que se muestra amable y comprensivo. ¿Se acuerdan ahora de que está sin bombacha? No voy a contar lo que pasa, pero juro que nuestras cabeza van más rápido que el cuento.
Hay cosas que están por pasar, que pueden pasar, que podrían pasarnos, cosas en las que podríamos convertirnos, lugares -una vez lo hizo con un Bingo- en los que podríamos quedar encerrados. Alguien “no puede zafar” del Bingo, el juego, de cualquier adicción. Y en el texto de Schweblin alguien va quedando literalmente encerrado. No hace falta que pase, que lo diga, que concrete, la posibilidad, la sugerencia, ya nos cierra la boca del estómago.

Schweblin nos muestra nuestros miedos, los que tenemos, los que no sabemos que tenemos y los que no nos gusta tener. Pienso en el cuento Pájaros en la boca (que acá está leído por Claudia Piñeiro). Ya saben: el matrimonio está separado y la mujer le cae al hombre con una noticia. La nena come pájaros. No que come pechuga, alitas, no: pájaros vivos. Y si no, no come nada.
El padre tiene las mismas náuseas que puede tener el lector. Hay acá una persona que hace algo que roza lo inhumano. Y ese monstruo es su hija. ¿No da un poco de miedo eso? ¿Nadie tiene miedo de que un hijo suyo se convierta en algo que le resulta repugnante? No importa qué: comer pájaros es algo lo suficientemente lejano como para que “repugnante” sea más importante que el hecho que provoca la sensación. Ahora... llene usted los casilleros con lo que considere inaceptable, inhumano, asqueroso. Y diga la verdad: ¿no le dan un poco de vergüenza esas cosas que, en el fondo del corazón, sabe que no quiere que su hijo haga, que su hijo sea? Esas cosas que usted dice en voz alta: “es su libertad”, pero que si pasan lo harán más infeliz... Cierre los ojos e image una.
¿Ya estamos en el lugar de esos padres? Bueno, ellos van a pasar por todos los estadios: se van a enojar,. se van a echar la culpa mutuamente, van a hacer un esfuerzo por aceptar, van a justificar, van a proveer. Sí, van a proveer pajaritos porque peor es hija muerta. “Lo que me pasó es que sentía la garganta llena de plumas”, dijo Claudia Piñeiro cuando leyó el cuento: ella había tomado otra opción, se había identificado con la adolescente que hace aquello que de ninguna manera se puede hacer. ¿Y ahora?
“Me impresiona a veces cuánto de lo personal, que yo creo bien escondidito en la ficción, queda a la vista para algunos lectores”, dijo Scweblin en una entrevista con Infobae cuando salió El buen mal. Lo de ella y lo de nosotros, que quedqmos como si nos hubieran tirado de la frazada a esa hora en que ya empieza a refrescar.
Esa es Samanta Schweblin: te pone incómodo, te sacude tus prejuicios en la cara, te muestra algo del fondo de tu corazón. Y lo hace sin levantar el dedo, con profunda discreción, como si no se diera cuenta, como si todo fuera un juego entre este mundo real en que vivimos y todas esas cosas que nos amenazan. Que son muchas. Que no nos dejan dormir. Que alguna realidad -ese es el chiste- por supuesto que tienen.
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