
Cinco años atrás, el prolífico y parcialmente marginado cineasta Woody Allen publicó sus memorias en plena pandemia. Ahora, acercándose a los 90 años, ha lanzado su primera novela. Técnicamente, con 152 páginas, se trata de una novela corta, pero se le concede el descuento de la tercera edad.
¡Nunca es tarde! Y What’s With Baum? (¿Qué pasa con Baum?) como se titula, no resulta terrible. Está bien. Hacia finales de la semana, con vientos calientes agitando la Primera Enmienda, brindó a este lector algunas risas huecas.
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Baum es el protagonista, un personaje familiar de las mejores películas de Allen: 51 años, nombre de pila Asher, con un cabello “abundante pero incoherente”, afectado por ansiedad y reflujo gástrico. En un giro inesperado, es un pastor de cabras del siglo XIX.
Es una broma: Baum se gana la vida de manera poco habitual en el periodismo de “pequeñas revistas” en Manhattan, incluyendo algunas reseñas literarias. (Recuerda la escena del ascensor en la película Deconstructing Harry de 1997, donde los críticos de libros residen en el piso 5 del infierno, junto a asaltantes del subte y pedigüeños agresivos). El tiempo transcurre en algún momento posterior al Covid, y lee The New York Times en su teléfono junto a su tercera esposa, Connie, y su computadora portátil, disfrutando “un gramo de placer por su avance espontáneo” junto al desayuno.
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Su primer matrimonio terminó después de enamorarse de la gemela idéntica de su esposa; el segundo cuando su pareja se mudó a Nueva Zelanda con un baterista de rock para criar ovejas.

Baum anhela dejar huella en la ficción seria o el teatro, pero sus obras han sido mal recibidas (una ellas funcionó en Eslovenia), y los editores lo consideran pesado, demasiado centrado en la “materia oscura” e imposible de vender.
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“No puedes cambiar de rumbo y hacer un libro con un poco de sentimentalismo?”, le pregunta uno, como el productor de musicales que exige una melodía pegadiza. Otro, originario de India como el famoso Sonny Mehta de Knopf, le sugiere que “elimine la sabiduría.” (Baum, cuyo Xanax va acompañado con un dejo de xenofobia, se pregunta si él “estaba siendo profundo o era simplemente indio”).
Connie también es fuente de angustia. Como la antigua pareja de Allen, Mia Farrow, es hija de Beverly Hills y siente devoción por su casa de campo, donde el silencio, la fauna y los cielos estrellados (“¿Qué está ocurriendo allá arriba?”) llenan a Baum de un temor incipiente. En la ciudad, él razona, “hay gente, patrullas policiales, buenos samaritanos y porteros. Si te aíslas en una casa de campo y a las 3 de la mañana llega un auto, eso es todo.”
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Hablando de hermanos, Baum sospecha de forma paranoica que Connie, a quien compara con un “pura sangre complejo” como si fuera un caballo, mantiene una relación con su hermano: Josh, un próspero empresario inmobiliario que “superó su marca judía” con “un atractivo rostro itálico”.

Uno de los ejes centrales del libro, juego de palabras incluido, es que Baum, al no encontrar ningún familiar, amigo o analista a la altura para escuchar sus quejas, ha comenzado a hablar consigo mismo. Es el equivalente conversacional de esa vieja frase de Allen en Annie Hall (1977) — “Oye, no critiques la masturbación. Es sexo con alguien a quien amo” — combinada con algo de Sybil.
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Otro punto de la trama, más inquietante, es que Connie está atrapada en un complejo de Yocasta (N. de la R: tipo de atracción incestuosa) con su hijo, Thane. Su propia primera novela, a diferencia de la de su esposo, es todo un éxito y finalista del National Book Award, y su novia es una versión tentadoramente “recién salida de la granja” de la segunda esposa de Baum. “Esa criaturita mimada, ese cuco de Midwich”, se burla Baum de Thane, en una hábil referencia a la novela de ciencia ficción de 1957 de John Wyndham. “Un presumido engreído con todas las respuestas”.
Aparecen también alusiones a W.H. Auden, Robert Burns, Larry Hart, la librería Strand y el restaurador Keith McNally de Balthazar, uno de los defensores más fieles del autor. Una trama sobre plagio de actualidad y una escena final de persecución. Faltan algunas comas y hay errores ortográficos extraños. Además, la “inmaculada suculencia” de una graduada de Bard en Park Avenue y una dermatóloga de falda ajustada que examina las preocupantes manchas oscuras de Baum.
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“Ella no aceptaba seguro médico”, escribe Allen, “y ese hecho lo excitó”.

Como cuando Isaac Davis, de Manhattan (1979), distraídamente arrastra su mano en el lago de Central Park y la encuentra sucia, leer What’s With Baum? no es muy diferente a dar un agradable paseo por Washington Square Park y luego pisar excremento de perro.
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Acusado de abuso sexual infantil por su hija adoptiva, Dylan, Allen nunca ha sido imputado por ningún delito, pero las narices neoyorquinas no han dejado de fruncirse desde que dejó a Farrow por su hija adoptiva, Soon-Yi Previn, con quien luego se casó de manera desafiante y duradera. What’s With Baum? está dedicado a ella, con la frase de meneo de bigote al estilo Groucho Marx: “¿Dónde aprendiste eso?”
Al igual que su creador, Baum se ve amenazado por la cancelación, en su caso después de agarrar —o posiblemente solo apoyarse para no caerse— uno de los pechos de una reportera admiradora y atractiva, experta en Hannah Arendt.
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“Cindy, Mindy Loo”, así la recuerda el malévolo Baum. “La china, o como se llame.”
“Era Cindy Tanaka y era japonesa”, le reprende el Buen Baum.
¡Ey! Pero este es Woody Allen: incluso siendo frenado por la industria del entretenimiento, se las arregla para sacar una traviesa pieza de prosa otoñal como otros podrían jugar una partida de pickleball.
Fuente: The New York Times
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