
Llega enero y en Laborde, sudoeste cordobés, nunca se sabe exactamente qué hora está transcurriendo: es que los tiempos en este mes caluroso son muy diferentes a los habituales. Ya desde los días previos al inicio de la 58° edición del Festival Nacional del Malambo (FNM), la localidad se ve movilizada por la llegada de las 23 delegaciones nacionales, extranjeras (Paraguay, Chile y Colombia), los artesanos que se instalan dentro y fuera del parque del FNM, los comerciantes de chucherías, los carritos de comida.
Por la ruta provincial N° 11 se ven llegar trailers, carpas, micros, camiones, casillas. Se avecinan familias, docentes, amigos, delegados, autoridades provinciales. Las puertas del pueblo se abren para recibir a los artistas de todos los rincones del país que superaron el PreLaborde y se aseguraron un lugar para competir. El gran ganador será por todo un año el campeón del festival. Se convertirá en una celebridad de la danza a nivel país y un hijo adoptivo de estos pagos.
Será campeón para siempre, aunque cada enero haya una nueva consagración. Y firmará un pacto de sangre con sus antecesores: no volverá a presentarse jamás en un concurso similar para no desprestigiar al FNM.
El camino es largo. Se comienza en categorías infantiles, luego juveniles, y hay quienes optan por el cuarteto de Malambo. La preparación de adultos y niños es similar a la de los atletas de alto rendimiento: estrictas jornadas de baile, entrenamiento físico, alimentación estipulada por profesionales, manejo de la respiración e infinitos ensayos. En cada academia de danza, en los institutos de música, en la carrera de Folklore de la Universidad Nacional de las Artes, hay un aspirante que sueña con subir al escenario del FNM.
Pero no se trata sólo de la búsqueda del campeón nacional. La competencia contempla distintos rubros: pareja de danza, recitador gauchesco, cuadro histórico nacional, solista instrumental, conjunto de música tradicional, locutor animador. Y más. Desde las últimas ediciones, por un pedido a la comisión organizadora, se incorporó la categoría de Paisana Nacional.
Laborde movilizada
Este año los aconteceres fueron precipitados. Las primeras peñas le ganaron al cronograma festivalero. Las hubo en el mítico bar La Vasconia, en el Club Atlético y Cultural Recreativo y la ya tradicional El Patio Bailable, que cumple su novena edición. “Una idea que surgió en un asado de cuatro amigos”, cuenta unos de sus productores culturales, Carlos Zamprogno, quien destaca el crecimiento del evento frente a los primeros años de incertidumbre con sonido prestado y tablones rescatados de los boliches del pueblo. Hoy se ha convertido en una referencia para músicos y bailarines.

El festival es un hecho tan movilizante que cada integrante del pueblo cumple una función para que se supere en cada edición: el albergue de estudiantes, los clubes, el centro de jubilados, y la escuela rural brindan alojamiento; las modistas del pueblo están disponibles para cualquier traspié que sufran los vestuarios; no falta el —o la— que recibe artistas en su casa. Están también los guías turísticos improvisados, los que prestan bicicletas, los que hacen la gauchada de trasladar instrumentos, los tiracables, los fotógrafos, los que tratan de contactar con medios nacionales. Otros prestan patios, veredas y reposeras para mateadas y guitarreadas y las chicas de la Sala Real trabajan las 24 horas para brindar un espacio de ensayo.
Hasta las curanderas están pendientes de empachos e insolaciones. Porque cuando se juntan las 23 provincias las tortas fritas se comen con locro, con tortillas norteñas, choripanes, mate, tereré, pritiado. Y porque en Laborde por estos días la temperatura ha llegado a los 38 grados.
Es sorprendente que nadie permanezca imperceptible. Las calles son un aluvión de nuevos negocios, desde tiendas de vestimenta típica hasta novedosos chocolates eróticos, pasando por clásicos sahumerios, perfumes y fuentes. Las puertas abiertas, las sillas en la vereda: no hay quien no tenga un producto para ofrecer. Y más allá de los alrededores del parque, se suceden calles y calles con comedores, bares, kioscos improvisados. A cualquier hora —incluso a la siesta, santa protectora del calor inclemente— suenan chacareras, zambas, chamamés; no falta quien se ponga unos cuartetos mientras enfrente un grupo de gurises zapea. Las plazas y parquecitos están abarrotados de jóvenes artistas.
Se busca sombra que rara vez se encuentra, se guitarrea, se lee, se recita. Se corre para el ensayo, la presentación de un libro, los talleres gratuitos que brinda el FNM, la prueba de sonido. No hay quietud a la vista. Serán pocos los que duerman y muchos los que vayan a trabajar sin haberlo hecho.

