
En un laboratorio de Alemania se ha logrado un avance que parece de ciencia ficción: están cultivando células cerebrales humanas con características de neandertales. Estas células, que forman conexiones sinápticas y emiten señales eléctricas, buscan replicar cómo habría funcionado el cerebro de un neandertal vivo. Liderado por el genetista Johannes Krause, el experimento está desarrollado en el libro que publicó junto al periodista Thomas Trappe: Hybris.
El objetivo central es comprender las diferencias genéticas que separan a los Homo sapiens de los Homo neanderthalensis, y cómo estas diferencias podrían haber determinado el destino de ambas especies. Solo unas 90 variaciones genéticas distinguen a los humanos modernos de los neandertales, una cifra sorprendentemente baja considerando que el genoma humano contiene aproximadamente 20.000 genes.
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Estas diferencias, aunque limitadas, podrían ser clave para entender por qué los neandertales se extinguieron hace unos 40.000 años, mientras que los sapiens no solo sobrevivieron, sino que llegaron a dominar el planeta. Para los autores de Hybris, estas diferencias genéticas podrían contener pistas cruciales para enfrentar los desafíos actuales de la humanidad, como la crisis climática y la pérdida de biodiversidad.
El experimento alemán se centra en la creación de organoides cerebrales, estructuras rudimentarias que imitan el desarrollo del cerebro humano. Aunque estos organoides son del tamaño de una lenteja y carecen de la capacidad de pensar o sentir, representan un avance técnico significativo. Sin embargo, los autores reconocen que para comprender completamente las implicaciones de estas diferencias genéticas sería necesario construir órganos completos o incluso individuos neandertales, algo que consideran éticamente inaceptable.
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Laura Spinney escribió en The Guardian una interesante reseña: “Los autores afirman que no hay evidencia de que los neandertales crearan arte, lo que, si fuera cierto, podría implicar que tenían menor capacidad de pensamiento abstracto que nosotros. No todos estarían de acuerdo con esto, pero la mayoría admitiría que los neandertales diferían de nosotros lingüística y cognitivamente. La pregunta es: ¿podemos aprovechar esas diferencias para contener nuestros impulsos codiciosos antes de que sea demasiado tarde? ¿Podemos movilizar la cultura para superar la biología?”
El libro también ofrece una revisión exhaustiva de la evolución humana, un campo que ha experimentado una revolución en las últimas dos décadas gracias a la tecnología que permite extraer y analizar ADN de fósiles antiguos. Esta tecnología ha revelado que la mayoría de las ramas de la familia humana fueron callejones evolutivos sin salida, y que solo los sapiens lograron sobrevivir. Pero, ¿qué les dio esta ventaja? Krause y Trappe plantean varias hipótesis, desde la capacidad de construir redes sociales complejas hasta un enfoque arriesgado y visionario para explorar nuevos territorios.
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Un ejemplo destacado de esta expansión humana es la colonización de Austronesia, donde los ancestros de los sapiens zarparon desde Taiwán hace unos 5.000 años, llevando consigo animales, semillas y niños, pero sin garantías de encontrar nuevas tierras habitables. Este impulso por explorar y colonizar llevó eventualmente a los humanos modernos a ocupar todos los rincones del planeta, y ahora, a mirar hacia la Luna y Marte como próximos destinos.
Sin embargo, los autores advierten que este impulso expansivo no siempre ha sido sostenible. Según el libro, un caso emblemático es el de Rapa Nui (Isla de Pascua), donde se ha sostenido durante mucho tiempo que los habitantes originales agotaron los recursos naturales, llevando a su colapso. No obstante, investigaciones recientes cuestionan esta narrativa, sugiriendo que los isleños vivieron de manera sostenible hasta la llegada de los europeos en el siglo XIX.
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Este ejemplo, según Krause y Trappe, subraya la capacidad de los sapiens para adaptarse culturalmente, una habilidad que reside en última instancia en nuestros genes. El libro también argumenta que la transformación de los sapiens en una amenaza existencial para sí mismos ocurrió en el siglo XX, cuando el crecimiento exponencial de la población, los avances tecnológicos y el cambio climático aceleraron la pérdida de biodiversidad.
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