
Una tarde de domingo, cerca de fin de año, una mujer llamada Chinatsu Yukimura aparece por primera vez en el Café Torunka. El local, escondido en una callejuela de Tokio, está casi vacío. La luz del sol entra débil por la ventana, mientras el tic-tac del reloj de péndulo y la música de Chopin llenan el ambiente. Shizuku, la hija del dueño, hojea distraída el periódico deportivo, mientras el dueño pule vasos tras la barra. Afuera, un gato marrón camina sobre el muro, ajeno al bullicio de la ciudad y al encuentro que está a punto de suceder.
El Torunka Café se presenta como un refugio donde los días transcurren sin prisa y el tiempo adquiere un ritmo propio. Este ambiente, con su teléfono rosa de disco, un reloj de péndulo y la música de Chopin, se convierte en el centro de una comunidad de personajes que buscan sentido y compañía. El café, preparado con esmero por el dueño, simboliza el cuidado y la atención a los detalles: “El secreto para hacer buen café está en tomarse el tiempo de hacerlo bien”.
Los lectores ya disfrutaron la experiencia en la librería Morisaki, en aquella primera novela de Satoshi Yagisawa, Mis días en la librería Morisaki, que fue un éxito internacional. “Una alegría leerlo, pero hay que estar dispuesto a bajar el ritmo, saborear cada sorbo”, dijeron de esa novela. Ese antecedente marcó la expectativa de quienes encontrarán aquí un escenario diferente pero una sensibilidad afín.

El narrador, Shūichi Okuyama, recuerda su primera visita al café, antiguamente conocido como Café Nomura. El paso del tiempo y las transformaciones del barrio contrastan con el deseo de hallar un espacio inalterado, donde “los días que han pasado no pueden recuperarse. Debería sorprenderme de que todavía exista un café aquí”.
La llegada de Chinatsu Yukimura introduce un giro inesperado en la rutina. Su afirmación, “En esta vida es nuestra primera vez, pero en la anterior fuimos amantes”, descoloca a Shūichi y despierta la curiosidad de Shizuku. La narración alterna entre la incredulidad y la ternura, mientras Chinatsu relata una historia de amor durante la Revolución Francesa, en la que sus almas se reencontraron como Sylvie Soleil y Etienne Apert: “La primera vez que nos vimos, Sylvie, eras una joven inocente de dieciocho años, pero dentro de ti había un espíritu que ardía…”.
Los lazos entre los personajes se tejen en torno al café y a los pequeños rituales cotidianos: el café compartido, las conversaciones sobre películas y la confección de figuras de papel para decorar el local. La memoria y la nostalgia marcan el tono de la novela, donde cada reencuentro parece milagroso y cada despedida, definitiva. “En la vida, los reencuentros son lo más parecido a un milagro que tenemos”, dice Ayako, una de las concurrentes habituales del café.

Ayako entrega un dibujo como despedida: una flor de Hardenbergia, símbolo de “reencuentros milagrosos”. “Lo pinté con la esperanza de que algún día volvamos a encontrarnos. En la vida, los reencuentros son lo más parecido a un milagro que tenemos”, dice Ayako. El narrador responde: “Es una buena frase. Es mi favorita hasta ahora”. Ambos se despiden en silencio, con la promesa tácita de un reencuentro en el Café Torunka .
◆ Satoshi Yagisawa (Chiba, Japón, 1977) vive en Tokio. Tras ganar el premio literario Chiyoda, Mis días en la librería Morisaki se convirtió en un fenómeno editorial y fue adaptada al cine. Sus libros han sido éxitos en Japón, Corea, Vietnam y Taiwán, y se han traducido a más de veinte idiomas.
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