
En 1924, el escritor André Breton publicó el manifiesto surrealista –ahora un tesoro nacional en Francia–. Con él nacía uno de los movimientos artísticos más populares de la vanguardia. El Centre Pompidou de París conmemora los cien años de esta escuela con una exposición, Surréalisme, ambiciosa y distinta, porque incluye a muchas mujeres y creadores poco conocidos en Europa que trabajaron fuera de la órbita parisina. Por eso, además de acoger obras emblemáticas de los monstruos sagrados del movimiento, como Max Ernst, Rene Magritte, André Masson o Man Ray, exhibe también al fotógrafo Tatsuo Ikeda (Japón), a Wilhelm Freddie (Dinamarca), a Baya (Argelia) o a Rufino Tamayo (México). En cuanto a España, está muy bien representada con obras de Salvador Dalí, Joan Miró, Pablo Picasso, Luis Buñuel, Maruja Mallo y Remedios Varo.

La muestra viajará a Bruselas, Madrid, Hamburgo y Filadelfia, aunque en cada una de estas ciudades el montaje podría variar. En París, la exposición ocupa las salas centrales, las más grandes del museo, y tiene forma de laberinto que se despliega a partir de un “corazón” que alberga el manifiesto surrealista. Para entrar hay que atravesar una gigantesca boca abierta, una reproducción de la fachada del cabaré de L’Enfer (infierno), que estaba situado bajo las ventanas del apartamento de André Breton.
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El surrealismo fue un movimiento plástico, pero también un movimiento de ideas que invitaban a la acción, a cambiar de vida y a intervenir social y políticamente. En este sentido, se exhiben muchos documentos que dan fe de los ideales de un surrealismo que condenó las guerras coloniales del Rif, Argelia e Indochina, además de los totalitarismos de la primera mitad del siglo XX. Este era un principio irrenunciable de Bretón. De hecho, ante las burlas de Dalí al ideario comunista antifascista, el artista español fue expulsado del grupo.
Ruptura con el pensamiento anterior
Las preocupaciones emancipadoras se concretan en salas dedicadas a pensadores como el marqués de Sade, el conde de Lautréamont o Lewis Carroll. Así, en el espacio denominado “Las lágrimas de Eros” se aborda la libertad sexual desde la perspectiva libertina, radical y política del marqués a través de obras de Dalí, Francis Picabia, Toyen o Joyce Mansour, entre otras. Lautréamont, con su frase “la belleza es el encuentro de un paraguas y una máquina de coser en una mesa de operaciones”, da nombre a otra sección que invita a reflexionar sobre lo absurdo de las convenciones –incluidas las lingüísticas–.
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Por su parte Alice, dedicada al pensamiento divergente infantil, el mundo de los locos o los durmientes, es una de las áreas más divertidas. Preside el espacio un gran cuadro de Magritte del periodo vache (“vaca” es un eufemismo para apelar al mal gusto) que lleva por título el nombre de la heroína de Carroll. Le acompañan obras de Picasso, Mimi Parent o Claude Cahun.
Otros temas típicos del surrealismo como el inconsciente, la piedra filosofal, los médiums, el bosque tenebroso o las quimeras nos hablan de zonas oscuras no iluminadas por los potentes faros de la ciencia y el progreso.
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Las mujeres del surrealismo
Muchas mujeres surrealistas contribuyeron a crear estos universos góticos, abiertos al misterio, lo arcaico y lo mitológico. Uno de los aciertos de esta muestra es precisamente incluir a treinta y siete de ellas. Podemos destacar a las británicas Ithell Colquhoun –cuyos halos luminosos parecen mostrar cómo, en el espacio, todo emite reverberaciones sonoras– y Grace Pailthorpe, capaz de retratar lo blando inquietante con la morosidad de un Dalí.
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Meret Oppenheim sorprende con un enorme lienzo sobre la transformación de Daphne en laurel. Maruja Mallo, vestida con manto de algas, y Remedios Varo, presente con un gouache perteneciente al Museo Reina Sofía y tres serenas obras ocultistas pintadas en México –donde murió–, constituyen la aportación española. Tras la Segunda Guerra Mundial, Leonora Carrington también se refugió en México. Tanto ella como Toyen y Dorothea Tanning son las artistas mejor representadas en la exposición.

Diversas técnicas
Las surrealistas también contribuyeron a la exploración de algunos métodos –como el dibujo automático, el frottage, el cadáver exquisito o la decalcomanía– empleados para introducir el azar y generar una estética chocante. El dibujo automático, muy utilizado por Unica Zürn, consiste en dibujar sin prestar atención, teniendo la mente ocupada en otra cosa –por ejemplo, hablando por teléfono– para que el resultado no se vea influido por el control de la conciencia.
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El frottage (del francés frotar) es un procedimiento explorado por Max Ernst. Se basa en colocar el lienzo sobre un objeto para restregar la pintura con un pincel de cerdas duras y transferir así las texturas de este al soporte. Ernst a veces también lijaba la superficie de los lienzos y obtenía nuevas y azarosas marcas para sus “bosques”.
La decalcomanía es otra técnica sencilla que consiste en lanzar gruesas pinceladas para presionar sobre ellas con el papel y obtener manchas sugerentes sobre las que se pueden hacer pequeñas intervenciones. Una muy típica es el “León Saltando” (1936), de Óscar Domínguez.
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El cadáver exquisito
Pero la técnica surrealista por antonomasia es el cadáver exquisito: una imagen fragmentada creada en un juego donde cada participante realiza una parte de un dibujo y luego dobla el papel de modo que éste quede oculto para el siguiente dibujante.
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Este principio constructivo está detrás de las algunas de las composiciones más delirantes de Dalí, como Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes de despertar (1944), en los personajes totémicos de Dorothea Tanning o Suzanne Van Damme, en los locos objetos creados mediante ensamblajes por Jean Benoit o Victor Brauner o en los collages de Dora Maar, Grete Stern o Jindrich Styrsky. Y, por supuesto, resplandece en los papeles colectivos generados por el grupo.
Después de cien años, resulta inquietante que la estética surrealista aparezca en tantas obras generadas por inteligencia artificial. O que las ideas surrealistas contra el antropocentrismo y la mirada eurocéntrica, por ejemplo, que impedían advertir la autonomía y sabiduría de los pueblos primitivos, las plantas o los animales, se nos presenten ahora como cruciales para ayudarnos a lidiar con la catástrofe ecológica en que estamos inmersos.
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Publicada originalmente en The Conversation
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