
En el verano de 2016, la televisión en streaming aún estaba en desarrollo. Netflix llevaba varios años produciendo series originales, con la colaboración ocasional de Amazon, Hulu, Yahoo y otras compañías. Disney+, Apple TV y HBO Max todavía no eran parte del panorama dominante.
¿El futuro del streaming residiría en la experimentación radical, como Sense8 de Netflix? ¿Se trataría de una narrativa no lineal, como la de Arrested Development? ¿Estaría en comedias de prestigio, como BoJack Horseman, o en dramas como House of Cards?
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No parecía que la respuesta fuera a surgir de un thriller de terror de apariencia simple que se estrenó ese julio. Sin embargo, el éxito de Stranger Things, que está a punto de terminar su emisión después de casi una década, demostró que el futuro de la televisión en streaming estaría, en gran parte, anclado en el pasado. (Los primeros cuatro episodios de la temporada final se estrenan el miércoles por la noche).
No se trata solo de que la serie sea de época, aunque su evocación de los años 80 en el pequeño pueblo de Hawkins, Indiana, es parte de su atractivo; casi se puede oler la laca y saborear el Orange Julius. La serie es, esencialmente, una máquina de entretenimiento compuesta por piezas recicladas de la cultura pop, terreno en el que el streaming se ha especializado.
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Abundan las referencias y homenajes: el crecimiento spielbergiano, presente en películas como E.T. el extraterrestre (en la que Dungeons & Dragons ayuda a perfilar a los personajes), el terror juvenil de Stephen King, la tipografía y los escalofríos de relatos sobrenaturales de los 80, arquetipos y personajes a lo John Hughes, las citas pop que van desde Kate Bush hasta La historia interminable, y el casting de Winona Ryder (Heathers, Beetlejuice). Stranger Things es un gran tazón de dulces retro para Halloween, un bocado nostálgico tras otro.
Esto no implica que Stranger Things sea solo una colección de citas. El pastiche puede ser un arte en sí mismo y lo que Matt y Ross Duffer lograron fue fresco y original, especialmente en sus primeras temporadas.
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Pero la serie triunfa en parte porque evoca magistralmente la cultura pop que el público ya adora. Funciona como un equivalente artificial del algoritmo, ese motor de software que ha terminado por definir la experiencia —y la estética— del streaming.

A fines de 2015, intenté definir qué era el streaming y cómo difería de la televisión convencional: “El streaming”, escribí, “tiene el potencial, incluso la probabilidad, de crear un género narrativo completamente nuevo”. La manera en que los programas se veían en streaming determinaba el tipo de producciones: su formato, ritmo y estilo.
Nunca predije Stranger Things. Incluso ahora, resulta difícil clasificarla. No es exactamente televisión ni cine; es entretenida, pero laxo; nunca tuvo una subtrama indispensable.
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En retrospectiva, es el programa de la última década que mejor se adapta al ADN del streaming.
¿Por qué? Porque el streaming fomenta el maratón y la inmersión. Las temporadas se lanzan bajo demanda, sin calendario fijo (las nuevas temporadas de Stranger Things aparecen como un cometa de órbita irregular). Sus episodios pueden ser desmesurados en duración (el final de la temporada pasada duró dos horas y 22 minutos). Y lo más decisivo: los espectadores encuentran las series sugeridas por la fuerza del algoritmo.

“Si te gustó esto, te gustará esto próximo” es la lógica que rige el streaming. Y Stranger Things, un fenómeno pop materializado con fragmentos de nostálgicos éxitos anteriores, representa esa filosofía.
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No es que Netflix inventara la imitación en la industria (la televisión siempre se construyó sobre la base de copiar un éxito anterior), pero el algoritmo la potenció y la convirtió en parte del diseño creativo.
Por eso, después de cada serie favorita, aparecen menús con recomendaciones de títulos similares. Pero ese impulso también explica por qué tanta televisión original en streaming parece el producto de un algoritmo. El reciente thriller de Netflix, The Beast in Me, por ejemplo, reúne a estrellas reconocidas como Claire Danes y Matthew Rhys en una historia que evoca a dramas de prestigio de hace una década.
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Crear lo nuevo a partir del reciclaje del pasado es también el sello de la inteligencia artificial generativa, lo que explica por qué el streaming resulta tan eficaz para producir nostalgia pulida. En Instagram y TikTok, cuentas con nombres como “Maximal Nostalgia” ofrecen imágenes y videos que glorifican una supuesta autenticidad perdida de los años 80 y 90.
Un video con Forever Young de Alphaville muestra adolescentes con peinados de la época y frases como: “La conexión cara a cara es mucho mejor”. En otro, una chica sostiene fichas de videojuegos con más dedos en la mano de los que es posible. Hay publicaciones sobre la vida en un pueblito de Indiana en 1986, niños caminando sobre vías de tren, imagen popularizada en la película Stand By Me (1986). Un comentario recurrente: “¡Sííí! Me encanta la onda de Stranger Things“.
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Estos videos reescriben lo que fue el pasado y, como Stranger Things, están construidos a partir de fragmentos culturales de películas, series y anuncios. Crean nostalgia en quienes eran demasiado jóvenes para experimentar la versión original.
Stranger Things supera con creces la producción genérica de la IA. En sus mejores momentos, es divertida y cautivadora. Los niños tienen la cantidad correcta de dedos. Pero parte del mismo impulso nostálgico. El cariño que despierta empieza por reproducir el que sentías por sus influencias. Y aunque sus horrores sobrenaturales logren inquietar, la serie se alimenta también del calor de un tiempo pasado y analógico. De hecho, la premisa del Mundo del Revés —un experimento militar abre una dimensión paralela que invade el mundo físico— resulta una buena metáfora para la irrupción de internet.
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Ahora, Stranger Things termina y se suma a la mitología popular, para que la cultura digital la fusione y remixe en nuevos productos. No sabemos si el streaming volverá a crear algo similar, pero seguramente lo intentará. Siempre tiene que haber algo que te recuerde a lo que una vez te gustó, para que sigas viendo.
Fuente: The New York Times
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