Sonny Rollins (1930-2026) tuvo enfoque enérgico e imaginativo al saxofón tenor que lo convirtió en uno de los músicos de jazz más dominantes de la era posterior a la Segunda Guerra Mundial. Incluso bajo los estándares de una música que valora la individualidad, Sonny Rollins se destacaba, tanto como músico como por su personalidad.
A finales de la década de 1940, cuando la mayoría de los jóvenes saxofonistas de jazz preferían un tono ligero con vibrato mínimo, él desarrolló un sonido potente y voluminoso, que recordaba al estilo antiguo de Coleman Hawkins, el primer gran saxofonista tenor del jazz. A fines de la década de 1950, cuando su carrera como líder de banda recién comenzaba a despegar, Rollins inició abruptamente un receso que duró más de dos años —en su mayoría, explicó después, porque no estaba satisfecho con la calidad de su interpretación.
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Alcanzó la mayoría de edad cuando un nuevo tipo de jazz llamado bebop estaba en ascenso, y desde el principio su forma de tocar estaba impregnada de la sofisticación armónica y el atrevimiento rítmico del bebop. Sin embargo, clasificarlo simplemente como un intérprete de bebop sería una simplificación excesiva. A lo largo de los años, coqueteó con la vanguardia, la fusión jazz-rock y otros estilos. Pero con su energía feroz, su inclinación por tocar la nota inesperada en el momento inesperado y su sonido inusual —a veces áspero y burlón, a veces exuberante y romántico—, en última instancia era inclasificable.
“La música que toco es demasiado grande como para encasillarla en un solo estilo”, dijo a un entrevistador en 2002. “Cada vez que tomo el instrumento, quiero escuchar algo fresco”. Ese compromiso era la clave de su filosofía, y la razón de su atractivo. El crítico de jazz Francis Davis escribió en 2000 que Sonny Rollins “es el mayor improvisador vivo de jazz, y si redefinimos el virtuosismo para incluir la astucia improvisadora así como la destreza instrumental (como probablemente deberíamos hacer al hablar de esta música), puede que sea el mayor virtuoso que el jazz haya producido”.
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Rollins rara vez estaba satisfecho con su propia interpretación; a menudo terminaba una presentación o una sesión de grabación proclamando que estaba seguro de que podría haberlo hecho mejor. Sin duda tuvo noches desafortunadas, tal vez más que cualquier otro músico de jazz de su talla, pero algunos fanáticos veían esto como una señal positiva: las ocasionales malas noches, argumentaban, eran un pequeño precio a pagar por su disposición a arriesgarse y su negativa a tocar siempre lo mismo de la misma manera.
“El verdadero toque ocurre a nivel subconsciente, y en ese punto los clichés desaparecen”, dijo a The New York Times en 1989. “Cuando realmente estoy tocando, mi mente está completamente en blanco”.
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Un talento precoz
Sonny Rollins nació en Harlem el 7 de septiembre de 1930, el menor de tres hijos de Valborg Solomon y Walter Theodore Rollins, originarios de las Islas Vírgenes. Durante muchos años, la mayoría de las fuentes daban su nombre completo como Theodore Walter Rollins, pero él mismo comentó más tarde que en realidad llevaba el nombre de su padre, un encargado de la marina, y que invirtió sus nombres al poco tiempo de convertirse en músico profesional porque los problemas con la ley le dificultaban conseguir permisos de trabajo con su nombre real.
Comenzó a estudiar música a una edad temprana, y aunque también estudió arte y mostró interés por convertirse en pintor, ya tocaba el saxofón profesionalmente antes de terminar la adolescencia. Hizo sus primeras grabaciones en 1949, junto a la cantante Babs Gonzales, y pronto fue solicitado en la escena jazzera de Nueva York, trabajando con grandes figuras como Miles Davis, Thelonious Monk y Bud Powell.
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Su carrera se vio brevemente truncada a comienzos de la década de 1950 cuando, como muchos músicos de jazz de su generación, cayó en el consumo de heroína. Pero para 1955 ya había superado la adicción y alcanzado prominencia nacional como miembro del popular quinteto liderado por el baterista Max Roach y el trompetista Clifford Brown. Gracias a su trabajo con ese grupo y a una serie de álbumes que grabó como líder entre 1956 y 1958, se consolidó como uno de los músicos de jazz más inventivos de su generación.

En 1956 solamente, grabó dos álbumes que serían considerados clásicos: Tenor Madness, que incluía su único encuentro grabado con el también saxofonista John Coltrane, y Saxophone Colossus (el título aludía tanto a su estatura física como a la artística, en rápido ascenso). Dos temas de ese disco recibieron especial elogio de la crítica: “Blue 7”, una ingeniosa improvisación blues que fue objeto de un célebre ensayo del compositor e historiador Gunther Schuller, “Sonny Rollins y el reto de la improvisación temática”; y “St. Thomas”, una adaptación de una canción tradicional antillana que fue la primera y más famosa de las muchas fusiones jazz-calipso que grabaría en los años siguientes.
