“Obsérvese de qué modo arde un puente cuando se suspira sobre él”. Con 25 años, su metro noventa, sus ojos celestes, en el verano de 1944, Edgar Bayley recorre Buenos Aires repartiendo ejemplares de la revista Arturo. No lo sabe pero es la primera revista de arte no figurativo de toda Sudamérica. No era un proyecto improvisado: con otros poetas y artistas plásticos estuvieron dos años macerando las ideas en un café de la Avenida Pueyrredón, frente a Plaza Once. “Querían terminar con el arte representativo, crear una realidad autónoma”, explica Mario Nosotti en La música vendrá.
En aquel 1944, con el furor de la juventud, Bayley, Gyula Kosice, Carmelo Arden Quin, Rhod Rothfuss y tantos más, se enorgullecen de dar el batacazo. Creían en el arte puro, en la abstracción, en el surrealismo, en el concretismo. Una tirada de mil ejemplares guapeándole a la cultura porteña. Duró un solo número. No necesitó más. “Todas las personas y todos los individuos quedan abolidos”, escribió Bayley en aquella revista. Fue el gran inicio de una obra literaria que incluyó poemarios, libros de cuentos, ensayos, obras de teatro pero también la participación activa en revistas literarias.
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“No había libros en la casa de los Maldonado, solo una Biblia en la que Margot guardaba recetas de cocina”, cuenta Nosotti en la biografía de Edgar Bayley, publicada el año pasado por Gog & Magog Ediciones. ¿Qué clase de poeta puede erigirse en una familia sin bibliotecas? ¿Dónde fulguran los primeros destellos literarios? ¿Cómo decide entregarle su vida al poema este niño de férrea crianza católica? ¿Cómo es que Bayley se convierte en “el buscador de lo nuevo”, “el estilete listo para irrumpir en el lugar común o la quietud”? Con esas preguntas, Nosotti se mete en la jungla.

Hijo de un farmacéutico radical de la Salta tradicional y de una mujer dulce, pálida e histriónica descendiente de irlandeses, Bayley nació con otro apellido, Maldonado, pero tomó el de su madre. Se mudaron varias veces. En las calles de Munro jugaba a la pelota con Leopoldo Torre Nilson. “En 1940, a los 20 años, comienza a trabajar en el Ministerio de Agricultura y a estudiar en la Facultad de Ciencias Económicas. Un altercado con un profesor, a raíz de un examen, lo precipita a dejar la carrera. También empieza otros estudios, por ejemplo Medicina, que al poco tiempo abandona”.
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“No escribiría poesía si no fuera respondiendo a una especie de esperanza”, dice Bayley en una entrevista que Nosotti rescata. En ese camino por la jungla, el biógrafo ilumina algo más que una vida: un contexto, una época, un mundo lejano y próximo, una pulsión de vida interior y profundamente colectiva. “Esta es la historia de un navegante en tierra, una especie de albatros, magnífico en su vuelo, tan imponente como inadecuado”, escribe sobre Bayley, “el gigantón de presencia impactante, que gustaba ser el centro y que a la vez huía de una sociabilidad que sentía que lo rebajaba”.
Quizás su poema más famoso sea “Es infinita esta riqueza abandonada”, aquel que dice que “al fondo de las calles encuentras siempre otro / cielo / tras el cielo hay siempre otra hierba playas / distintas”. La poesía de Bayley es muy singular; su registro, único. Tiene delicadeza, sensibilidad, intuición y una potencia donde la fe y el abismo se mezclan. Sobre el final de La música vendrá hay varios poemas. Uno se titula “El sol” y dice: “No hay una naranja perfectamente redonda / No hay un día perfecto / Hay un sol para los que han peleado / contra las sombras / sin rendirse jamás”.
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Aún no había caído el Muro de Berlín y el mundo lucía raro. Con tiempo, ya jubilado —Edgar Bayley trabajó en la Biblioteca de la Caja de Ahorro y Seguro desde 1947 hasta 1980—, cierra con llave el monoambiente, baja cinco pisos por ascensor, camina por French y se sienta a comer en una cantina. Ve la gente pasar, le pega sorbos al café, escribe. A veces, aparecen en su radar poetas como Julio Salgado, Alberto Vanasco, Gianni Sicardi, Mario Trejo, Leonardo Martínez. Conversan de poesía, pero sobre todo de esa ilusión vasta y extensa llamada vida. Lo miran con admiración, pero también con respeto. No saben con qué puedo salir. Bayley es tan sabio como impredecible.
Como aquel día en Güerrín en que se pone discutir por un poeta. Con Salgado se conocían de la presentación de un libro de Olga Orozco, se hicieron buenos amigos. Pero la poesía está primero. Para Bayley ese poeta del que ahora conversan en ronda es un pesado, un “ladrillazo”. Salgado le dice que no, que está equivocado, y le subraya que aquel poeta era, sobre todo, “generoso”. Bayley apoya las manos en la mesa, se levanta —su enorme cuerpo de 1,90 se erige como una mole— y se va. Y ya no volverá, ni siquiera para su casamiento. Bayley es tan sabio como impredecible.
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Sobre el final, vive con lo justo; pelea para no “quedarse”. Se lo confiesa en una carta fechada en febrero de 1984 a su hermano Tomás, artista plástico, que por entonces vivía en Italia. Quedarse “sería para mí la depresión y hasta la muerte”. “Me estoy moviendo”, y le cuenta de sus proyectos literarios, de algunas actuaciones públicas. “Amo y soy amado (Bayley empezaba a salir con Stella Vergara, una artista plástica casi treinta años menor). Pero vos sabés como es nuestro país, a pesar de la democracia y de algunos honores recibidos por mí, el fantasma de la indigencia me ronda y me angustia”.
En puntas de pie, casi levitando, Edgar Bayley camina por los hilos de la red de poetas que tiene de amigos. A veces en San Telmo, otras en San Cristóbal. Recorre la ciudad para ejercitar el arte de la conversación. Con Salgado ya se habían amigado. Llevaba libros bajo el brazo, había empezado a teñirse el pelo. Pero la vida tiene eso de “de andar en trenes / de encontrar a la luz del sol / la guerra y la paz”, y de pronto se termina. No la poesía porque, como escribe Nosotti, “para esta poesía la muerte no existe”. Bayley murió en el Policlínico Bancario el 12 de agosto de 1990. Hoy se cumplen 35 años.
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