Martín Sivak: “Uno puede pasar una separación o un duelo sin escribir; para mí fue un modo de organizar mi desesperación”

El autor de “La Llorería” habla sobre su libro, en el que narra la historia de un fracaso amoroso, un viaje de aprendizaje con un periodista muy especial y la enfermedad y muerte de su madre

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Sivak: "Desde los 14 años
Sivak: "Desde los 14 años que quiero ser periodista. En ese momento mis referencias eran Rogelio García Lupo, Gregorio Selser y toda la tradición del periodismo latinoamericano". (Ale López)

Los periodistas contamos historias reales que les pasan a los demás. Algunas transcurren en el presente; otras pertenecen al pasado, pero forman parte de un pasado que persiste o bien porque sus efectos se sienten todavía o porque esa memoria aún representa algo importante o tiene cosas para decirles a las nuevas generaciones. Los periodistas, sobre todo en los últimos años, también hablamos de nosotros en primera persona. En algunas ocasiones, esa narración autobiográfica califica como estilo pero otras veces la autobiografía puede a su manera ser un capítulo de la historia de un país.

Algo de esto último se dio en 2017, con la publicación de El salto de papá, del periodista Martín Sivak. El 5 de diciembre de 1990, Martín tenía 15 años. Ese día se suicidó su padre, un abogado y banquero marxista, aunque su muerte había comenzado unos años antes, posiblemente con el secuestro y asesinato de su hermano Osvaldo, en lo que fue uno de los casos emblemáticos de la década del 80. En su libro, Sivak narró de manera explosiva y delicada a la vez una historia íntima que resultaba, al mismo tiempo, una historia central en lo que fue la construcción de la democracia argentina.

Martín Sivak nació en Buenos Aires, en 1975. Es licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires y doctor en Historia de América Latina por la Universidad de Nueva York. Trabaja como periodista, docente universitario y editor. Como autor publicó El asesinato de Juan José Torres, El dictador elegido, El Doctor, Santa Cruz: una tesis, Jefazo. Retrato íntimo de Evo Morales, Clarín. Una historia, Clarín. La era Magnetto, El salto de papá y Vértigos de lo inesperado. Algunos de sus libros han sido traducidos al inglés, chino, francés e italiano.

Estructurado en once partes o
Estructurado en once partes o capítulos, algunos a la manera de un diario, "La llorería" (Alfaguara) va y viene en el tiempo y en los escenarios.

En La llorería, su nuevo libro (publicado por Alfaguara), Sivak vuelve a escribir sobre su pasado y también sobre el pasado de los otros. Como en El salto de papá, escribe un libro que pertenece al género conocido como autoficción o puede calificarse como una novela de no ficción, literatura hecha con la realidad y la propia vida.

Estructurado en once partes o capítulos, algunos a la manera de un diario, La llorería va y viene en el tiempo y en los escenarios: por un lado, la historia amorosa y sufriente del narrador; por otro, la amistad de este narrador con un periodista británico mayor -un maestro, un padre a contramano-, a quien acompaña siendo él muy joven durante un viaje iniciático hacia el periodismo de alto riesgo: un periplo latinoamericano en búsqueda de historias sociales y políticas y también de grandes personajes para contar y filmar.

Sobrevolando las esferas del amor romántico y del oficio o, más bien, alumbrando y oscureciendo estas esferas, hay listas y cifras de las obsesiones del narrador como abandonar el alcohol, arrojarse en brazos de los fármacos que lo ayudan a lidiar con la angustia y largas caminatas en busca de superación de marca. Hay, también, un tercer relato central: la historia de la enfermedad y muerte de su madre, que también es un viaje al pasado de esa mujer, a su propia historia como enamorada y a su consagración apasionada a un amor interrumpido por la tragedia.

Lo que sigue es la transcripción de una charla que mantuvimos con Sivak semanas atrás en un estudio de radio de Palermo, mientras grabábamos un episodio del podcast Vidas prestadas.

