
La RAE define “posverdad” como la distorsión intencional de la realidad para influir en la opinión pública, manipulando creencias y emociones. Elegida “palabra del año” en 2016 por el Diccionario de Oxford, se hace difícil distinguirla de la propaganda tradicional.
Tal vez el uso de “verdad” en “posverdad” le dé un aire de autenticidad, haciendo que las distorsiones parezcan más creíbles. Quizás en 2016 la posverdad se independizó de la propaganda y empezó a presentarse como una verdad propia, con muchas narrativas compitiendo entre sí y debilitando cualquier consenso compartido sobre lo real. Esto parece definir nuestro siglo, donde los hechos históricos cuentan poco y mucho los relatos que se los apropian.
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En el siglo XX, el filósofo Alexandre Kojève dijo algo parecido: que la historia había terminado y solo quedaban relatos que aparentaban ser nuevos, pero repetían un discurso final. También propuso una teoría de la propaganda en la que esta aparece primero como crítica del viejo orden y luego como la “verdad” de la nueva sociedad después del terror revolucionario, una sociedad global en la medida en que su imperio cubriría todo el mundo.

Propaganda y agenda imperial
Es útil comenzar por el final. En 1968, Kojève escribió un ensayo titulado El emperador Juliano y su arte de la escritura. En él presenta la escritura del emperador Juliano como un “arte del camuflaje”. Según esto, Juliano escribe en dos niveles: uno serio, destinado a los “iniciados” en los objetivos de la agenda política imperial –la defensa de la continuidad del Estado romano, amenazada por la expansión del cristianismo– y otro propagandístico, dirigido a que la “gran masa” acepte sin resistencia dicha agenda.
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La teología sería, para el filósofo, el arte de construir relatos falsos de forma que a esta gran masa le parezcan creíbles. Para ello, dichos relatos deben basarse en el “testimonio de las ciudades”, es decir, en los mitos a través de los cuales la gente interpreta y reconoce su día a día. Que las personas se plieguen a cambiar este según los dictados revolucionarios del emperador demostraría que este es un buen teólogo.
Juliano invierte la teología tradicional. Para Kojève, esta inversión rechaza la idea de un “más allá” divino y eleva el deseo de reconocimiento a fuerza motriz del mundo. Juliano supo ver que al deseo humano lo mueve sobre todo la vanidad. Lo que al emperador se le escapó fue que, para ser realmente operativo, este esquema ateo precisa del individualismo e igualitarismo cristianos.
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Kojève alude, así, al origen cristiano del “sistema moderno de propaganda”, e introduce a San Pablo como creador de un activismo basado en la fe, capaz de suplir las carencias emocionales del universalismo racional griego –que afirmaba la existencia de una verdad universal, objetiva y eterna, común para todos los seres vivos–, deudor de una visión pagana del mundo sin recorrido histórico.

Revolución y simulacro
En Juliano, propaganda y acción política buscan “restaurar el paganismo en el Imperio romano” como vía hacia un ateísmo en el que los individuos se vean reconocidos. Pero Juliano fracasa por ser el suyo un ateísmo sin el filtro cristiano.
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Su fracaso no es el único.
Kojève entiende que la propaganda ilustrada –libelos, panfletos, enciclopedias– actuó como una pseudoacción: no transformaba directamente la realidad, pero preparaba el terreno ideológico para la revolución. Para que tuviera eficacia real, debía completarse con el Terror, que abolió las viejas estructuras y creencias.
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Sin embargo, muchos ilustrados no asumieron esa violencia fundacional como parte de su proyecto racionalista, escamoteando así la experiencia que habría permitido la instauración del Estado posrevolucionario. A ojos de Kojève, este Estado realiza en el mundo la noción de individuo que el cristianismo proyectaba en el más allá.
Desde el extremo opuesto, los revolucionarios profesionales –como los trotskistas– también obstaculizan esa realización al negarse a clausurar la revolución. Mientras los ilustrados renuncian al terror, ellos siguen dirigiéndose contra unos supuestos enemigos de clase. Y lo hacen aun cuando el conflicto ya ha sido resuelto mediante la nivelación impuesta por la violencia revolucionaria. En el Estado posrevolucionario, donde todos se reconocen como iguales, la propaganda deja de ser un instrumento de lucha para convertirse en una herramienta de perfeccionamiento del orden instaurado. Pero al mantener una lógica de confrontación, los revolucionarios perpetúan una falsa tensión entre discurso y realidad que ya no se sostiene.
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Kojève plasma la superación de esta tensión en su concepto de “simulacro de idea revolucionaria”: un relato cuyo eventual contenido contrarrevolucionario no compromete la autoridad revolucionaria de la élite dirigente.
Con esta forma de posverdad, Stalin pudo justificar tanto sus virajes políticos como las purgas de revolucionarios profesionales, ya obsoletos en un Estado sin clases. Los giros del régimen –del pacto con Hitler a la guerra, de la colectivización a la Nueva Política Económica (NEP), de las hambrunas a las campañas agrícolas triunfalistas– muestran cómo la doctrina revolucionaria se vacía de contenido y queda subordinada a la estabilidad del Estado. El caso de Lysenko, cuyas teorías pseudocientíficas fueron impuestas como verdad oficial y agravaron las hambrunas, ilustra que, en el Estado posrevolucionario, la propaganda ya no disfraza la verdad, la sustituye.
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El estudio de estos tres momentos clave de Kojève como propagandista –contra-teología, propaganda como verdad posrevolucionaria y simulacro revolucionario– quizá ayude a entender por qué la palabra “posverdad” fue designada “palabra del año” en su momento y por qué costará despojarla de semejante corona en el mundo globalizado de hoy, hecho de relatos que se presentan como verdades y de sujetos que fían a ellos sus identidades.
Fuente: The Conversation
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