
A unos meses de cumplir 70 años, el escritor cubano Leonardo Padura confiesa una pena más triste que la pérdida de la elasticidad, la vista cansada, y las arrugas de la vejez: no ve cómo La Habana, uno de sus amores, pueda recuperarse de la destrucción.
“Hay pocas razones para pensar en La Habana con optimismo. Hace falta dinero y voluntad; pero no ha habido intención de preservar esa Habana donde vive la mayoría de los habaneros”, lamentó.
Padura está en México promoviendo Ir a La Habana, un libro doloroso, en el que recrea la historia y el presente de la capital cubana, cuyo deterioro despierta en el autor un sentimiento de ‘ajenitud’.

Ir a La Habana
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“Yo uso esa palabra que no existe, pero se entiende. Cuando uno siente algo ajeno, sufre ‘ajenitud’. Eso está afectando mi relación con la ciudad porque se están desarrollando códigos y actitudes que me son extrañas; a veces hostiles”, reveló.
El volumen, editado por el sello Tusquets, es el llanto de quien ama a la urbe, cada vez más alejada de aquella capital con alma en la que jugó béisbol, se enamoró, leyó y ha escrito toda su obra.
Padura sangra al referirse a las calles y los edificios rotos, aunque un dolor mayor lo lacera. “Las personas se están comportando con un deterioro moral que se corresponde con el destrozo físico del ambiente. La ciudad rota ha ido provocando un deterioro en los comportamientos de la gente”, reconoció.
Vámonos para La Habana
Al igual que su personaje más emblemático, Mario Conde, el novelista vive en el mismo sitio donde nació, Mantilla, un barrio del sur habanero.

Está alejado del centro de la urbe y al viajar a ella sus padres decían que iban a ‘ir a La Habana’, frase de la cual copió el título de su nueva obra.
“Este es un libro que siempre quise escribir”, confesó Padura en el primer párrafo del volumen de 324 páginas que inserta pedazos de sus novelas relacionados con la ciudad y en la segunda parte incluye crónicas escritas hace años sobre sucesos o personajes emblemáticos de la vida habanera en el siglo XX y antes.
Es Padura tal vez el autor vivo de Cuba más reconocido y premiado, pero en su país no lo identifican si camina por la calle. Eso le permite todavía meterse en un ‘almendrón’, los viejos coches que sirven de alquiler, y captar el ambiente, a veces de pocos modales, falta de civismo y con estridente música de reguetón.
“En Cuba todavía puedo tener una vida privada. Eso me da la posibilidad de mezclarme con la gente. Yo exploto la memoria de las personas que me rodean, los oigo para poder entrar en su psicología, sus problemáticas y sus expectativas. Luego escribo”, dijo.
A remo con la virgen de la caridad
Las novelas de Padura son un testimonio de la vida de Cuba a partir de 1990, escritas por un hombre que dice las cosas por su nombre sin irse de la isla, algo poco común en la literatura del país.
No entrar por el aro le ha costado ser ofendido por voceros de la Revolución y por algunos emigrados para quien es un ‘comunista’.
“Los cubanos somos fundamentalistas y a veces las pasiones nos nublan el entendimiento. Yo creo que no habrá un buen futuro para Cuba mientras todos los cubanos, con independencia de las ideologías, de las creencias religiosas, de la raza, de las preferencias sexuales, no rememos en el mismo sentido”, apuntó.
Padura detesta hablar de política, no tiene partido ni religión, pero sí presume dos pasiones: el béisbol y la Virgen de la Caridad del Cobre, Patrona de Cuba.

“No sé si sabes que yo me llamo Leonardo de la Caridad. En el cuarto de mis padres, la cuna del niño que nacía se ponía debajo de un altar presidido por una imagen de la virgen. Es decir, que estoy viendo su rostro desde mi primer día”, reflexionó.
En un momento en el que los creyentes en la Revolución cubana y la oposición se ofenden sin término medio, Padura cree que pensar en la virgen como expresión de amor es una oportunidad para salvar a un país lejos del rayo de esperanza que fue.
¿Cómo llevar eso a la práctica?, se le preguntó al autor.
“Si nos subimos todos en el ‘botecito’ de la Virgen de la Caridad del Cobre, que llevaba a un blanco, un indio y un negro por una tormenta en la bahía de Nipe, sería algo bueno para el destino de Cuba. No podemos dejar que las pasiones derroten a la inteligencia y las desavenencias superen la necesidad de concordia”, concluyó.
Fuente: EFE
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