— Hay algo con la palabra que elegiste para el título de tu nuevo libro. Era una palabra muy de mi casa, te diría. Mis viejos siempre decían: “A llorar a la llorería”. Y sé que hay mucha gente que no la conoce o no la tiene tan presente, digamos. En este libro vos decís que era una frase clásica de tu padre.

— Sí, una frase que tiene variaciones, ¿no? Desde que salió el libro, conocí nuevas variaciones, como “A llorar al campito”. O “A llorar a la AMIA”, que yo no sabía que se usaba mucho antes del atentado.

— Sí, porque la AMIA era, es, en realidad, el lugar adonde uno va justamente a hacer los trámites para enterrar a los muertos.

— Exactamente. E incluso la frase de mi papá, “a llorar a la llorería”, refería a esos momentos en que los más chicos perdíamos alguna competencia deportiva y era la forma de papá de decir: no lloren. Ahora, el otro día supe por Claudia Piñeiro, que trabajaba en la empresa de mi papá, que él la aplicaba no solamente a las cuestiones deportivas. Era como una especie de comodín para distintas circunstancias.

— Leí que hay un lugar en Madrid, un restaurante, que se llama La Llorería.

— Sí, sí. Con la salida del libro también me dijeron que tenía que ir a La Llorería de Madrid. Y, como todos los títulos, vos lo sabés muy bien, no es que el libro tenía un título, al contrario, fue cambiando. En un momento fue A llorar a la llorería y después quedó La llorería. En un momento consideramos solo Llorería. Y finalmente quedó ese título, que tiene algo de aquella frase.

— Y también de su narrador, que llora mucho. Hay algo de este narrador hombre que es interesante en el sentido de que echa mano a recursos que habitualmente uno lee más en literatura escrita por mujeres. Hablo no sólo del tema del llanto sino de la cosa más sufriente en relación al amor romántico, por ejemplo. Y también del detalle de la ropa, de cómo se viste la gente. Cómo se viste el narrador y cómo están vestidos los otros.

— Ah, mirá. Muy buena observación. No lo había pensado. Obviamente hay lecturas de autoras mujeres han sido decisivas para mí en los últimos años. Estoy pensando en Annie Ernaux, en Vivian Gornick, en Joan Didion. Que ahí obviamente que no es ni imitación, ni copia.

"Hay lecturas de autoras mujeres
"Hay lecturas de autoras mujeres han sido decisivas para mí en los últimos años. Estoy pensando en Annie Ernaux, en Vivian Gornick, en Joan Didion", contó Sivak. (Foto: Ale López)

— No, es biblioteca. Es enciclopedia.

— Y eso también tiene que ver, lo pienso de esta manera, con los dos primeros libros que me acompañaron cuando empecé a escribir el libro, que son Una novela rusa, de (Emmanuel) Carrère, y Un hombre enamorado, de (Karl Ove) Knausgård. Algo parecido me pasó cuando escribí el libro de mi papá, y es que yo necesitaba saber que en la biblioteca existía ese género. Y con los años y por distintas circunstancias estas tres autoras, además de María Moreno, especialmente en Black Out, obviamente que fueron esas lecturas conmocionantes que te abren un mundo distinto. No lo había pensado en relación a la exhibición del llanto ni a la ropa. Me llamó mucho la atención lo que decís de la ropa porque si hay algo que me critican mucho mis amigos y mis amigas es que yo me visto muy mal y soy muy desprolijo.

— Lo de la ropa es algo muy marcado en el libro.

