
Una noche de marzo, en medio de una terapia de flores nativas a la que me estoy sometiendo para palear la ansiedad de una vida de precarización laboral, sueño con amapolas y girasoles: en el sueño están presentes unas mujeres del siglo XIX o de inicios del siglo XX. Son mujeres del campo. No son terratenientes: más bien son las que producen la tierra. Una de ellas se desmaya y yo, que soy otra pariente suya, tengo un rol de detective. Entender por qué una de ellas se desmaya sistemáticamente. Escribir lo que he visto.
Antes, en el mismo sueño, queremos cruzar juntas los inmensos alambrados para llegar hasta donde están los caballos, entre los girasoles y las amapolas. Queremos escapar. Nos detiene una suerte de policía contemporánea. Yo despierto y el sueño dura semanas como una picazón en mi cuerpo y se quiere hacer cuento, poema, ensayo. Nada funciona. Durante días identifico los rasgos: todas han sido algo mío, aunque distorsionadas. Reconozco en ellas a casi todas mis abuelas, todas entre sí, un poco de una con algo de la otra. El problema de mis abuelas: ¿quiénes han sido?, ¿por qué las sueño?, ¿hacia dónde debemos cruzar?
Otro día, quizás en abril, con el temor y el vértigo que me produce escribir sobre mí misma -por alguna razón, siempre tuve prejuicio sobre la escritura autobiográfica, acaso porque soy mujer y temo quedar pegada a esas etiquetas que nos ponen los varones: escritoras de autoficción-, una voz en segunda persona empieza a escribir por asociación en pequeños fragmentos. Escribe por azar: un elemento del sueño la lleva a su historia familiar y a la historia política de su país y a ciertos textos fundamentales en ese país. No puedo parar. Escribo aún cuando no estoy escribiendo: el material no literario, lo que me encuentro en la calle, tomates y flores de mis vecinas, un libro con la letra de mi madre muerta que dice el alma del payador, todo me conduce al cruce.

Con Cruza asumo algo crucial: mi familia está hecha enteramente de esta hibridez. La sangre no explica nada. Tuve una madre biológica que falleció de una enfermedad extraña en el corazón y luego otra madre que devino como tal y cuyos antepasados tampoco eran, netamente, los de sangre: bisabuelas migrantes que vinieron a trabajar la tierra y murieron pobres, sin ver la vuelta de Perón, y parieron las hijas que pudieron, las que no le arrebató el trabajo duro.
Una se casó con un circense que la golpeaba, vivían en el sur de Santa Fe, pobrísimas, con su hija bebé. Un día se fugaron a la ciudad, a Rosario y, en Rosario, esa misma abuela se enamoró de un comechingón venido de Córdoba. Y la hija que tuvo esa mujer, tuvo otra, que recuerda y cuenta historias como nadie, y visitó muchos veranos en las Sierras de Córdoba a la bisabuela comechingona.
Y contó tantas veces esos recuerdos, dijo tanto sobre la caza de las iguanas y sobre las tardes en la pampa plena, que la hija adoptiva, además de soñar con su madre muerta, con su abuela, la única que le queda viva, aquella de la que aprendió todo sobre las flores, ese mismo amor por el jardín que luego le inculcó su padre, esa hija entonces, en sueños, recuerda a mujeres que no conoció, con las que no comparte adn, pero que, sin dudas, son su familia hacia atrás. El pasado, como el sueño, como el amor: hecho del invento, las excusas que construimos para sostener la torpeza y la hermosura de la que están hechas las familias.

Decía entonces que la escritura autobiográfica me generaba cierto resquemor. Pero para ese entonces la voz asociativa ya está andando y de la revelación que trae el azar empiezo a entender, con muchísima lentitud, las cifras, los códigos que me plateó el sueño: los desmayos sistemáticos de mi mamá Silvia antes de morir; mis propios desmayos, los que tuve durante meses cuando intentaba escapar de un ex novio que me amenazaba, los que tuve, durante ese mismo tiempo, cada vez que veía una aguja, el miedo a la sangre; los desmayos históricos de las cautivas que registran muchísimos testimonios. La historia del país dejó de ser algo que ocurría en los textos o en los discursos para convertirse en algo que atravesó a mi familia. La literatura dejó de tener ese lugar erudito para estar allí: en las historias que me criaron, la que insistieron y ahora sueño. Las madres, vivas y muertas, las abuelas: una maquinaria de la literatura que llega hasta vos cuando dormís.
Me interesó entonces trabajar con el recuerdo, pero también con la falla del recuerdo, lo contradictorio, los datos que se desmienten en cada nueva versión de los relatos. Puse mucho énfasis en superar esos datos testimoniales para ficcionar sobre estas mujeres: quizás hayan sido más espléndidas de lo que puedo contar, quizás haya secretos de los que no quiera escribir, pero esos rasgos, sus fugas, sus personalidades terribles, la incapacidad de encasillarlas como buenas o malas, de caracterizarlas como enteramente indias o enteramente migrantes, como peronistas o radicales, como sumisas o como rebeldes, esos gestos fueron los que más interesaron.
Junto a Catalina Reggiani y a Afri Aspeleiter, mis editoras, trabajamos mucho para que estas mujeres no fueran meros personajes secundarios que están en el texto con el fin de colaborar con la protagonista. En algún momento, ellas, las personajes, también se impusieron y fueron ganando más y más lugar en la trama. Tales son los casos de Juana o Pancha, dos personajes especialmente importantes para mí. Incluso el de Julia, una bisabuela que no conocí y cuyo personaje construí a partir de la ficción y el recuerdo. Con la hibridez familiar y narrativa, también se fue diluyendo esa voz narradora en segunda, que cuenta desde atrás y desde adelante, como si fuera omnisciente. Una voz que, tal como viví este proceso, se asemeja a la voz del sueño: difusa, híbrida, a veces colectiva, a veces íntima, hecha de la porosidad de lo onírico, lo inventado, los recuerdos torcidos. Una voz que piensa en la memoria como acto poético, más que como hecho empírico.
Volviendo sobre las mujeres que urden esta trama, en algún punto del proceso de escritura la historia de sus cruces se convirtió en lo central en esta novela de pasajes: cómo hemos salido, nosotras, en todas las épocas, de la zona de nuestro yugo. En qué mula, caballo, burro, en qué moto, bajo qué deseo o pista, con qué ímpetu y con qué urgencias. Y cuándo nos hemos quedado detrás del alambrado, obedientes, sin llegar hasta los girasoles, sin tomar aquellas bestias de campo para huir.
Fotos: @camilavazquezrc
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