La persistencia del Holocausto en la narrativa cinematográfica occidental sigue planteando debates sobre la representación ética de la tragedia y su lugar en la memoria colectiva. Aunque otros temas como la identidad, la política, la migración o el trabajo han marcado ediciones recientes del Festival de Venecia, la representación del exterminio perpetrado por los nazis continúa renovando enfoques y cuestionamientos, como demostró el estreno del documental Holofiction, de Michal Kosakowski.
A diferencia de propuestas anteriores, el director alemán concibe un enfoque experimental: a lo largo de Holofiction, solo imágenes y música componen el metraje, sin una sola palabra hablada. El documental estructura su collage a partir de fragmentos de unas 3.000 películas y series sobre el Holocausto, seleccionadas desde 1938 hasta la actualidad. El espectador encuentra así piezas conocidas —incluyendo El paciente inglés, Una bolsa de canicas, La vida es bella, hasta títulos menos difundidos internacionalmente— y otras que abarcan géneros diversos, desde comedia hasta drama, integrando ejemplos como Tiempo de amar, tiempo de morir, filmes polacos y soviéticos poco accesibles, así como superproducciones tipo X-Men.
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La organización del material sigue tanto un eje cronológico como temático, según describe Kosakowski en el material promocional de su obra: “Trato de exponer e interrogar los patrones iconográficos que persisten en las representaciones cinemáticas del Holocausto. […] Busco examinar cómo las nociones de autenticidad son construidas y repetidas en nuestra memoria visual de los eventos históricos”.
El filme arranca con una sucesión de tocadiscos en pantalla, aludiendo a ciclos y repeticiones, y transita desde escenas iniciales de alegría y vida familiar a la violencia, el espanto y la deshumanización: aparecen estrellas amarillas sobre la ropa, quemas de libros, campos de concentración, gas, maletas abandonadas, y planos de cadáveres, mientras la única alegría que sobrevive es la de los perpetradores.
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La selección de imágenes de Holofiction revela la manera en que ciertos símbolos y perspectivas cinematográficas han conformado el imaginario colectivo sobre el Holocausto. En palabras del director, la intención apunta a mostrar cómo los relatos visuales sobre el Holocausto moldean la idea pública de autenticidad histórica.
Estas reflexiones retoman el dilema planteado décadas atrás por cineastas como Claude Lanzmann, quien señalaba en 1993: “La ficción es transgresión. Creo que la representación de ciertas cosas está prohibida”, aludiendo a su decisión —contrastante con la obra de Spielberg en La lista de Schindler— de realizar Shoah, un documental de nueve horas construido tras once años de investigación. La iniciativa de Kosakowski parte precisamente de esa premisa crítica sobre los límites de la representación. De fondo persiste el cuestionamiento de si el arte, en sus distintas formas, termina banalizando el horror o, por el contrario, contribuye a su comprensión y a evitar la repetición de los hechos.
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El documental evidencia que, pese a los distintos enfoques —del rigor de títulos como El hijo de Saúl a la estilización de sagas comerciales—, ciertas imágenes y argumentos tienden a repetirse. Mientras tanto, la industria editorial también ha multiplicado novelas con Auschwitz en el título como gancho, explorando usos comerciales y didácticos del tema. El historiador Raul Hilberg y pensadores como Theodor W. Adorno han advertido sobre los riesgos y paradojas de intentar narrar el Holocausto, señalando que “escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”.
Kosakowski recalca que la meta de su documental es “alcanzar especialmente al público más joven, que a menudo siente que su conocimiento de estos temas es limitado, particularmente en un mundo moldeado por las transformaciones y radicalizaciones en marcha en la sociedad”. No obstante, la suma de fragmentos puede dar una falsa apariencia de homogeneidad. El resultado de Holofiction —donde actores como Harvey Keitel o Donald Sutherland llegan a aparecer en ambos bandos, según el filme elegido— subraya que la diferencia en el tratamiento y la profundidad persiste entre títulos. El público y la historia, parece ser el mensaje, sabrán distinguir los matices y juzgar la validez de cada relato sobre el Holocausto.
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[Fotos: prensa Festival de Venecia]
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