— Entonces puede ser eso, es como decir “bueno, como no aplica en mi caso, me voy a esforzar en ver la ropa de los demás”. (Risas)

— Me interesa muchísimo lo que estás diciendo porque lo que nos suele pasar, sobre todo a las que somos mujeres grandes, que cuando nos ponemos a pensar en nuestra enciclopedia hay que hacer un esfuerzo para hablar de clásicos de mujeres porque, en general, nuestras lecturas vienen marcadas por libros escritos por hombres. Entonces, que las nuevas lecturas, o mejor dicho, que las nuevas ediciones de autoras como Gornick o Ernaux empiecen a ser leídas por hombres y que eso se traduzca de algún modo en la literatura que escriben es bien interesante. No me había pasado hasta ahora de verlo así.

— Sí, sí, Apegos feroces habrá sido el libro que más regalé en los últimos años. Es un libro muy definitivo, en muchos sentidos.

— Tu libro tiene varios centros. Uno tiene que ver con el sufrimiento y las reflexiones acerca de la vida romántica del narrador. Pero también está esa otra parte que trata sobre la vida de Sean Langan, el periodista británico, un hombre acostumbrado al periodismo de alto riesgo, que fue secuestrado en una de sus coberturas. Y después, como acompañando esto, también están la enfermedad y la muerte de tu madre.

— Si. En realidad había un proyecto de libro y un documento privado. Este viaje con Sean Langan, que fue del año 2002 al 2003, fue de lejos el mejor trabajo que tuve en mi vida. Porque yo desde los 14 años que quiero ser periodista y en ese momento mis referencias eran Rogelio García Lupo y Gregorio Selser y toda la tradición del periodismo latinoamericano. Entonces, como que yo lo que más quería era viajar por América Latina.

— Estás hablando de esos periodistas que eran muy de estar en los bares, de hablar extendido con las fuentes, con los protagonistas de las historias, ¿no es cierto?

— Sin dudas. Rogelio ha sido aparte una persona tan amorosa, tan generosa. Tan extraordinaria en todos los sentidos. El Paraguay de Stroessner es un libro formidable. Sus libros de Bolivia. El primer libro que escribí fue sobre el asesinato Torres, el presidente boliviano, en la Argentina, en el año 76. Y la primera vez que lo fui a ver a García Lupo en el año 95 tenía el bastón de ese presidente en el living. Entonces era como una especie de relación con la época y él, digamos, siempre tuvo ese cuidado y atención para los que nos interesaba la idea de contar América Latina viajándola. Entonces yo lo había hecho, yo había trabajado en el semanario Brecha de Uruguay, fui corresponsal muchos años de diarios bolivianos, que fue mi primer trabajo.

— ¿Y cuando fuiste con Langan?

— Yo trabajaba en la revista de Lanata. Ya llevaba cuatro años, me quería ir, me llevaba mal con uno de mis jefes, era uno de esos momentos de agobio laboral que tenemos todos. Entonces Langan fue como una especie de forma de salir de ahí. Inicialmente íbamos a viajar solo por Buenos Aires, Córdoba y Salta, y terminamos por distintas circunstancias en Tijuana (México). Y, aparte, con las particularidades de su trabajo: Sean Langan venía de hacer un documental con los talibanes antes de los atentados del 11 de septiembre. Era, es, un yonqui, la verdad, alguien a quien le gusta estar en situaciones de riesgo. Estábamos en las afuera de Salta y decía: esto es Kabul. O sea, todo en él remitía a esos países en los que había estado. Entonces todo ese viaje fue algo de educación profesional, algo de educación sentimental. Siempre pensaba que yo algún día iba a escribir un libro sobre este viaje.

— Lo pensaste ahí mismo.

— Sí. Sí. Hice un perfil largo de ese viaje para una revista pero como libro lo tenía pendiente. De hecho, me acabo de acordar, me lo rechazaron como libro en una editorial en ese entonces.

— Cuando hablas del perfil, te referís al artículo en el que en el libro él te dice que lo llamabas narcisista?

— Exacto.

— (Risas).

