
Nota de la autora
Hace unos años abrí el Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires con un discurso que titulé “Seis fragmentos a favor de lo indócil”.
Pasó un tiempo. El texto seguía resonando en mí como si me pidiera que lo ampliara, que cosiera en un libro, como un fruto maduro, aquello que mi prosa había vencido y mi poesía cultivado y odiado.
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Una vida dedicada a la escritura está llena de hallazgos y también de obstáculos. Como dijo la poeta Louise Glück en una entrevista, “la mayoría de los escritores se pasan la vida sometidos a diversas torturas (querer escribir, no poder escribir; querer escribir de manera diferente, no poder escribir de manera diferente; esperar ser reclamados por una idea y que esa idea no surja). Y, sin embargo —agregó—, dentro de esa frustración, es posible encontrar una vida dignificada por el deseo insatisfecho, no dulcificada por la sensación de logro”.
Esta sola frase me convenció.
Después de todo, si alcanzar “una vida dignificada por el deseo insatisfecho” era la meta, bien valía la pena el esfuerzo.

Y así, dejé atrás la cautela y empecé a mezclar la vivencia personal y las ideas de otros, la entrevista apócrifa y el afán provocador, y hasta invoqué la figura de un maestro, para acercarme a la magnitud de las preguntas que la escritura lanza desde siempre a la realidad y el mundo.
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El terreno a cubrir era inmenso.
Había que medir la insuficiencia de lenguaje, su relación con la vida, el fracaso, la obsesión y la forma, pensar en los proyectos transversales de escritura, la categoría de los géneros, la presunta función social de la literatura, los vínculos conflictivos con el canon, la academia y el mercado editorial, advertir la importancia de forjarse una poética, sin dejar de investigar cómo se relacionan, adentro del poema mismo, inteligencia y emoción, novedad y anacronismo, silencio y soledad.
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Y todo eso, sin olvidar la cuestión del tiempo. Siempre me pregunté cuánto se tarda en saber que hay mucho de falsedad en lo espontáneo, que un poema se hace con palabras (no con ideas, ni con cosas), que los grandes escritores son maestros de la muerte, que un texto es bello —como sugirió Andrea Emo— “cuando otras almas pueden hallar en el consuelo y superar así la contradicción consigo mismas, es decir, su propio dolor”.
Este libro está dedicado a quienes confían en los claroscuros, las paradojas y las inconsistencias, acaso porque intuyen que la escritura es un ejercicio sin modelo, hecho de perdición y de fe, de renuncia y de promesa, de gravedad y anhelo de absoluto.
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[...]
La infancia del poema
En 1980, cuando menguaba un poco la represión de la dictadura, empecé a desangrarme por dentro. La mayoría de mis amigos habían “perdido”: estaban presos (los más afortunados), desaparecidos o se habían marchado al exilio. Mi compañero y yo tuvimos suerte. Nos refugiamos en un barrio de la zona sur de la provincia de Buenos Aires, donde no conocíamos a nadie. Nos habían transferido al “territorio”, justo antes del 76, con mínimos contactos que pronto dejamos de ver.
Ese mismo año me quedé sin trabajo y tuve que volver, como hija pródiga, a pedir ayuda a mi padre. Buscar empleo en otro sitio hubiera sido suicida, no era fácil sortear la averiguación de antecedentes.
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Siempre aprecié que mi padre me ofreciera un lugar en su estudio jurídico sin preguntar nada, sin mencionar siquiera que me había ido de la casa familiar pegando un portazo, pero a la vez el hecho mismo de tener que recurrir a él me dio la pauta de hasta qué punto la catástrofe era un hecho. Me sentía sin rumbo y ni siquiera haber sobrevivido hasta entonces o tener una beba recién nacida lograban dar sentido a mi vida.
Una amiga, una de las pocas que conservaba de antes de la militancia, hizo dos cosas por mí. Me llevó al Centro de Salud Mental N.º 1 en Vicente López, y me dijo: A vos te gustaba escribir, ¿no? ¿Por qué no te anotás en Letras?
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En el Centro de Salud Mental, me entrevistaron dos psicólogos. Cuando terminaron, les pregunté cuál era el diagnóstico. Dijeron: Para que se dé una idea, está entre una gripe y un cáncer.
En cuanto a anotarme en Letras, la idea no prosperó. Yo ya tenía un título en Derecho (que detestaba), vivía lejos del centro, con miedo y sin dinero, y no veía el interés de empezar otra carrera.
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Es cierto que siempre me había gustado escribir.
De adolescente, llené varios diarios íntimos. E incluso en la facultad, tenía un cuaderno donde garabateaba algo parecido a poemas que no mostraba a nadie. Por entonces, pensaba que el individuo es nada, el pueblo todo y que sus necesidades tienen prioridad. (Pensaba también que el pueblo nunca se equivoca). ¿Cómo sostener una actividad que conspiraba contra mis convicciones?
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Mi amiga insistió en que buscara algún curso. Conseguí una cita con una docente de la Universidad de Buenos Aires que el golpe había dejado en la calle. Fue amable y directa conmigo. Dijo: Yo doy seminarios de teoría y crítica, y a vos te gusta escribir, la decisión es clara: te conviene un taller literario. Así llegué a una esquina en Colegiales.

Una vez por semana para empezar a entender qué cosa extrañísima, fascinante y terrible es la escritura. Mi tratamiento en el Centro de Salud Mental continuaba.
La cacería política también.
No fue fácil.
En medio de una vida tabicada y rota, asfixiada por lo que ocurría en el país, me encontraba de pronto con una vocación postergada.
Lo tenía todo en contra.
¿Pero no tiene todo en contra quien empieza a escribir?
[Fotos: Alejandra López]
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