Chichita, 101 años, puro poder

Creció en el campo, se dedicó a educar para construir futuro, la vida no fue fácil pero sigue sin tenerle miedo a nada

Tiene 101 años e interpreta un poema de Mario Bravo
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Hace tres años, recibimos 2023 en una quinta. La familia: adultos, un chico casi adolescente, una nena, la abuela. Al mediodía del 1°, una rata pasó por nuestro bello jardín, corrió por la cocina y, mientras gritábamos, se escondió en el baño. El baño chiquito de la recepción.

En el living, hicimos una asamblea. ¿Entrar con una escoba? ¿Una pastilla de veneno y esperar? ¿Anular el baño hasta que alguien se pudiera hacer cargo? Hasta que desde atrás apareció Chichita, con un repasador en la mano. Abrió la puerta, cerró la puerta y cuando la abrió de nuevo llevaba la rata -ahora, una ratita- en el repasador. Hizo unos pasos, fue hasta el alambrado, tiró el animalito al campo. Listo.

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Hace unos días, ahora, Chichita Strien cumplió 101 años. Que aquella vez, la de la ratita, tuviera 98, no fue un obstáculo para que fuera la más resuelta de todos nosotros sino, creo, lo contrario. Había nacido en un lugar y en una época en que esas cosas no daban aprensión. O había aprendido a superar esos pequeños miedos y hacerse cargo porque, bueno, ¿quién iba a hacerlo si no? Se había construido poderosa y así sigue aún hoy, cuando el cuerpo pasa factura. Nunca dice que le duele, aunque le duele. Recita que está en paz con la vida. Canta.

Chichita Strien, 101 años
Chichita Strien, a los 101 años.

Chichita, mi suegra, nació en un pueblo de Corrientes mucho antes de que la Bolsa hiciera crack en Wall Street, mucho antes de que ocurriera el primer golpe de Estado en la Argentina, el que le dieron a Yrigoyen, mucho antes de que Adolf Hitler subiera al poder. Para cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, ella ya daba clases en una escuela rural y salía por los campos a juntar a los chicos que muchas veces los padres se llevaban para la cosecha.

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Con la convicción de que la educación salva, que la educación llevaría a esos chicos a otros lugares y a este país a otros lugares, guardó su secreto deseo de estudiar Medicina en la ciudad y enseñó y enseñó y enseñó. Las maestras vivían ahí, en ese paraje, y en las noches agobiantes o en las tormentas, aprendió a ponerle el pecho a lo que viniera y, con sus alumnos, a descifrar las letras y a los animales, a despejar ecuaciones y el salón donde había que comer y aprender, a trazar los límites de la patria y los del campo enorme, ese que no se podía atravesar.

En la quinta hermosa, con pileta hermosa, ya francamente instalada en la vejez, Chichita supo entrar lentamente al agua, dar una brazada y acomodarse en la reposera, antes de dejarnos asombrados con el repasador y la calma. Pero era ella, con la conciencia de una vida útil más allá del consumo y como parte de la Historia.

Chichita Strien, 101 años
Chichita en 2007, bailando bajo la lluvia, en el Delta.

Porque la Historia no hay modo de que te deje en paz. La tocó en la soledad correntina cuando se tuvo que subir al sulky e ir rancho por rancho a empadronar mujeres para que votaran por primera vez. Y la tocó, con una sierra dentada, cuando la dictadura secuestró en una sola noche a sus tres sobrinos amados, y fue para siempre.

Una convicción profunda tuvo que caer con esa sierra: la del buen ejército de San Martín que peleaba para liberarnos. Pero entre todo lo que destruyó esa dictadura criminal no estuvo la convicción de que había que educar. Ya tenía casi 80 años cuando el país estalló un diciembre -diciembre de 2001- y Buenos Aires, donde vivía por entonces, se llenó de asambleas y locales donde muchos se reunían a comer, donde se conseguía algo de comer pero también algo para hacer juntos, para planear, para estudiar.

Así, Chichita se hizo cargo de enseñar a leer a los que no sabían leer -sí, muchachos, año 2001, adultos en la ciudad de Buenos Aires que no sabían leer- y a reforzar a los más jóvenes para que pudieran terminar con soltura la primaria o atravesar la secundaria. Llegaba en colectivo desde un barrio a más de media hora de viaje, cargada de libros y de golosinas. En eso anduvo en 2002, 2003, 2004. Y varios de sus alumnos, hijos de desocupados, que vivían en conventillos, entraron a colegios exigentes como el Otto Krause o el Nacional Buenos Aires. O se recibieron de docentes ellos mismos: ahí está la foto orgullosa con Chichita.

Chichita Strien en 2011
Chichita Strien en 2011

Cuando llegó la pandemia vivía sola. ¿Qué hacer todo el día? Bueno, aprendió a sacarle el jugo al celular. Se compró una tablet y encontró, por Facebook, a parientes que vivían muy lejos. Arrancó con cursos de literatura por meet, que sostuvo hasta hará un año. Siempre en la vida, al mando de la vida.

La vi cruzar el río braceando con agilidad en el Delta un verano. Y viajamos hacia allí, en julio y temblando, tiradas en el piso de una lancha y tapadas con frazadas, cuando necesité que me acompañara para quedarse callada a mi lado mientras yo escribía un libro difícil sobre un cáncer.

Perdón el desorden: hace unos días Chichita cumplió 101 y nos recibió con un poema que, un poco, evalúa una vida como a ella le gusta: "Yo, con mis propios brazos, cavé el pozo,/Yo, con mis propias manos, planté el cedro", escribió Mario Bravo. "Y pasarán los años y los años/ Y el cedro sin cesar irá creciendo./ Y pasarán los años y los años./Y el cedro estará aún joven y yo viejo".

Le cuesta caminar ahora y a veces no se acuerda lo que pasó hace un rato. Pero si le preguntan si puede -si puede ayudarte con unos datos de Geografía, si puede alimentar al gato, si puede subir esos malditos cinco escalones de la entrada- dirá siempre que sí. Porque lo de ella es poder.

Quizá por eso, mira el celular y graba: "Y pasarán los años y los años./Y “alguien” quizá repita en su recuerdo:/“Él, con sus propios brazos, cavó el pozo…”/“El, con sus propias manos, plantó el cedro.”

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