— Una cosa que es algo formidable de él es su capacidad para empatizar sin conocer el idioma. Pensá que nosotros estábamos en plantaciones del lado del Pacífico, en Guatemala, con campesinos y sus hijos que estaban sacando los granos del café. Él no hablaba una palabra y tenía una capacidad de conexión con ellos y con cada una de las personas sin hablar el idioma. Hay algo muy singular de él que no lo puedo explicar, ojalá que esté en el libro.

Martín Sivak, durante la entrevista:
Martín Sivak, durante la entrevista: "Todo ese viaje con Sean Langan fue algo de educación profesional, algo de educación sentimental".

— Eso aparece, sí.

— Ese rasgo y también el de un hombre roto que a mí obviamente me resultó muy conmocionante. Cuando yo lo conocí era un documentalista estrella de la BBC y su vida se truncó con el secuestro de los talibanes.

— Sí, una deriva.

— Una deriva total y absoluta. Y aun en esa deriva hay algo siempre muy vital, de no victimizarse y de siempre encontrar algo hacia adelante. Entonces todas estas cosas, y también una amistad de 25 años que ha sobrevivido. Quedaría bien decir que el documental es increíble, pero la verdad es que no es tan bueno. O sea, nuestra amistad sobrevivió al documental. Hay documentales de él que son buenísimos. Uno que te recomiendo mucho es sobre una escuela de conducir de mujeres afganas.

— Ah, ese aparece en el libro, sí. Y contás sobre un documental más reciente en Donetsk, del lado ruso de la guerra con Ucrania.

— Entonces, bueno, él tiene eso que también para mí es novedoso porque nosotros pertenecemos al mismo grupo de periodistas y es raro encontrar a alguien que quiera todo el tiempo estar cerca de morir en una situación periodística. Es algo bastante especial esa pulsión de vida para salir y al mismo tiempo… porque su secuestro no es que fue un secuestro planeado. Él fue a unas montañas, fue a la posibilidad de ese secuestro. Entonces todo eso a mí me interesaba mucho contarlo. Era un libro que tenía pensado escribir pero por distintas circunstancias se fue postergando. Y cuando empecé a escribir el documento privado, que es el documento privado de una separación.

— Lo llamás “documento privado” y era escrito para vos pero para algunos amigos también, contás que ciertas cosas necesitás compartirlas con ellos.

— Sí. Sí. En general, en todo, y en particular en este libro, me rodeé de un grupo de amigos y amigas con el cual iba compartiendo esa angustia, una angustia universal, creo yo. En esos momentos por ahí el que sufre cree que ese sentimiento es único en la historia de la humanidad. Fue una especie de epifanía en un subte cuando dije: bueno, de estos doce que hay en este vagón, once pasaron por lo mismo. Y después también empecé a tomar distancia de ese diario y los dos libros, que parecían separados, empezaron a unirse lentamente. Yo escribo y reescribo mucho. La primera versión de este libro tenía 600 páginas, entonces pensé que era demasiado catártico así que con el tiempo y la reescritura lo fui suavizando.

— Te quería preguntar por el tema de la estructura y cómo terminas armando estas once partes, algunas que pertenecen a un diario, otras no. Tal vez hay lectores que aún piensan que todos los autores se sientan a escribir y el libro sale de una, de un tirón. Pero otras veces es muy de ir y venir la escritura, ¿no?

— Sin dudas. Ojo, como sabés hay muchos autores y autoras que tienen el don de sentarse y escribir. En mi caso es más una transpiración larguísima, mucho tallar, tallar, tallar. Y, sí, hubo muchos momentos. Empecé a escribir este libro un año y medio después de El salto de papá. Yo durante de ese año y medio no tenía un tema de libro y estaba feliz, no es que estaba diciendo necesito tener un tema. Muchas veces me ha pasado. En realidad, yo de los 19 años en adelante siempre fui encadenando uno a uno.

— Teniendo proyectos.

— Sí, siempre había un libro adelante. Siempre. Salvo después de la salida de El salto de papá, que no tenía un libro.

