
La primera novela de Jennette McCurdy se aleja de la mera provocación y se sumerge en los rincones menos explorados del deseo, la soledad y la obsesión adolescente en la era digital. La mitad de su edad ofrece una mirada penetrante y desbordante de humor negro sobre los límites difusos de la intimidad y el poder, explorando el terreno ambivalente donde la sed de afecto y reconocimiento puede conducir a decisiones inesperadas.
Esta escritora de 33 años, que es también cineasta, actriz y cantante, supo sacudir al mundo editorial en 2022 con Me alegro de que mi madre haya muerto, un libro de memorias que la crítica elogió mucho por su descripción de las presiones a las que se enfrentó como estrella infantil, y el comportamiento abusivo de su madre fallecida. Bastará con recordar que el trabajo de McCurdy en la sit com iCarly (2007-2012), producida por Nickelodeon, la llevó a ganar cuatro Kids Choice Awards,
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La historia de La mitad de su edad se enfoca en Waldo, una adolescente de diecisiete años cuyo deseo se centra en el señor Korgy, su profesor de escritura creativa. Hombre casado, padre de familia y con una vida marcada por la rutina y los sueños incumplidos, Korgy se convierte en el objeto de una fascinación que va más allá de la atracción física. La protagonista se interroga sobre la raíz de su anhelo: ¿nace de la pasión y experiencia de él, del conocimiento que representa, o de la extraña afinidad que siente? Tal vez, se conforma con ser vista por Korgy cuando el resto del mundo la ignora.
Time la definió como “una escritora perspicaz con un humor negro y grandes dotes para la empatía y los finales brutales”, Vogue como una mujer “gráfica, sarcástica, cómicamente macabra”, mientras que The New York Times la considera “mordazmente hilarante”. A continuación, un fragmento de La mitad de su edad, recién publicado en español por el sello Ediciones Urano.
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La primera vez que el señor Korgy me pide que me quede después de clase es a mediados de octubre, mi época favorita del año en Alaska. Los días no son tan cortos como para ser deprimentes ni tan largos como para resultar interminables. Una cantidad apropiada de día.
—Gracias por quedarte, Waldo —me dice el señor Korgy y cierra la puerta cuando los últimos rezagados salen.
Se sienta en el borde de la mesa y juguetea con el tallo de una calabaza rugosa que tiene encima del escritorio. Es un guiño feo a la estación y me gusta. Tiene personalidad.
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—Seguro que tienes otros lugares donde estar y personas a las que ver —comienza—. Solo te entretendré un segundo.
Este es el único lugar donde he querido estar y él es la única persona a la que he deseado ver en las últimas seis semanas, desde que comenzó su clase. Todo, desde entonces, me ha llevado a esto. Cada vez que me he lavado los dientes, cada pastel de carne que he comido con Frannie en la cafetería, cada turno de media jornada en Victoria’s Secret y cada notita garabateada que he despegado de la encimera. Cada bandeja de cartón de comida congelada, cada atracón nocturno de compras y cada bolsa de caramelos azucarados llenos de colorantes alimenticios. Cada actividad mundana que he superado, que he alcanzado, que he completado para poder llegar a esto. El primer momento a solas con él.
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—Bien —prosigue con los ojos entrecerrados—, quería decirte que me gusta mucho lo que has hecho en clase.
—Gracias.
—No me des las gracias. Solo soy sincero. —Se encoge de hombros—. ¿Siempre te muestras tan comprometida en las clases?
No. Normalmente hago lo mínimo, duermo siestas en el aula y dejo que las tareas acumulen migajas de galletas Goldfish en el fondo de la mochila. Ni siquiera me importan los aspectos sociales: encajar en este grupo o en aquel, llevarme la mano al corazón y preguntarme quién va a invitarme al baile de graduación. (Fue Paul Bornstein. Tuvimos sexo en la parte trasera de su coche. Ambos comprendimos, por las señales no verbales, como mi escupida con asco de su semen aguado en un vaso de plástico que había en la consola central y su flirteo con Lexi Shepherd durante toda la noche, que lo nuestro se había acabado ahí).
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—Yo no diría que suelo mostrarme comprometida con las clases. Diría que me comprometo con las cosas que me llaman la atención.
—Ya veo. ¿Entonces escribir te llama la atención?
No puedo decirle que el único motivo por el que he mostrado interés en escribir es que he mostrado interés en él. Que él es el fin. El objetivo. Que escribir es solo un medio para un fin. Una oportunidad para impresionarlo, o, mejor aún, para conectar con él.
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—Supongo que podría decirse así.
—Bien —dice—. Tienes algo que muchos de mis estudiantes… que la mayoría de mis estudiantes no tienen. ¿Sabes qué es?
Niego con la cabeza.
—Voz —declara.
»Eso es una rareza —continúa.
»Y tú la tienes. Tienes una voz fuerte —confirma.
Y, sin embargo, justo ahora, en su presencia, soy incapaz de decir una palabra.
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