“Siempre se puede mejorar”, comenta Esther, encargada de alojar a los artistas de la apertura y de velar porque tengan agua fría y caliente, duchas y aire acondicionado. “Necesitamos mejores instalaciones para recibir a todos. Ojalá se haga un gran albergue para todos los artistas”, sueña en voz alta. “Son personas humildes las que llegan, trabajadores como nosotros, y necesitan una comodidad que todavía no podemos ofrecerles”.
El latido del Festival Nacional de Malambo
Antes de ingresar al parque, las calles de ripio se colman de transeúntes. Ponchos, alpargatas, banderas de las provincias sobre los hombros. Cuesta desplazarse entre tantas pilchas gauchas que se florean, baqueanos que se acercan al galope ycochecitos de bebés. Porque en el FNM los argentinos se encuentran, se saludan, preguntan quien peinó tan bonita a la gurisa, si el changuito este año zapatea, en qué puesto se come más barato, si se puede pedir fiado.
Estas noches de Malambo son también las de las primeras travesuras. Los chicos corren como libres por las calles con pistolas de agua, nieve loca y juguetitos importados comprados en el puesto cerca del hospital, y juegan al ring raje. Asunto raro, porque en las casas todos están sentados afuera para disfrutar de la fresca, porque si algo tiene Laborde es que en sus noches el calor amaina. Y como los altoparlantes le ganan al viento, a diez cuadras se puede oír clarito lo que ocurre sobre el escenario del FNM.
El parque tampoco descansa. La cantina es un hervidero: empanadas, pizzas, choripanes. Todos colaboran, los integrantes de la Comisión y los de la Biblioteca trabajan a destajo. No hay noche que no se queden sin locro. En el cafecito del jardín Dardo Rocha, Charo Quintero se ofrece a hacer el turno de 23 a 3 de la mañana, aunque entre a trabajar a las 7. “¿Cómo no estar? Este lugarcito de seis mil habitantes recibe a los artistas con su identidad, su idiosincrasia y sus esperanzas. Es un esfuerzo de todo el año para llegar al corazón palpitante del país. ¡Cada festival ofrendamos un nuevo campeón nacional de Malambo!”.
Otro suceso memorable sucede el primer lunes del FNM. Es el día de los locales. Este año, por primera vez, suena rock. Participa una banda infantojuvenil, Falset, surgida del Instituto Superior del Profesorado. “Trabajar con niños desde los cinco años puede parecer complejo por los tiempos que corren”, relata Silvana Ricaldone, docente de la institución. “Sin embargo, al Profesorado Laborde asisten estudiantes que sienten el arte. Éste es el plus de la escuela: expresarse desde la música, las artes visuales o las digitales, según les interese, y formarse en ese lenguaje de modo simultáneo”.

Falset es un orgullo para el pueblo. El público se emociona cuando los descubre sobre el escenario porque tienen entre diez y trece años la tecladista Eugenia Ferro, el baterista Agustín Hurst, el guitarrista y vocalista Lautaro Del Bianco, el bajista Tomás Arias, el saxofonista Santiago Settembrini y el trompetista Santiago Settembrini. (Sí, mismo nombre y apellido. Cosas de Laborde.) Antes del FNM participaron del ciclo Rockeritos CBA 2026, organizado por la Agencia Córdoba Cultura y En Vivo Producciones, y obtuvieron el primer lugar. Como reconocimiento, actuarán en el próximo Cosquín Rock.
¿Qué piensa la profe Ricaldone respecto a que el FNM permita la participación de un género que no pertenece al folklore? “Toda apuesta a potenciar el acceso al ámbito cultural es superadora. Esto es una evidencia concreta y augura excelentes resultados”.
Los músicos del festival
La noche continúa. En la sala de prensa, Nolo García, cantautor labordense, dialoga con Ángel Piedra, histórico locutor del festival. Faltan minutos para que se suba al escenario. ¿Hay nervios?, quiero saber. Nolo respira. Toma miel líquida para cuidar la voz y se retoca el sombrero antes de contestar: “Es muy emocionante. Es nuestro festival, de nuestro pueblo. Lo viví desde muy chico, soñando que algún día yo subiría. Tuve la suerte de haberlo hecho en otras oportunidades como músico, y participé en algunas aperturas”. Su disco Crónicas Urbanas se lanzó en diciembre de 2024 con producción de Saeta: un trabajo conceptual con el hilo conductor de una perturbadora mujer, Paloma, que se entreverá con un sinfín de perdedores, runflas, pungas y usureros.
—¿Y esta noche quiénes te acompañan? — le consulto mientras sigue vocalizando. Responde una lista de nombres de gente del pueblo, que rara vez aspiran al honor de la tipografía en un medio de alcance nacional.
—Cuatro músicos que forman parte de Claveles del Aire: Ignacio Coniglio, Julián Nietto, César Rochetti y Diego García. En agosto sumamos a Marcelo Quadrotti y a los alumnos de profesor Julio Settembrini en los vientos: Tomi Arias, los primos Santiago y Santiago Settembrini y Facundo Maero. Ya para esta presentación incorporamos a Gian Rodaro en violín y al profesor Raúl Bulnes en piano. Son todos labordenses.