— Bueno, era de pronto razonable. Porque si hablamos de llorar, ese libro también te significó mucho llanto. Fue un libro muy poderoso.

— Mirá, todavía me acuerdo la primera entrevista: fue con vos, en Infobae. Me acuerdo de mis esfuerzos, y me acuerdo de que salí como “qué bien, no me puse a llorar”. Y, después, cuando vi el adelanto, estaba llorando. Dije: no, si yo no había llorado.

— Sí habías llorado, claro.

— Que aparte a mí me daba vergüenza. Hay algo con esta incomodidad que, a ver, estos temas a mí me incomodan, entonces la pregunta es para qué lo escribís o para qué lo publicás.

"El salto de papá" (2017)
"El salto de papá" (2017) fue el libro en el que Sivak comenzó a trabajar el género de autoficción.

— Sí, por eso mismo.

— O a pesar de eso.

— Martín, se habla de autoficción, se habla de literatura del yo, también existe el concepto de novela de no ficción. ¿Vos cómo describirías este libro?

— Sí, mirá, yo soy bastante cuidadoso, primero porque me pesa no haber estudiado Letras y ser un lector aficionado y en eso no me siento muy seguro. Yo hablaría de autoficción, como algo genérico. Hay algo de memoria. Y bastante intuición. Pero no tenía eso demasiado claro en un inicio, fue variando bastante con el paso de los años.

— En cuanto a tu madre, además de un perfil y un retrato amoroso, en tu libro se lee sobre una madre que estuvo muy presente. Hay comparaciones en relación a ciertas ausencias de la figura del padre. Hay dos cuestiones, una: la madre siempre estaba ahí para lo cotidiano, para lo necesario, para los cuidados, digamos, pero también estuvo ahí para quedarse viva pese a todo, ¿no? Quedarse viva ahí, para los hijos. Pero hay otra lectura de la figura de tu madre y es, frente a lo que tiene que ver con los fracasos amorosos del narrador, que es la única mujer verdaderamente enamorada que aparece en el libro, la única mujer enamorada hasta el final.

— Sí. Mirá, eso apareció en unas cartas muy pero muy al final. Ahí sí hay algo bastante parecido al libro El salto de papá, y es que el libro no tuvo final durante mucho tiempo, hasta que apareció en un conflicto con el cementerio privado. En este caso, obviamente no es ni una fórmula ni un truco, el libro no tenía final y yo me mudé después de 20 años. Yo soy como un gran acumulador de documentos, papeles, diarios, recortes. Entonces, en todas esas mudanzas aparecen cosas y se tiran cosas. Y apareció un sobre que decía “Cartas mamá-papá”, que yo pensé que eran cartas de los dos y en realidad eran cartas solo de mamá a papá. En mi recuerdo, yo intenté leerlas o descifrarlas cuando estaba escribiendo el libro sobre mi papá, pero mi mamá tenía una letra muy difícil de entender y por distintas razones quedó postergado eso. Entonces, cuando encontré esas cartas fue de los momentos más conmocionantes de la escritura de este libro porque era descubrir a mi mamá a los 25, 26 años, que es la misma edad que yo tenía cuando hice el viaje con Sean Langan. En ese momento mi papá estaba preso. Mi papá estaba en el Centro de Estudiantes de la Facultad de Derecho, era militante comunista. Creo que ya se había ido del Partido Comunista. Y fue detenido con sus compañeros de Derecho y mi mamá estaba por recibirse de psicóloga, entonces todas esas cartas son como el summum del amor romántico de una mujer, que le dice a su entonces novio después de 6 años: nos tenemos que casar, tenemos que irnos de luna de miel a Santiago de Chile. Y hay como una idea del armado de una familia. Totalmente escindido del momento político de entonces.

— Y hay un futuro.

