Cada detalle de sus vidas era una fachada y siempre tenían la coartada perfecta. Nunca hablaban en ruso ni en público ni en privado. Tampoco escuchaban música de su país, ni veían televisión rusa, ni cocinaban platos típicos. Todo formaba parte del plan. Es más, eran tan cuidadosos que, a ella, ni el día de sus 2 partos se le escapó una sola palabra en su idioma natal. Y a él, mucho menos. El matrimonio se adaptó a la vida argentina y logró mantener las apariencias durante más de una década. Con identidades falsas, la pareja de espías mandaba a sus chicos al colegio del barrio, iban al chino y a la farmacia como cualquier vecino. Llevaban una vida común, según relata el periodista de investigación y escritor Hugo Alconada Mon en Topos (Planeta, 2025). Todo lo que está escrito pasó y está verificado, pero parece de película.

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“Todo falso, pero los porteros lo descubrirían después. A principios de 2013, Gisch era apenas un inquilino más, callado, educado, con una hija en camino y acento peculiar, venido de Austria en busca de un futuro mejor en la República Argentina. Gisch se movió con eficacia, atento siempre y en todo lugar a un dogma del espionaje: jamás llamar la atención. (…) Pero los clientes de su empresita no existían. La empresita era una fachada. Las antenas no eran para fines inocuos. ¨Él no era informático. Y ese no era su verdadero nombre. Los porteros lidiaron sin saberlo con un agente de elite del Departamento 2, a cargo de América Latina, del Directorado S del SVR. Con uno de los soldados del frente invisible, según Vladimir Putin, heredero de los zares, de Catalina la Grande, de Iozif Stalin”.
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Todavía vivían en el edificio de la calle O’Higgins 2191, 9no piso D, cuando estalló la guerra entre Rusia y Ucrania. Pero ellos tenían otro destino: Eslovenia. Y allá fueron y allí los detuvieron. Más tarde volvieron a Rusia a partir de un intercambio de prisioneros y fueron recibidos como héroes en 2024 por el mismísimo Vladimir Putin. “No era el departamento ideal pero sí el adecuado. No tenía todas las comodidades, pero sí las suficientes Y el edificio ofrecía otras ventajas, esas que un espía aprende a apreciar. Primero favorecía el bajo perfil. Segundo daba al contrafrente del edificio, pero no al corazón de manzana, sino al pasaje Zavalía, por el que recibía el sol matinal. Tercero el contrato de alquiler lo negoció directo con los dueños del departamento, sin inmobiliarias ni intermediarios que sumaran requisitos molestos o platearan preguntas indiscretas. Cuarto, junto al edificio se habría una galería comercial que nacía sobre la calle O’Higgins y terminaba en la vereda del Pasaje Zavalía, aportando otra vía de escape potencial. Quinto, el edificio quedaba a una cuadra de la avenida Juramento, por donde circulaban múltiples líneas de colectivo. Y sexto el edificio era bien alto (…) factor calve para preservar la calidad de las transmisiones entre tanto cemento. (…) Y algo más: la antena de la calle O’Higgins operó de manera clandestina. No hay constancia de esa instalación en los registros de la Comisión Nacional de Comunicaciones”.

Según el relato de 230 páginas el espía encubierto ajustó la antena en la terraza del edificio, uno de los más altos de la zona. Tenía que terminar rápido o el portero se pondría nervioso. El ruso les explicó, a los encargados del edificio, que era dueño de DSM&IT, un emprendimiento pequeño que proveía servicios informáticos a personas y organizaciones y quería usar su propio servicio de internet para cotejar en tiempo real la prestación que recibían sus clientes. Pero resulta que él no era informático y todo el argumento era una gran farsa que todos se creyeron sin decir ni mu.
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Lo cierto es que la historia de esta pareja, que viajó por Sudamérica y Europa esquivando controles de migración, hizo amistades útiles a Moscú y terminó arrestada en diciembre de 2022 en Eslovenia, capítulo que cierra con un intercambio de prisioneros que involucró a presidentes y jefes de espionaje de ambos lados del planeta. El matrimonio ruso ya estaba casado cuando llegó al país para construir el engaño, pero fingieron conocerse, enamorarse y ser novios para finalmente casarse. Durante la investigación el periodista pudo constatar que tenían varias identidades cada uno, dos de las cuales fueron utilizadas para entrar y salir de Argentina. Además, con estos documentos apócrifos dieron vueltas por Uruguay, Colombia, Chile, Brasil, México, España y Francia. Dos ilegales que vivieron de incógnito durante años en nuestro país e hicieron y deshicieron como se les dio la gana.

Increíble pero real, nunca nadie sospechó la más mínima cosa y todo transcurrió como si nada, sin sobresaltos ni contratiempos para la pareja de farsantes profesionales. “Tenían un acento raro, sí, pero lo último que íbamos a pensar es que eran espías rusos; ellos decían que eran austríacos y se presentaban así. (…) Ellos hablaban alemán y les hablaban alemán a los chicos de vez en cuando, pero principalmente en castellano y en inglés. (…) María era muy introvertida, con un rostro que no tenía expresión. No sabías si estaba feliz o qué y no se daba con muchas personas, aunque el día que se despidió porque se iban a Eslovenia, se emocionó y lloró. Sí, lloró, no a moco tendido, pero daba la sensación de ser una emoción auténtica, que el llanto era real. ¿Y él? Ludwig? El no, él era frío”.
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La realidad puede superar a la ficción. De eso no hay dudas. Y Topos es el fiel ejemplo. Reconstruye con minuciosidad la vida secreta de dos agentes secretos que durante más de una década vivieron en Buenos Aires bajo identidades falsas. ¿Quién puede imaginarse semejante culebrón en pleno barrio de Belgrano? ¿Cómo pudieron mimetizarse con los vecinos como si fueran el almacenero de la esquina? Y la verdad es que da un poco de escalofríos pensar que la familia que vive enfrente tuyo no es lo que parece. “Cuando vimos las noticias, fue un shock tan grande en el colegio que no lo podíamos creer”, dice una de las testigos con las que el escritor conversó mientras escribía la historia. Ludwig y María crearon y vivieron una pantomima grande y compleja. Y sin ningún remordimiento les ocultaron a sus propios hijos su apellido, sus raíces, su historia, su lengua, sus tradiciones, sus costumbres y su cultura y también les ocultaron que en Rusia había dos familias numerosas que preguntaban por ellos cada día. Pero un día explotó todo. Se supo. Y a partir de allí nunca más el barrio fue el mismo. Y ellos tampoco.
¿Quién es Hugo Alconada Mon?
♦ Hugo Alconada Mon es abogado y periodista de investigación argentino, prosecretario de Redacción del diario La Nación, donde se especializa en investigaciones sobre corrupción.
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♦ Es miembro de número de la Academia Nacional de Periodismo, colaborador del diario El País de España y maestro de la Fundación Gabo.
♦ Es miembro del ICIJ y ha ganado múltiples premios, como el Pulitzer por la investigación de los Panamá Papers, el Premio Konex de Platino , el Moors Cabot, Transparencia Internacional - IPYS, Adepa, SIP, GDA, Santa Clara de Asís y Fopea. Recientemente le fue otorgado el Doctorado Honoris Causa por la Universidad Maimónides.
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♦ Tiene una maestría de la Universidad de Navarra, ha sido profesor visitante en la Universidad de Missouri y es autor de una decena libros entre investigación y novelas.
♦ Topos es su último libro.
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