
“No estoy pendiente de esas cosas, pero me gusta el reconocimiento”, dice Vivi Tellas sobre el Premio Konex de Platino que será entregado el martes 12 de noviembre. Es un Konex de Letras, en la categoría Teatro, por su labor en el quinquenio 2019-2023. “Vengo trabajando y haciendo cosas difíciles, inventando, creando nuevos caminos en las artes, en el teatro. Es muy difícil hacerse nuevos lugares y a la vez siento que es mucha inspiración para colegas y para la comunidad artística y teatral. Como una influencia en el paisaje artístico. Así que me siento este premio como un apoyo grande, como un reconocimiento también al riesgo”. Atiende el teléfono desde México. Se hace un hueco para conversar con Infobae Cultura, justo antes de entrar a una clase: está haciendo tutorías para proyectos de teatro documental para el Museo del Chopo.
Tres semanas atrás recibió un llamado: Luis Ovsejevich, presidente de la Fundación Konex. A todas las estrellas de su currículum, ahora Vivi Tellas suma una nueva: el Konex de Platino. Son décadas apostando al teatro. Todos la conocemos como la creadora del biodrama, que es un proyecto, casi un método, ¿un género? donde lo que se lleva al escenario, al drama, son biografías de personas que no son actores. Mi mamá y mi tía, Tres filósofos con bigotes y Cozarinsky y su médico son apenas tres títulos. Pero antes de eso hubo de todo: Las Bay Biscuits, el Parakultural, presentaciones con los Redondos, las noches del under. “No soy para nada nostálgica”, dice y se ríe. “Creo que el arte es arriesgarse. Se trata de tomar riesgos. Los riesgos son más bien con una misma: desafiarse a una misma en nuevas ideas”.
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—¿Pensás el riesgo en relación a la época? Porque lo que quizás era riesgoso en una época deja de serlo en otra y viceversa. ¿Estás atenta a lo que pasa para escribir o la creación va por otro carril?
—Siempre estoy atenta a lo social, lo político, lo artístico. Sí. El riesgo de irrumpir. Siempre pensé que hice las cosas de otro modo. Y a veces hacer las cosas de otro modo es más difícil y hay que insistir mucho, ser muy tenaz. Tener ideas nuevas que modifiquen al arte mismo, que modifiquen lo social, que hagan algún impacto en la comunidad, en la política, en lo posible... ese es un poco mi espíritu, mi forma.
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—Teniendo en cuenta que el Konex premia los últimos cinco años, ¿solés ir hacia atrás para pensar tu obra? Me refiero a si leés el proceso, la evolución, las etapas.
—Yo soy muy, muy presente. Me interesa mucho el presente, muchísimo. Pero sí trato también de hacer una reflexión tanto en mi obra como en la de mis colegas. Me interesa la retrospectiva, podríamos decir, de cómo se van enlazando las obras y las ideas. Pero soy muy del presente. Me importa lo que está pasando ahora y para adelante. De hecho, estos años que dirigí el Teatro Sarmiento, hicimos un proyecto de retrospectiva en arte y en teatro. Hicimos como cuatro años de retrospectivas de distintos colectivos y artistas. Es muy interesante ver cómo se hacían las obras en retrospectiva. Y una obra nueva, por ejemplo: Piel de Lava hizo Petróleo en esa situación de retrospectiva y obra nueva. Matías Feldman, Leticia Mazur, Lucía Seles, hubo varios. Hicimos ese proyecto que también fue muy complicado, pero por suerte se puedo hacer en el teatro público. ¿Por qué me preguntás lo de lo del pasado?
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—Porque tenés una trayectoria larga. Pienso en el Parakultural, en ciertos hitos previos al biodrama. Y uno puede ser nostálgico de ese pasado o usarlo como un trampolín, ¿no?
—No soy nada nostálgica. No aguanto la nostalgia, no la soporto. Siempre pienso en que mis mejores obras son ahora. Y también espero eso de mis colegas. Me parece que es lindo analizar los trabajos, qué contacto tiene en el trayecto de los artistas, cómo se va de desenvolviendo y desarrollando pero no, lo de la nostalgia no me pasa.