— Mi papá supuestamente estaba consagrado al cambio social y mi mamá quería una vida más tradicional. Entonces esas cartas era ver algunos rasgos de mi mamá. También esa situación extraña que es algo así como espiar a tus padres. Porque aparecían sus apodos, claro, que en un punto me daban vergüenza, me hacían reír. No entendía el origen de los apodos. Y entonces ahí, en esas cartas, encontré ese final y encontré esa idea de la mujer enamorada de esa relación que duró de los 18 años hasta el suicidio de mi papá, 20 años después. Y en el libro volví mucho a la vida de mi mamá.

— Y a la de su familia, a los orígenes, ¿no?

— Sí. Gracias a mi tía Pity, que era su hermana, alguien muy pero muy importante. Su hermana era muy religiosa, muy católica. De hecho, gracias a ella yo empecé a quitarme ciertos prejuicios o mirada desdeñosa con la gente tan creyente. Me acercó a Dios, de alguna manera. A pensar en la fe. A pensar en la religión. Y ella descubrió en uno de sus viajes a España, a Andalucía, que nosotros somos judíos del lado materno. Marranos judíos. Entonces su marido, Rodolfo Pandolfi, un periodista muy conocido que era alguien que tenía relación de mucha cercanía con Israel y con el judaísmo, a partir de esa pesquisa de la hermana de mi mamá se armó una parte de ese lado materno que yo desconocía. Es como que siempre estuvo mucho más la atención sobre la historia paterna y no sobre la historia materna, y, finalmente, como decías, la que estaba para la tarea era mi mamá. De hecho, cuando salió El salto de papá me dijeron como una crítica de perspectiva de género: por qué no hay personajes fuertes mujeres. El mundo de papá era un mundo muy masculino y no es que yo escribí este libro para reponer a mi madre porque mi madre no lo necesita y obviamente que El salto de papá no es una monografía familiar. No es que mi mamá no estaba, mi mamá es una parte muy grande de todo eso. En este libro apareció también, digamos, muy asociada a su año y medio final, que es desde que se supo del cáncer, el tratamiento en una condición personal muy precaria, entonces todo eso que fue coincidente con el viaje de Sean. Mamá murió en el primer intervalo del viaje, también es raro un duelo tan grande como la muerte de una madre. Nosotros viajamos de Buenos Aires hasta Caracas de julio a septiembre, julio, agosto, dos meses. Sean viajó a Londres porque iba a nacer su primer hijo, yo viajé a Buenos Aires para tomar un respiro, y ahí me encontré que mi mamá…

En familia: Martín (a la
En familia: Martín (a la derecha) y su hermano Gabriel, junto a su papá y su mamá.

— Había empeorado.

— Había empeorado y moriría nueve días después. Entonces todo eso también creo que forjó algo en la relación con Sean en el sentido del duelo o la cotidianeidad del duelo con un desconocido porque recién nos estábamos conociendo. Entonces todo eso que obviamente en su momento fue muy pero muy doloroso y estaba ahí, como guardado, cuando yo escribí sobre mi papá. Es como que no entraba. No sé, viste, como que el libro pide algo…

— Bueno, por supuesto, tal cual lo señalás, uno entra con una idea y la escritura se impone y tiene como su propio derrotero, ¿no? Al mismo tiempo, tanto en un libro como en otro aparece esto de hablar de uno pero también de los otros. ¿Hay límites para hablar de los otros? ¿Te aparecieron esos límites? ¿Te sentís incómodo con eso? ¿Consultás, preguntás, te jugás?

— No, obviamente hay límites y también viendo libros o leyendo libros donde no hay límites eso fue bastante educativo. Hay límites. No se cuenta todo. De hecho ficcionalicé. Como en algunos otros libros que escribí, había ajustes de cuentas personales y familiares de los que obviamente me hago cargo, en este caso no se trataba de eso. Era más organizar mi desesperación. No saldar y no exponer la vida de los otros. No escribí con esa intención.

"Una novela rusa", de Carrére,
"Una novela rusa", de Carrére, fue una de las lecturas que prepararon la escritura de "La llorería".