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Un año después, frustrado por lo que percibía como limitaciones armónicas impuestas por el pianista que tocaba acordes detrás de sus improvisaciones, empezó a presentarse y grabar acompañado solo de un bajista y un baterista, una aproximación inusual (aunque no sin precedentes) en ese momento. (Los pianistas “estorbaban”, declaró entonces. “Tocan demasiado”.) Grabó varios álbumes memorables sin piano, uno de los cuales, The Freedom Suite (1958), fue notable no solo por su instrumentación austera sino también por el tema principal de 19 minutos, una composición en cuatro movimientos escrita como comentario musical sobre la desigualdad racial—un gesto audaz en los primeros días del movimiento por los derechos civiles. Para 1959, recibía críticas consistentemente entusiastas y era visto ampliamente como una de las nuevas estrellas del jazz. Sin embargo, ese mismo año, detuvo repentinamente su actividad y prácticamente desapareció de la vida pública.
Durante los siguientes dos años, convencido de que su desempeño no estaba a la altura de sus propios estándares, dedicó mucho de su tiempo a practicar, a menudo de noche en el puente Williamsburg, no lejos de su apartamento en el Lower East Side de Manhattan, donde la acústica le gustaba y no tenía vecinos a quienes molestar. Su ausencia de la escena y los reportes sobre sus sesiones en el puente alimentaron su creciente mística y su reputación de perfeccionista. “Mucha gente no podía entender por qué dejaría de tocar”, dijo a la revista DownBeat en 2001. “Pero aprendí algo. Era necesario que lo hiciera para tener la confianza que necesito para tocar música como esta”.
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Su retorno en 1961, con un contrato de RCA Victor Records excepcionalmente lucrativo para un músico de jazz, fue considerado una gran noticia por la prensa especializada. (En un intento por sacar provecho de la publicidad generada por su prolongada ausencia, la compañía tituló su álbum de regreso The Bridge, que también era el título de una de las piezas incluidas).
Sonny Rollins, siempre sorprendente
Durante los años siguientes, su perfil se mantuvo alto: actuó en clubes nocturnos, en conciertos y en festivales por todo el mundo, y compuso y grabó la música para la exitosa película británica de 1966 Alfie. Y su música siguió sorprendiendo de manera constante. Se rodeó de un elenco siempre cambiante de músicos talentosos, desde jóvenes experimentales (alienó a muchos viejos fanáticos y ganó otros nuevos trabajando entusiastamente, aunque brevemente, con vanguardistas como el trompetista Don Cherry) hasta el venerable Coleman Hawkins, el saxofonista que él llamaba su ídolo, con quien grabó un álbum en 1963. La década de 1960 fue una época activa y productiva. Pero antes de que terminara, había desaparecido de nuevo.
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Entre 1966 y 1972 prácticamente no grabó ni actuó, pasando gran parte de su tiempo en Japón e India, en lo que más tarde describió como una búsqueda espiritual. Regresó al estudio en 1972 para grabar Sonny Rollins’ Next Album para el pequeño sello Milestone, para el que seguiría grabando durante más de 30 años, y pronto volvió a la vanguardia del jazz mundial.
A menudo, los críticos fueron duros con él en los años posteriores a su regreso, especialmente cuando, como muchos músicos de jazz en los años setenta y ochenta, abrazó instrumentos eléctricos y ritmos de rock. Incluso colaboró con los Rolling Stones, grabando partes de saxofón para tres temas de su álbum Tattoo You (1981), aunque rechazó una oferta para salir de gira con ellos. En sus presentaciones, comenzó a enfatizar los elementos más populares de su música, especialmente su gusto por los calipsos. “A menudo se me critica por los años setenta y ochenta porque usé un backbeat y guitarras y todo eso, pero no entiendo mucho de esas críticas”, opinó en 2001. “Yo intentaba encontrar diferentes formas de hacer relevante mi música. Nunca me consideré en una cima desde la que no pudiera tocar un calipso o un backbeat”.
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La crítica que recibió —que continuó más allá de los años ochenta— solía estar marcada por una inusual mezcla de admiración y pesar. Al reseñar un concierto en 1993, Peter Watrous, de The New York Times, lo elogió como “uno de los más grandes improvisadores vivos en la Tierra”, pero también lo describió como “un hombre empeñado en malgastar el capital de su genio” que “toca música que raramente desafía sus propios logros históricos y que, en su simpleza, parece complacer al público”. Rollins, escribió, “parece incapaz, o poco dispuesto, a presentarse en un contexto que otorgue dignidad a su gran talento, o incluso a reconocerlo”.