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El biodrama es un monstruo. El desafío es no cortar la expansión: “Es una sorpresa ver cómo mi proyecto se va llenando de otras ideas. Es algo que también la gente tiene interés de ver. Pienso en la última obra de María Ucedo. Es un marco de trabajo que se ve que hacía falta, que era necesario, porque había ideas dando vueltas que una vez que yo inventé y creé ese marco con ese nombre, biodrama, que es biografía y drama, que es biografía y teatro, empezaron a aparecer”, cuenta. Es, resume, “la necesidad de armar una historia personal en primera persona”. “Trato de ir a ver todos las obras que se hacen acá, también en el mundo. Me emociona ver cómo cada artista le va dando una impronta nueva: Lorena Vega, Lola Arias, Marina Otero, gente que trabajó conmigo o pasó por el taller de biodrama”.
“¿Viste como son estas ideas? A veces vienen de otros lugares. No estás pensando qué hace falta”. En el año 2001 la llamaron del Teatro Sarmiento, querían convertirlo en un “teatro experimental”. Ahí apareció el camino, la chispa, las preguntas, todo: “Empecé a pensar en cómo podemos vernos poéticamente en la ciudad. Las historias de vida, ¿son posibles en el teatro? ¿Es posible llevar una biografía a escena? Son todas preguntas experimentales. Eso fue creciendo y hubo mucho interés, tanto de los artistas como de la audiencia. Yo invitaba a un director o directora a trabajar con la historia de una persona viva. Después yo, en mi propio trabajo personal de directora, empecé a desarrollar otro trabajo que era con personas que no son actores”.
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En medio de esa marea, nace el primer biodrama: Mi mamá y mi tía, donde Graciela y Luisa Ninio —efectivamente: la madre y la tía de Tellas, dos señoras sefaradíes— despliegan una autobiografía familiar a partir de historias que se repiten. “Hoy eso se entiende, pero en esos primeros años era raro ver. Con mi obra Tres filósofos con bigotes, con tres profesores reales que no son actores en escena, la gente se preguntaba: ¿Qué estoy viendo? ¿Qué es esto? ¿Son personas? ¿Son actores?” Lo interesante del biodrama, sentencia Tellas, es que “pone en crisis la verdad, la ficción, la autoría”. “Hay muchos temas que se desprenden para pensar. ¿Cuánta ficción hay en la realidad, en la vida cotidiana, en la ciudad? ¿Vemos el teatro como algo verdadero? A mí me gusta mucho el desconcierto”.

—¿Por qué? ¿Qué ves en el desconcierto del espectador?
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—El desconcierto de no saber qué estás viendo. Me encanta ese estado de la audiencia. Y yo, como espectadora, también. ¿Qué estoy viendo? Me parece un estado ideal. Ya no pasa tanto porque está muy incorporado el lenguaje, pero al principio se preguntaban si era o no teatro. Esa pregunta me gusta mucho porque quiere decir que hay algo que está cambiando, que está apareciendo otra cosa que todavía no podemos definir del todo.
—Es una forma de devolverle al público cierta inocencia, ¿no? Cuando uno va al teatro, al cine, o incluso cuando lee un libro: no saber bien que es lo que tenés en frente. Uno lee con un montón de prejuicios y conocimientos, y de pronto algo te devuelve a un estado previo.
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—Sí, es muy lindo. La inocencia es un estado ideal para ver teatro. Y hay obras que te proponen eso, que te convierten en inocente. Que una obra o un hecho artístico te vuelva inocente, me parece muy, muy arriba.
—Lo último: ¿cómo estás viviendo los recortes a la cultura? El teatro tiene una vitalidad difícil de roer, sin embargo la recesión es para todos. ¿Tenés alguna reflexión sobre lo que está pasando?
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—Me parece un momento muy triste de recorte, de no valoración. Un momento muy oscuro para el arte, para la cultura, para los estudiantes, para todas las personas que estamos pensando cosas nuevas, para la formación. El teatro también, igual que el cine. Creo que nos quieren aplastar, que nos quedemos sin propuesta, algo que no va a pasar porque realmente Buenos Aires, que es la ciudad que más conozco, tiene una fuerza expresiva tremenda y muy tenaz. Igual es triste que no haya apoyo en ese camino. Es muy negativo y horrible. Yo siempre estoy proponiendo, estar presentes en todo lo que podamos. El teatro es la presencia. Y seguir adelante con los proyectos. Yo pasé la dictadura, me formé en la dictadura. Eso tiene que ver también con la presencia, con el valor de las historias propias, y basta de hacernos de lado.
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