— Está bueno eso de organizar la desesperación.

— Sí. Siento que el libro era una manera de organizar la desesperación y me llené de rituales. Contar los pasos. Empezar a boxear. Contar hasta la cantidad de frutas. Fue como ritualizar esa desesperación. Sí, contenerla. Encontrar una manera, la escritura puede ser eso. No le quiero dar a esto el carácter ese de la escritura salva, la escritura sana, hay que escribir. Porque si no tendría que ser obligatorio en las escuelas escribir. Uno puede ser muy feliz sin escribir y puede pasar mejor o peor una separación, un duelo, sin escribir. Pero así es como me salió a mí. Entonces agarraba la computadora y escribía un diario absurdo de lo que había sucedido en el día y eso me tranquilizaba.

— A mí me gusta esta idea de “escribo porque no puedo no escribir”. O sea, no le pasa a todo el mundo eso, no nos engañemos.

— Sí, en algunas épocas sí. En otras, no. Por ejemplo, te conté, terminé el libro de papá y por un año y medio estaba contento de no tener un tema. Ahí sí escribía para sobrevivir. Los diarios son como un género que nunca había escrito. Yo encima tengo muy mala letra, para tener un diario tenés que tener buena letra porque no me entiendo. Ahí fue como gracias a la computadora o el celular iba…

— Ahí habías tomado notas.

— Todos los días escribía mucho.

— Lo que se lee en tu libro es una recuperación de esos diarios. No es una construcción de los diarios. Es la recuperación de esas notas.

— Sí. También, digamos, la presencia de mi hijo mayor suma una pregunta: ¿incluyo o no incluyo a mi hijo? Y al mismo tiempo era imposible no incluirlo. Mis hijos fueron incluidos por razones obvias, el más grande porque en el diario estaba muy presente, y el más chico, yo había hablado bastante poco de su abuela, de mi mamá, y cuando en la editorial me dijeron: ¿y si ilustramos la tapa con una foto de tu mamá? Que fue algo que…

— No lo habías pensado.

— No lo había pensado. No tenía clara la tapa del libro. Y, entonces, cuando me dijeron eso quedé como un poco perplejo, no sabía qué hacer, y agarré una bolsa con fotos y con el más chico, que tiene 3 años, elegimos la foto que quedó en la tapa.

— ¿Él te ayudó a elegir esa foto?

— Me ayudó porque él se ve muy parecido a mí en esa foto.

— Es que me parece que la edad es la misma además, ¿no?

— Es la misma. O sea, no es que hay que contar a una abuela en un libro. Podría haber sido en los viajes en auto y sería suficiente. Pero hay algo muy lindo y es que desde que elegimos esa foto es como que su abuela empezó a ser parte de nuestra conversación y también fue una manera de quitarle peso al libro. En vez de seguir pensando en el último rulo, la última frase, ahora en la relación con él su abuela está. Cada tanto señala al cielo y hace comentarios sobre su abuela. Entonces, por ahí, le quitó un poco toda la carga del libro.

— Martín, a diferencia de tu amigo Sean, que habla incluso cuando no conoce el idioma y puede rápidamente entablar un vínculo con alguien, quien te conoce sabe que para vos esos vínculos vienen más trabajosos, por decirlo de algún modo, ¿no?

— (Risas).

— Vos tenés una cosa por la cual te acercás a la gente, mirás de determinada manera y no hay altivez en eso y conseguís que de pronto alguien se entregue a hablar. En términos sociales sos más tímido, algo hosco, tal vez; no sos una persona exhibicionista. Hace un rato hablabas de la vergüenza que te da llorar en público o mostrar ciertas cosas. ¿Cuánto hay de todo esto en cómo estamos seteados en relación a “los hombres no lloran, los hombres no sufren, los hombres no muestran el sufrimiento”? Hablás siempre de tu padre como de alguien muy masculino en ese sentido.