Pero la promoción es ahora o nunca: “Lo más importante para nosotros es que un festival tan importante como el del Malambo le permite a un músico presentar sus canciones ante todo el país”.
Ya es hora de que empiece su presentación, consulto si puedo pasar atrás del escenario para escucharlo mejor. Me es permitido mientras me recuerda que en febrero tocará en el Festival de Peñas, de Villa María, y que debo ir.
Nolo termina el show con un paso doble. Algunos bailan entre las sillas.
El parque es un hervidero.
Comienza la pausa comercial: se corre al baño y se pasa por la cantina.
Llega entonces el momento más importante de la noche, el más folklórico.
Se acompaña con un buen vaso de vino o un fernecito. Los que no tienen sillas compradas intentan ganar algunas sillas sin nombres. Los de veintitantos se acomodan sobre el pastito. Se matea.
Y aparece ella.
La que en 1999 fue la piba revelación de Cosquín y que luego grabó su disco Cuando es preciso, en el que interpretó una versión sublime de “Tei vuelto a ver”, junto a la voz de Latinoamérica, Mercedes Sosa. Suena “Tierra Santa” en la voz de María Soledad Gamboa.
Es hipnótica. Todos se quedan en silencio. Respetuoso.
No esperen grandes manifestaciones del público del FNM. Ni sapucay ni revoleo de ponchos. Se escucha sin murmurar. Se absorbe la música con el cuerpo. Es otro tiempo, el de la gente. Cuando Sole —como todo el pueblo le dice a su celebridad— baja del escenario le quiero preguntar tantas cosas. Pero se larga a hablar:
—Todos los años el público del festival, especialmente la gente de mi pueblo, espera una nueva propuesta. Siente que mi show tiene que ser sí o sí una novedad, una sorpresa. Eso lleva mucho tiempo de crear, de construir un sentido artístico, tratando de no salirme de lo popular y de ser fiel a mi estilo.

—En el escenario dijiste que tu grupo es tu familia. ¿Cómo es eso?
—Mi hijo, Juan Sebastián Gómez Gamboa, es multiinstrumentista (hace bajos, ukelele, batería, percusiones) y está en la idea y el apoyo. Y en todo está Sebastián Pichu Gómez, mi pareja de hace 28 años, mi sostén y también el ojo más crítico. Es un músico popular, tiene su escuela, nuestro taller, Expresarte. Nacho Coniglio también es nuestra familia, parte fundamental en guitarra y también en producción. Cantamos “Un pacto para vivir” e incorporamos un discurso del Papa Francisco que habla de las raíces, y eso fue idea de Nacho. También quisimos invitar a Yaya Francischetti, bandoneonista histórico de Laborde.
Pienso que estos días del festival están siendo increíbles. Se lo digo.
“¡El festival es una locura! Más allá de las delegaciones y la gente que colabora, esto lo hace la gente de las provincias, con el amor y la pasión que trae cada uno de los bailarines y los músicos, y eso siempre funciona, supera las falencias. Lo vivo y lo disfruto. ¡Espero tanto que llegue! Y después no quiero que se termine”.
Porque le pasan cosas como —su mejor anécdota del FNM— en 2017, cuando fue el 50 aniversario. Gamboa había pasado varios años sin tocar, su presentación fue un regreso, y le deparó un momento que no olvida: “Canté a capella ‘Zamba para no morir’. El silencio que se escuchó en el parque fue tremendo, surrealista. Un silencio estremecedor. Como un abrazo eterno.
Y con eso se va, porque también se va la noche de otro festival que dará que hablar. Muchos otros vendrán con sus nuevos artistas y sus nuevos vientitos para sumar voces, porque Laborde es la Capital Nacional del Malambo y el Malambo, el más argentino de los festivales.
[Fotos: FNM]
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