Una de las series televisivas más aclamadas de los últimos meses, Pluribus, tiene la virtud de hacernos reflexionar a través de su narración. Como sucede con la obra de los grandes artistas, la ficción plasma de forma intuitiva cuestiones de hondo calado antropológico: ¿qué valor tiene el individuo?, ¿cómo logramos nuestra identidad?, ¿en qué consiste la felicidad?
El arranque del primer capítulo nos sumerge de lleno en una distopía: un virus extraterrestre ha infectado a toda la humanidad. Bueno, no a toda: una serie de personas dispersas por el globo resultan ser inmunes. El virus, como el soma de la novela Un mundo feliz de Huxley, anula a los individuos y los convierte en una amalgama de seres indiferenciados, una mente colmena en la que todos sienten y piensan lo mismo, y en la que todos son, supuestamente, felices. ¿Qué harán las excepciones a la regla?
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La genialidad del creador de la serie, Vince Gilligan (también responsable de Breaking Bad y Better Call Saul) sitúa a la protagonista ante un dilema: unirse a los felices o resistir. A diferencia de lo que sucedía con el personaje principal de Breaking Bad (cuya decisión inicial de fabricar droga le ataba a una espiral de decadencia), la escritora Carol Sturka quiere plantar cara, pero a veces duda, se rebela, se siente tentada a ceder… Nos caiga bien o mal por su modo de ser, serán sus constantes decisiones, tomadas en total libertad, las que nos provoquen atracción o repulsa.
Al hilo de esto podemos apuntar algunas ideas que nos ayuden a pensar qué nos constituye como individuos y qué nos destruye.
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‘De muchos, uno’
El título de la serie alude a la máxima latina que aparece en el escudo de los Estados Unidos, “E pluribus unum”: “de muchos, uno”. Recogía la experiencia de las primeras trece colonias que se unieron para formar un solo estado.
Pero si le damos una vuelta, todo grupo social implica pluralidad de miembros. Somos individuos, sí, pero no aislados. Y somos individuos porque vivimos en sociedad. A la hora de querer explicar cómo se da esa relación entre individuo y grupo sin privilegiar a uno sobre el otro, no cualquier teoría pasa la prueba del algodón.
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Particularmente valiosa en este sentido es la filosofía de Julián Marías. A partir de la sentencia de Ortega y Gasset “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”, Marías, su discípulo, desarrolló su propia reflexión. Según él, la circunstancia contribuye a nuestra identidad porque ésta se descubre en el encuentro con el entorno (los “qués”, las cosas) pero, sobre todo, con el otro (el “quién”, las personas).
Libertad y creatividad
¿Es casual que la protagonista sea una escritora de novelas románticas? No parece que la aportación de Sturka vaya a pasar a la historia de la literatura universal. Sin embargo, tenía miles de seguidores que encontraban en sus libros claves para entenderse a sí mismos y para pensarse en una relación valiosa.
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Marías nos dice que la persona se encarna en una realidad concreta, en una estructura empírica por la que nos instalamos en el mundo. Su filosofía no entiende la identidad personal como una idea abstracta y desvinculada de lo real, sino como una instalación en el mundo. La identidad es un relato. Cada individuo tiene que escribir el suyo y no seguir una pauta externa impuesta.
Ya en Aristóteles encontramos tres claves que hoy siguen mostrando su potencial teórico. La primera es que el ser humano es un animal político. La segunda, que todos los seres aprendemos de los demás por mímesis, por imitación. Y la tercera, que lo que nos eleva a la plenitud no es la imitación de los otros, sino aquellas acciones que se encaminan a la felicidad.
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El verdadero manual de ética de este filósofo griego lo encontramos en su Poética, no en el tratado que escribió a su hijo Nicómaco. ¿Por qué? Porque cada individuo cimenta su individualidad en la narración de su propia vida, en el diálogo de encuentros y desencuentros con los demás. Por eso no hay una felicidad definitiva, ni igual para todos, ni homogénea… Si suprimimos el espacio de la creatividad personal, anulamos a la persona.
Individuos en sociedad
Marías construye en La estructura social uno de los intentos más lúcidos por articular la antropología con la sociología. La sociedad es el ámbito natural en el que cada individuo expresa lo que es y cómo lo desarrolla en relación con los demás.
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Hay un dato de esa estructura social que ayuda a describir lo que sucede en la serie. Igual que todo ser humano tiene unos órganos que nos permiten vivir, la sociedad tiene unas vigencias. Lo que está vigente (creencias, usos y costumbres) no lo elegimos, lo encontramos (lengua, leyes…), pero cada individuo se configura a sí mismo dialogando o luchando con ellos. Por el contrario, los humanos contagiados en la serie no dialogan con nada ni con nadie. Siempre dan la razón, como un algoritmo de la complaciente IA.
Felices ¿para siempre?
Aspiramos a ser felices, sí. Pero, definitivamente, no como en la serie: ser feliz no es ser anodino. Carol Sturka es perfecta como protagonista porque no lo es como persona. Ninguno lo somos, aunque busquemos configurar nuestro modo de ser de la mejor manera posible. Ella añora los momentos de felicidad vividos antes de que ese virus alienígena absorbiera todas las mentes y anulara todos los corazones. Y busca otros nuevos.
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Como expresa el escritor griego Cavafis en su poema Ítaca , la felicidad primigenia se reencuentra en un viaje rico en experiencias y conocimientos. Por eso Marías habla de la identidad personal de cada uno como “innovación radical”, porque es el resultado de la trayectoria recorrida por cada uno, de la vida entendida como biografía.
En el mundo de Pluribus, un mundo en el que todos son iguales, no hay innovación radical, no hay identidad individual, solo fotocopias.
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Fuente: The Conversation
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