¿Qué ocurre cuando una novela contemporánea mira hacia atrás para imaginar el dolor que dio origen a una de las tragedias más famosas de la historia de la literatura?
Maggie O’Farrell, autora de Hamnet (2020), abre su obra con la siguiente nota histórica:
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“En la década de 1580, una pareja que vivía en Henley Street, Statford-upon-Avon, tuvo tres hijos: Susanna, y más tarde, los gemelos Hamnet y Judith.
El niño, Hamnet, murió en 1596, a la edad de once años.
Alrededor de cuatro años después, su padre escribió una obra llamada Hamlet”.
A partir de ahí, la escritora reimagina la vida familiar de ese niño, de sus hermanos y de su madre, Agnes, mientras William Shakespeare aparece de fondo, dedicado a la escritura en Londres.
De un niño a una obra eterna
Para Italo Calvino, autor de Por qué leer los clásicos (1991), los clásicos son aquellos libros a los que nunca se llega por primera vez: no se leen, se releen. Pero tampoco se trata solo de volver a ellos y releerlos, sino de reinterpretarlos. Así ocurre en el caso de Hamnet.
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Hamlet, una de las obras más conocidas de William Shakespeare, narra la historia del príncipe homónimo a quien el fantasma de su padre le encomienda que vengue su muerte, porque ha sido asesinado por su tío.
La novela de O’Farrell relee esta tragedia como una poderosa transformación del dolor por la pérdida de un ser querido en una obra de arte capaz de trascender los límites de la mortalidad. Hamnet propone que lo que Shakespeare consiguió con Hamlet, de forma consciente o inconsciente, fue otorgarle a su hijo la vida que no pudo tener: el niño no llegó a habitar como hombre el mundo que sí conocería la obra literaria que heredó su nombre.
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Una nueva forma de ver el dolor
Hamnet no reescribe Hamlet: lo relee y lo desplaza. Ambas obras parten de una pena idéntica: la pérdida de un hijo a la corta edad de once años. Pero la forma en que esa herida se articula narrativamente es radicalmente distinta.
En Hamlet, el dolor se convierte en discurso y en conflicto político, y su representación es pública, ya que el duelo del príncipe Hamlet se despliega en la corte de su padre, ante el reino, y ante el espectador. En Hamnet, en cambio, el dolor no se verbaliza de manera explícita ni se exhibe, sino que vive en los silencios y en los gestos cotidianos, en la persistencia de la vida familiar a pesar de su ausencia. Esta experiencia de duelo se focaliza principalmente en la novela a través de la figura de la madre. Donde Shakespeare convierte la pérdida en tragedia pública, O’Farrell la transforma en una elegía narrativa situada en el ámbito íntimo y doméstico.
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En Hamlet encontramos el dolor convertido en mito, mientras que Hamnet reimagina la vida del autor para devolver el mito a su origen, a la herida vivida en el espacio de lo cotidiano. En ambas obras, el dolor actúa como motor creativo y nace de un mismo punto de partida: una tragedia familiar en la Inglaterra de finales del siglo XVI, cuando un joven dramaturgo en ciernes afronta la muerte de un hijo mientras persigue el éxito profesional y artístico que permita sostener a la familia que ha dejado atrás para conseguirlo.
Como sugiere Stephen Greenblatt, para comprender cómo Shakespeare utilizó su imaginación para transformar la vida en arte es necesario que nosotros también usemos la nuestra. Hamnet es precisamente ese ejercicio de imaginación contemporánea que sugiere Greenblatt: no explica lo que pasa en Hamlet, sino que imagina el dolor que dio origen a su escritura. Allí donde el teatro convirtió una pérdida íntima en un mito central del canon literario, la novela devuelve ese mito a la experiencia humana que hizo posible su existencia.
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Esta forma de imaginar la vida de Shakespeare para comprender su obra ya había sido explorada previamente en otras creaciones culturales como Shakespeare in Love (1998), cuyo guion, firmado por Tom Stoppard, proponía una ficción biográfica para explorar el trasfondo emocional de Noche de reyes, ligándola a la experiencia vital del joven dramaturgo.
Adaptación cinematográfica
Este diálogo entre Hamnet y Hamlet cobra aún más actualidad con el estreno de la adaptación cinematográfica de la primera de ellas. La transformación de la novela en imagen invita a las audiencias contemporáneas no solo a revivir la narrativa de O’Farrell, sino también a reconsiderar cómo el dolor y la imaginación siguen siendo potentes fuerzas culturales.
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Así, la película dirigida por Chloé Zhao no solo es un hito cinematográfico del que ya se están haciendo eco los grandes medios y premios de la industria, sino también una oportunidad para reflexionar sobre cómo recontextualizamos los clásicos y cómo estos siguen informando las artes hoy.
Tal vez por eso Hamlet sigue siendo un clásico en el sentido que definía Italo Calvino: una obra que nunca se agota, que siempre se relee y que genera nuevos discursos cada vez que alguien se atreve a mirarla con ojos nuevos.
*Doctoranda en Literaturas en Lengua Inglesa, Universidad de Córdoba.
** Catedrática en Filología Inglesa, Universidad de Córdoba (revisora).
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.
[Fotos: Universal Pictures]
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