
En 1954 Winston Churchill cumplió 80 años, y la familia real británica le obsequió un juego de posavasos. También recibió un busto del duque de Windsor, de parte del propio duque. Además, la reina Isabel II le otorgó una “suscripción” al galardonado caballo de carreras de su difunto padre, Aureole.
De no ser por el nuevo libro de Andrew Morton, Winston and the Windsors, los lectores quizá nunca hubieran sabido qué significaba esto: Churchill fue invitado a cruzar el caballo de la reina con una yegua propia (aprobada).
Morton se hizo famoso en 1992 con la publicación de Diana: Her True Story, cuando obtuvo la primicia de su vida gracias a cintas secretas entregadas por la propia princesa. A día de hoy, ha escrito biografías de numerosos personajes, desde Wills y Kate hasta Posh y Becks.
Por ello, resulta natural que este veterano de las biografías, autorizadas o no, dirija su atención a otro símbolo clásico británico: Winston Churchill.

El libro apela con habilidad a la nostalgia, entrelazando dos pilares del género narrativo de no ficción —la Segunda Guerra Mundial y la familia real—, justo a tiempo para la temporada de regalos. Solo le faltaría una intriga de asesinatos en un pueblo pintoresco para ser el favorito de los lectores de aeropuerto.
En tiempos de la biografía real fragmentada, escritores como Craig Brown y Ian Lloyd reordenan a sus personajes a modo de collages satíricos, sin reparar en la tradición. Dianaworld de Edward White es el último en alterar el género, que durante tanto tiempo se basó en la idea de que un acontecimiento debe seguir a otro.
El trabajo de Morton retoma la forma cronológica tradicional y, por ello, en su propia manera discreta, desafía a los innovadores. El libro recorre la vida y carrera de Churchill a través de los monarcas, desde Victoria hasta Isabel, y repasa episodios clave del Reino Unido del siglo XX, como la victoria de Aureole en Ascot.
Puede surgir la duda de si resulta necesario otro repaso a la crisis de abdicación, el Blitz o los esfuerzos del rey por superar la tartamudez. Pero entonces, se llega a la página 191 y se descubre que, durante momentos especialmente difíciles, Churchill obtenía “estímulo intelectual” murmurando en voz baja mientras “empujaba con el estómago las sillas que rodeaban la mesa del Gabinete”, y se agradece una nueva visita al personaje.
Sea o no verídica esta anécdota, los Windsor dieron a Churchill motivos de sobra para forcejear con el mobiliario. Cuando no discutía con ellos sobre nombres para acorazados (George V se molestó por la sugerencia de Churchill de llamar “H.M.S. Oliver Cromwell”) o los contrariaba al unirse a los liberales, desempeñaba el papel de principal mediador del clan.
Churchill, pese a su irreverencia y los cambios de bando político, mantuvo una lealtad firme a la Corona, que, según cuenta Morton, veía “como una entidad mística que representaba el corazón espiritual de la nación”. Consideraba que la monarquía constitucional, a la que describía como la “separación del boato y el poder”, era un resguardo frente al despotismo. De modo que, a pesar de —o gracias a— sus defectos muy humanos, Churchill asumió la tarea de proteger a los Windsor de sí mismos.
En 1910, el periodista belga Edward Mylius escribió un artículo en el que criticaba a la monarquía británica por ser un “espectáculo de inmoralidad” y daba crédito a un antiguo rumor que sostenía que Jorge V era bígamo, tras haberse casado en secreto con una plebeya en su juventud. El escrito se publicó poco antes de las elecciones generales, cuando el sentimiento antisistema era intenso. Sin embargo, el Palacio de Buckingham vaciló, sin querer dar publicidad a un rumor infundado. Churchill, entonces ministro del Interior, exigió que se tomaran medidas. Se celebró un juicio por difamación, el nombre del rey fue limpiado y pudo regresar entonces a su colección de sellos.

Décadas después, Churchill comprendió que la Inglaterra en guerra necesitaba un reflejo de su sacrificio común, y aconsejó que el rey Jorge VI no enviara a sus hijas a Canadá. Como relata Morton, “fue quizá el mayor servicio de Winston a la familia real”, consolidando su imagen “como representantes de la lealtad, la decencia y el valor silencioso: una familia en paz en una nación en guerra”.
El libro dedica atención a Eduardo y Wallis, lo cual es lógico, ya que Morton ya ha escrito sobre ellos. Pero en ninguna otra situación Churchill demostró mayor lealtad a la familia Windsor que en su trato con el exrey y su despreciada consorte, a quienes llegó a describir como “muy patéticos pero también muy felices”. En gran parte gracias a él, lograron atravesar la guerra sin que su reputación sufriera daños irreparables, pese a su afición por navegar con presuntos nazis y la existencia de documentos en los que Eduardo manifestaba con fuerza su oposición a Churchill y la guerra.
Churchill contribuyó a forjar la mitología de la dinastía Windsor, y ellos le dieron unos posavasos. Y queda un tercer elemento en la ecuación: el biógrafo real, que toma prestado de las bibliografías de los grandes de su género (incluido él mismo) para volver a contar las historias una y otra vez.
Fuente: The New York Times
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