Sin importar las críticas, Rollins alcanzó en esos años el mayor éxito de su carrera. Aunque el público del jazz fluctuaba, él era constantemente una de las principales atracciones en concierto del género. Atribuyó gran parte de su éxito a su esposa, Lucille (Pearson) Rollins, quien también fue su representante y coproductora en muchos álbumes. La señora Rollins falleció en 2004. Un matrimonio anterior, con la actriz y modelo Dawn Finney, terminó en divorcio. No le sobreviven familiares directos.
Durante muchos años, tuvo residencias tanto en el bajo Manhattan como en Germantown, Nueva York, al norte del estado. Abandonó su apartamento en Manhattan tras los atentados terroristas de 2001. Se mudó de Germantown a Woodstock, Nueva York, en 2013.
Experimentos y reconocimientos
Aunque trabajó principalmente con pequeñas agrupaciones, a veces experimentaba con otras configuraciones. En 1985 ofreció un concierto en solitario en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, improvisando durante dos horas sin acompañamiento. Ese mismo año interpretó su Concierto para saxofón tenor y orquesta en Tokio junto a la Orquesta Sinfónica Yomiuri Nippon. (“Trataba de sintetizar dos elementos permaneciendo fiel tanto a la forma sinfónica como a mi manera de tocar”, explicó). Siguió de gira y grabando bien entrado el siglo XXI. También hizo todo lo posible por adaptarse a los cambios en la industria de la música.

En 2005 fundó su propio sello discográfico, Doxy, nombrado así por una de sus composiciones más conocidas, con el que lanzó una serie aclamada de álbumes en vivo. En 2006, quien declaró ese año: “Odio la tecnología”, empezó a ofrecer clips de audio y video gratuitos en su sitio web reciéntemente creado, sonnyrollins.com. En sus últimos años, le llovieron los honores. Ganador de dos premios Grammy, recibió un reconocimiento a la trayectoria en 2004. En 2010, fue elegido miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias y se convirtió en el primer músico de jazz en recibir la prestigiosa Medalla Edward MacDowell por logros en las artes. En 2011 recibió la Medalla Nacional de las Artes y el Homenaje del Kennedy Center. (Los reconocimientos habían comenzado mucho antes: fue nombrado Maestro de Jazz por el Fondo Nacional para las Artes en 1983).
A pesar de los honores, siguió explorando —buscando, como expresó en una entrevista en 1984, “el sonido definitivo”. “Por eso sigo practicando”, dijo. “Sabré cuándo encuentre ese sonido definitivo, porque me sentiré completamente realizado sólo por su sonido y por lo que logre hacer con él instrumentalmente”.
Sus archivos, que incluyen cientos de grabaciones de ensayos y prácticas, fueron adquiridos en 2017 por el Schomburg Center for Research in Black Culture en Harlem. Ese mismo año, se presentó un proyecto de ley en el Consejo de la Ciudad de Nueva York para renombrar el puente Williamsburg en su honor. (El proyecto no fue aprobado, pero la campaña sigue en marcha).
En 2022 fue protagonista de una biografía muy elogiada, Saxophone Colossus, de Aidan Levy. Con la muerte de su compañero saxofonista Benny Golson en 2024, se convirtió en el último sobreviviente de los 58 músicos retratados por el fotógrafo Art Kane en el célebre retrato grupal de la revista Esquire, Harlem 1958. “Yo era un fanático”, contó al recordar la sesión de fotos en 2024. “Aparecí en la foto, pero no tanto como músico —aunque, por casualidad, estaba allí como músico—, pero había seguido el jazz toda mi corta vida hasta ese momento, así que conocía mucho acerca de ellos”. Añadió que se sentía especialmente orgulloso de haber sido fotografiado junto a “mis ídolos particulares, Coleman Hawkins y Lester Young”.
En sus últimos años, experimentó problemas respiratorios. Nunca anunció formalmente su retiro, pero en 2012, tras ser diagnosticado con fibrosis pulmonar, realizó su última presentación pública. Dos años después, dejó también de tocar en casa. “La razón por la que mi retiro fue discreto es que mis problemas de salud fueron graduales”, comentó en 2020 a The New York Times Magazine. “Me tomó un tiempo darme cuenta de que, oye, eso ya se había ido”.
“Cuando tuve que dejar de tocar”, dijo, “fue bastante traumático. Pero me di cuenta de que, en vez de lamentarme y llorar, debía estar agradecido por el hecho de haber podido dedicarme a la música toda mi vida”.
Fuente: The New York Times
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