
Seríamos unas 400 personas en el aula 308 de la sede de Facultad de Filosofía y Letras de la UBA (“Filo”, “Puán”, basta con nombrarla así para que se entienda de y de dónde se trata), un martes a la tarde que hacía que Buenos Aires se pareciera más que nunca a la escenografía permanente de Seven o Blade Runner. El motivo era Charly García y el doctorado honoris causa que la Universidad de Buenos Aires le otorgó en un acto de justicia poética que, por supuesto, no tiene tanto de reparación histórica -el aludido nunca persiguió este tipo de reconocimientos- como de reconocimiento que se impone por peso propio. Él mismo bromeó sobre su flamante condición: “Ahora soy el doctor Charly García”, dijo con el hilo de voz que le queda después de tantos días y noches (más noches que días) de locura y rock and roll.
El pequeño y emotivo acto presenciado por un heterogéneo grupo de familiares, estudiantes, dirigentes universitarios y periodistas -mientras al lado daban una teórica sobre El Matadero de Esteban Echeverría (la vida continuaba y de qué manera, como no)- me empujó a pensar en la relevancia de Charly García en nuestras vidas -como bien destacaron las autoridades universitarias que compusieron un laudatio emotivo y coral- y por propiedad transitiva, en todos estos años del país que habitamos, en donde “todo se construye y se destruye tan rápidamente” que él no puede dejar de sonreir. Y en donde “están pasando demasiadas cosas raras para que todo pueda seguir tan normal”. Argentina, “sobre el pasado y sobre el futuro, ruinas sobre ruinas”.

Este hombre mayor, achacado pero sonriente al que condujeron en silla de ruedas para recibir un diploma que acredita su flamante título “honoris causa”, ha sido el rey del rock and roll, un diamante loco que brilló y puso en palabras los traumas, obsesiones, sueños y vicios de una nación durante más de medio siglo. Con sus canciones, parafraseando a otro ilustre doctor sin título honoris causa -lo hubiera merecido, por supuesto-, Charly García ha sido esa conciencia que regula el mundo. Nuestro mundo, nuestra patria.
Así fue todo en la tarde de temporal porteño, en el aula de una facultad emblemática de la universidad pública argentina. Charly García llegó, recibió su diploma, se dejó escuchar por menos de un minuto y generó una ovación que tuvo mucho de agradecimiento que atraviesa las generaciones: de los estudiantes de veintipico que cantaron “Promesas sobre el bidet” antes el acto, a los profes y trabajadores no docentes de cuarenta, cincuenta, sesenta cuyas miradas brillaban al ver pasar -apenas pasar- a un señor mayor de movilidad reducida que le puso la banda de sonido a nuestras vidas, como individuos, electrones libres de un país siempre a punto de estallar. Cerca de la revolución.
[Fotos: Jaime Olivos]
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