— Sí. Sí, yo puedo reconocer esa suerte de ¿hosquedad es la palabra?

— Sería, sí.

— O distancia. Yo diría más bien timidez y soy muy reservado, algo que los libros desmienten. Es como, no sé, ayer un lector me escribió, porque ahí cuento yo qué desodorante uso desde los 14 años. Entonces claro, yo no quiero hacer una exhibición impúdica sino que la única manera de contar esto en serio es escribiendo con la verdad. O sea, hubiese sido tramposo de mi parte.

"Siento que el libro era
"Siento que el libro era una manera de organizar la desesperación y me llené de rituales". (Ale López)

— Pero la época te convierte en influencer (risas).

— A ver, justo el otro día un amigo me hacía un chiste. Cuando yo escribí el libro de Clarín me decían que era un referente de la historia de Clarín, ahora soy como un referente del llanto (risas).

— Bueno, está Historia del llanto, el libro de Alan Pauls.

— Sí, sí. Obviamente no me considero yo un referente del llanto. Sí, entiendo lo que planteás en relación al sufrimiento, al llanto y a eso. No hubiese podido publicar un libro si no estaba eso porque fue un motor muy grande. Y eso no implica, espero yo, ni una victimización ni creer que mi vida es un mar de lágrimas.

— Siglos atrás hubo épocas en que los hombres lloraban muchísimo en la literatura, de manera que no es tampoco una novedad.

— Exacto. Y entonces es un poco, sí, contradictorio y un poco raro para mí esa suerte, también la comodidad que siempre es más fácil para mí escribir sobre los otros. Escribir sobre Sean Langan me resultó más fácil porque aunque es un amigo muy querido es distinto.

— Es reconstruir una historia que no es exactamente la tuya, ¿no? La podés mirar.

— Sí, sí. Y hay una cosa que por ahí es obvia, que en el libro cité a John Updike pero después me di cuenta de que no era necesario citar a Updike.

— Ah, sí, lo noté.

— Sí, acerca de escribir sobre las cosas que a uno le importan. Entonces esa frase, que puede ser un poco obvia, para mí fue una frase definitiva. Y también pude entender. Como te decía al principio, yo tenía 19 años, el centro de mi vida, lo que más me importaba, era escribir contra Hugo Banzer, el dictador boliviano que había mandado matar a Torres, y después la biografía de Banzer. O sea, todos los libros fueron sobre temas que me importaron muchísimo, pero irracionalmente, en el sentido de que no había ninguna razón. O sea, no estaba pensando si iba a haber lectores o no. Y este libro cumple con eso, las tres historias me importaron mucho. Y sé que uno puede escribir sobre temas que no le importan mucho. En mi caso, con la excepción del libro sobre el conflicto regional en Bolivia, que me interesaba pero no me importaba mucho, el resto de los libros todos tienen esa condición, que me importaron mucho y son los que dan sentido también por pasar tanto tiempo trabajando. Si no te importa mucho es casi imposible.

"Cada tanto señala al cielo
"Cada tanto señala al cielo y hace comentarios sobre su abuela", dice Sivak sobre su hijo de tres años, que lo ayudó a elegir la tapa del libro.

— ¿Hay algo de deudas saldadas? No hablo de ajuste de cuentas, hablo de deudas íntimas saldadas en estos libros.

— Sí, como que era algo grande pendiente que empezó hace siete años y con esto se termina y siento el alivio de pasar de tema y, al mismo tiempo, es como que estoy seguro de que el próximo libro va a ser sobre un objeto más exterior a mí. No me imagino con un libro en este registro. Cuando salió El salto de papá dije lo mismo y no sucedió. Pero hay algo de dejarlo ir, ¿no?

— Soltar.

— Soltar el libro, sí. En algún momento dije: basta, no hablo más de mi papá. Suficiente, fue demasiado. Es un momento muy bueno cuando decís “basta de esto”.

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