
“La película es más independiente que lo independiente”, dice Mariano Galperín, desde el escritorio de su casa, mientras ve caer una inesperada lluvia de verano por la ventana. “Prácticamente la hicimos sin dinero. Si después la cosa se inventa algún número, llega a algún lado, lo repartiremos”. Mañana estrena en el Cine Gaumont Tenemos que hablar: durante la primera semana tiene función a las ocho y media de la noche, “luego habrá que ver”, dice. Ya se vio en el Bafici del año pasado; ahora sale al gran público.
Fue hace exactamente un año cuando el proyecto se puso en marcha, pero la idea venía persistía de antes, sobre todo en reuniones en las que Mariano se sorprendía pensando en cualquier cosa menos en lo que se estaba hablando. “Esto le debe pasar a todo el mundo”. Un día empezó a socializarlo y efectivamente sí: a todo el mundo. Primero imaginó una escena adentro de una película donde solo se escuchen los pensamientos. Luego una película entera sin diálogos, solo pensamientos desaforados y viscerales.
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“A partir de esa base, bastante estricta, empecé a desarrollar los personajes primero y después los pensamientos”, cuenta el director, guionista y productor de esta película que tuvo un equipo técnico muy reducido —Alejandro Giuliani, Andrés Tambornino, Lorena Ventimiglia, Vanina Mizrahi y Ringo Galperín— y un elenco integrado por Marina Bellati, Marcelo Xicarts, Luis Ziembrowski, Guille Pfenning, Moro Angeleri, Diego Cremonesi, Malena Sánchez, Elvira Onetto y Francisco Garamona.

La escena empieza en los preparativos de un cumpleaños. Mientras el cumpleañero, que estrena 55 veranos, cuenta plata, su mujer ultima los detalles del banquete. Llegan los invitados y el evento se desarrolla en el bullicio de los pensamientos cruzados. Sabemos de qué hablan a partir de lo que cada uno se dice a sí mismo en su cabeza. Hay que tener el oído afinado y la paciencia limpia para caminar la cornisa que propone la película. “Me voy a quedar un rato a ver qué pasa”, dice uno de los personajes. El espectador, igual.
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Con encuadres cerrados, planos detalles y miradas arteras, los actores retuercen la esencia vital de cada personaje y la cadencia de sus voces radicaliza ese sentir. Sin embargo, civilizados, educaditos, nadie explota del todo, nadie dice exactamente lo que piensa del otro. Pero para sus adentros, bajo la máscara de la piel, las pasiones arden y ahí sí se permiten el odio visceral. “¿Cómo aterrizó este trolo acá?” “¿Cuánto tiempo más se van a quedar? Caer tardísimo y sin invitación...” “¡Pero qué boluda que es!”
Lo primero que hizo Galperín es definir la escena: un cumpleaños, con “una pareja muy asimétrica, un exnovio que viene de Australia, un arquitecto que se queja, una persona que apuesta, un empleado servil”. “Me gustaba la idea de que los actores no se parezcan a los personajes, de cada uno tenga su manera, su mundo, su modo de ver, pero que no sea igual en la vida real. Estábamos inventando sobre la marcha”, cuenta este director que siempre caminó entre la fotografía, el rock y el cine independiente.
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“Era un formato que estaba bueno para una comedia, porque podría haber sido cualquier cosa, pero los pensamientos, así, privados, que nadie los dice, andan muy bien para una comedia bien ácida, que es lo que terminó quedando”. Todos tenemos que hablar se rodó en una sola noche. Antes hubo audios de WhatsApp que iban y venían con ensayos de voz y después audios de WhatsApp que iban y venían con las voces definitivas, pero en el medio, el rodaje, sí: una sola noche, completa, hasta que amaneció.
“Terminamos la edición, terminé de escribir los textos de todos y se lo mandé uno por uno por WhatsApp. Y les dije: léemelo como si fueras tu personaje. Entonces fui a la edición con los WhatsApp, los bajé y los fuimos poniendo en la película. Se ha armado de un modo increíble. Era un terreno que no conocíamos. Los actores no habían visto ni un fotograma antes ni después. Cuando la estrenamos en el Bafici fue casi como un truco de magia. Corrimos el pañuelo y atrás había una película terminada”, cuenta.
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La película no flota sobre la nada. Hay un contexto de ajuste y austeridad. “Estábamos todos con necesidad de filmar. La situación está tan difícil y el Incaa tan imposible que nos propusimos hacer una película entre amigos. Por suerte, entre los amigos hay grandes actores y un gran equipo técnico, o sea que mantuvo un nivel alto en la realización”, cuenta sobre este estreno que es una versión “superadora” de la que se proyectó en el Bafici: “Le corregí el color y le agregué varios pensamientos nuevos”.

“El cine atraviesa un muy mal momento”, sentencia. “El Incaa es un desastre. Uno creía que peor no podía estar y sin embargo está peor que nunca. Realmente lo que están haciendo con el cine es muy doloroso y sin sentido: no pasa por lo económico, sino por lo ideológico. Además, todos los cineastas estamos a las puteadas, porque hacés una película para ver en pantalla gigante y el noventa por ciento la mira en un televisor chiquitito o en un iPad, y toda la fineza que uno va puliendo muchas veces se pierde”.
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“No soy optimista, pero sí batallador”, resume el director de películas como Bill 79, 1000 Boomerangs, Dulce de leche, Chicos ricos y Todo lo que veo es mío. “Está todo muy difícil. A esta película la pude hacer porque me gasté todos los favores que tenía guardados en el bolsillo en todos los años que vengo haciendo cosas. Pero no me gusta que la gente no cobre, porque ni yo ni nadie cobró. Esta película fue como un acto de resistencia. No, no soy optimista, pero quiero luchar para que las cosas estén mejor”.
“Me gustaba la idea de ser incorrecto en esta época de corrección. Bienvenida la corrección, pero necesitaba ser incorrecto con los textos. ¿Viste que uno puede pensar cosas terroríficas y, si no las dice, quedan todas en la cabeza? Quise sacarle provecho desde la comedia. Podría ser un drama, pero quería hacer que uno salga del cine con ganas de charlar, de reírse. También queríamos estrenar una película en este año que hay tan pocas películas argentinas. Estamos contentos de haberlo logrado”, concluye.
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