A mí, regalame un audiolibro

La primera vez compré uno “de apuro”, porque me faltaba un regalo. Pero me conquistaron hace mucho los libros que se pueden escuchar. Una experiencia que no es nueva en el mundo

Audiolibros Navidad
Audiolibros para Navidad. (Imagen ilustrativa)
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Tengo que confesar que la primera vez que lo hice fue “de apuro”. Me habían invitado a un cumpleaños, no tenía regalo, mientras iba en el auto resignada a disculparme, se me prendió la lamparita. Paré, busqué, puse el mail de la cumpleañera, pagué, listo. El regalo llegó antes que yo. Fue hace unos cuantos años, todavía era una sorpresa. ¿Le iba a gustar? No sé si en el momento le gustó pero, finalmente, le regalé ese audiolibro y una adicción. Los audiolibros se pueden volver una adicción.

A mí me había pasado algo parecido, aunque al principio los había tratado con cierto desdén, con prejuicios. ¿Qué tipo de experiencia literaria es una en la que no puedo marcar lo que leo ni es sencillo volver hacia atrás, a un párrafo determinado, a ver cómo fue que apareció ese personaje menor que de pronto se vuelve relevante?

Alguna vez había leído que Isabel Allende los usaba mucho. La escritora chilena explicaba -¿se justificaba?- que pasaba horas y horas en el tránsito de Los Ángeles y que entonces ahí... bueno, algo había que hacer. Entonces sacaba unos CDs (¿alguien se acuerda del CD?) y convertía la espera en disfrute. Mucho no me convenció. Leer era leer.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
Audiolibros, un mundo abierto. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Podría argumentarse que el más grande y más universal escritor argentino, Jorge Luis Borges, escuchó literatura desde 1955, cuando quedó ciego, hasta 1986, cuando murió. Como se sabe, Borges era un lector finísimo, capaz de elaborar su propia literatura a partir de esa comprensión de lo que hacían otros. Pero, claro, no veía. ¿Hubiera elegido ese lector escuchar libros si hubiera podido leerlos? Mmm

Sin embargo, la tradición de “escuchar” relatos es vieja como el mundo. Más allá de lo que uno imagina que pasaría alrededor del fuego en la Prehistoria, obras como La Ilíada o la Odisea fueron primero orales, los pueblos indígenas crearon cosmogonías, cuentos, leyenda y fábulas y en la Edad Media, largamente inventada la escritura, se leía en voz alta en las cortes -como un evento social- o en los monasterios.

Mucho más acá, en las tabacaleras del Caribe, y luego en las de La Florida, Estados Unidos, se leía en voz alta mientras la gente trabajaba. Leían periódicos pero también libros de autores como Tolstoi y Dickens. Los trabajadores decidían qué querían escuchar, elegían al lector y lo pagaban entre todos.

Lector en una tabacalera a principios del siglo XX

Revolución 1877

Así veníamos, leyendo en voz alta, y en 1877 Thomas Alva Edison inventó el fonógrafo, la grabación de la voz, Y sugirió que podía servir para hacer “libros fonográficos, que hablarían a las personas ciegas sin esfuerzo por su parte”. Ya llegaría, ya llegaría. En 1934 la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos abriría una biblioteca con libros en discos de vinilo. Empezaron con la Declaración de Independencia y la Constitución, varias obras de teatro y poemas de Shakespeare. Pero el público quería más.

En los 60 hubo cintas, en la década del 80, libros comerciales. Pero todo se aceleró cuando el mundo se aceleró: en lso 2000 la digitalización puso los audiolibros a un click de distancia de todo el mundo. La difusión del wifi y de los teléfonos con datos, lo hicieron más fácil todavía. Tengo el dispositivo, la conexión, las ganas... y la tarjeta de crédito. Así me agarró a mí el cumpleaños de mi amiga.

Cómo y qué se escucha

Hay cosas y cosas para escuchar en audiolibro. Sobre gustos ya se sabe, no hay nada escrito o hay demasiado escrito, pero yo no elegiría un ensayo filosófico para tener en los oídos mientras manejo o camino por la calle, aunque sí un libro de Historia -escuché Sapiens, de Yuval Noah Harari- y, ni que hablar, una novela -escuché los cuatro tomos de La amiga estupenda. Escuché La anomalía, de Hervé Le Tellier, con miedo y con algún peligro una larga noche conduciendo sola en la ruta. Escuché La familia, de Sara Mesa, en otro larguísimo tramo al volante, y el viaje voló y por momentos me sentí en España.

A veces graban los autores y es hermoso. A veces graban los autores y, bueno, no son tan buenos lectores y, más allá de la pieza única que esa grabación representa, preferiría un buen locutor. Hay lectores que interpretan y de repente cambian de acento o de idioma con suavidad, componiendo una obra nueva, que también tiene un poquito de teatro. A veces el acento de quien lee se elige pensando en donde están los lectores y no concuerda con los que deberían tener los personajes. Cuando los personajes son argentinos a mí, que soy argentina, me suena raro que el lector sea venezolano. Pero a quien compra en Miami o en España ¿le resulta bien?

Salgo a caminar sí o sí con los auricular y enchufada a una novela, lo que bajó mi consumo de programas radiales, perdón colegas. Camino mucho, camino más, por ir metida en esos otros mundos. Como quien recuerda en qué parte de la página estaba cierto párrafo, luego cuando paso por aquella panadería o doy la vuelta por la otra casa, me viene el texto que escuché por ahí. Zonas de la ciudad que se me quedaron pegadas a relatos a veces muy lejanos.

Y una más: no hace falta elegir equipo. Soy team audiolibros y team ebooks y team papel. Depende el momento, el lugar, el acceso al libro. Soy team de la palabra y de los textos y de las ideas y de las emociones.

Yo sé que es raro recibir o mandar como regalo un mail con un link. Pero ese link es una experiencia conmovedora, profunda, detestable, tontísima, aburrida, sabia, excitante, inigualable. Bueno, como la literatura.

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