
Antes de la nota que corresponde al título de uno de los hechos más potentes ocurridos en la performance y la intervención urbana cuyo archivo hermosamente ordenado por Maricel Álvarez se presenta en un precioso tomo que registra la experiencia; quisiera decir algo.
Ese 15 de noviembre de 2002 -el lector de este texto que precede a la nota comprenderá cómo este cronista reconoce a partir de ahora la fecha de los acontecimientos- había debido atravesar temprano la calle Corrientes durante algún momento de la mañana. En cierto momento notó un aire enrarecido. Una persona en la vereda, tirada, al lado suyo, siguió caminando. Unas cuadras después, otra persona de la calle, sobre abrigada, con los brazos contra una pared, la cabeza gacha, como si fuera a vomitar. El cronista apuró el paso, cruzó de vereda cuando pudo, trató de ver con el rabillo del ojo qué pasaba. Decidió dejar de ver. Se enojó consigo mismo.
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La maldita autoconmiseración que hombres y mujeres tenemos de nosotros mismos hacía que yo me viera a mí mismo como un ser solidario, hermano de las causas más humanas y transformadoras de la historia y, en tal punto, incluso veterano de la plaza de mayo que había logrado, entre otros factores, que el peor gobierno de la historia acabara con el país un año antes, apenas.
Pero al ver a un hombre a punto de vomitar había cruzado bajito Corrientes para evitar verlo. ¿Qué era yo, entonces? Muchas personas se hicieron preguntas ese 15 de noviembre en distintos puntos de la ciudad.
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Ahora sí.

Filoctetes es el hedor. En la mitología griega, embarcado hacia Troya, recibió la mordedura de una serpiente que lo hizo insoportable ante sus tropas que lo abandonaron ante el olor de la herida abierta. El 15 de noviembre de 2002, el director Emilio García Wehbi decidió intervenir el espacio público en medio de la más grave crisis económica que asolaba a la Argentina desde siempre, que había incorporado a un sujeto sin hogar que de noche poblaba plazas y veredas. ¿Y de día? Usó una cantidad de muñecos y avisó de la intervención urbana a las autoridades que dieron lugar a que el porteño se enfrente a su nueva circunstancia.
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Esta actividad, el Proyecto Filoctetes, se replicaría en Berlín, Cracovia y Viena; contaría con el aval entusiasta de Horacio González a la hora de fundamentarla en charlas de café y su intervención misma y hasta conseguiría el entusiasmo participativo de verdaderos homeless en la actividad, logrando un material digno de no perderse en los tiempos, tarea emprendida con delectación de relojera por Maricel Álvarez una vez comenzada la pandemia.

“Se trata de una experiencia moral que implica la frustración de una expectativa -escribía ese 2002 Horacio González, que moriría en pandemia-. El Proyecto Filoctetes pone en la ciudad un conjunto de cuerpos no humanos -muñecos, los denominaban los participantes de la experiencia en situaciones demasiado humanas. Es decir, en situaciones donde “la demasía de lo humano” consiste en el abandono, la caída, el desmayo, la privación, toda la clase del vástago catálogo de desfallecimientos que proveen las ciudades contemporáneas.
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Veinte años después, Graciela Speranza, de la revista Otra parte, conversa con García Wehbi sobre la experiencia, que recupera vida por su principal agente y la memoria y reflexiona a dos décadas sobre el por qué de una vigencia, por lo menos, intelectual de la performance urbana.

“Pero la delegación más importante era que el verdadero performer de la experiencia era el transeúnte y los espectadores en realidad los más de setenta involucrados en la producción. Era una forma de rizar el rizo y hacer más complejo el funcionamiento semántico del proyecto. Ese corrimiento, si bien interesante en términos estéticos, es un poco complejo en el aspecto ético y problematiza mi propio trabajo. Me parece que es sano que un artista esté todo el tiempo preguntándose cuáles son los límites éticos de su producción, no dando por sentado derechos adquiridos no se sabe de dónde, solamente por portar la cucarda de artista, ¿Es lícito forzar al transeúnte a convertirse en un performer para el usufructo personal?” (García Wehbi). “Francamente, dudo que sea posible realizar esta intervención veinte años después” (G.W.).
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El crítico Jesu Antuña entrevista a Maricel Álvarez sobre el archivo y en particular en el Archivo Filoctetes, que reúne no sólo el registro del proceso de producción del Proyecto, sino sus repercusiones en la prensa “indignada” en las cuatro ciudades donde se realizó, además de un sin fin de fotografías, videos, textos y conforma un mapa del teatro de operaciones. Un mapa en el que también el archivo de la narración queda inscripto para siempre:

“También hay una gran historia detrás de otra de las imágenes que yo considero icónicas del Proyecto: la del joven en situación Plaza Congreso de Buenos Aires, posando para la cámara mientras en un brazo sostiene a su pequeño hijo y en el otro, a uno de los muñecos de la intervención. Esta fotografía la tomó Danna Caldara. Ese joven, según lo relataron los participantes apostados en aquella locación, participó toda la jornada de la acción de forma muy activa y entusiasta, ayudando con el muñeco, buscando con el equipo poses más realistas para el pelele, interviniendo en las conversaciones con los transeúntes, contándoles de sus días y su vida en la calle, etc. Al finalizar la acción pidió ser retratado de esa manera, en esa posición, para que sus compañeros de aventura lo recordaran como el gran camarada que había sido. Su actitud y pose son reveladoras. La impronta de su cuerpo también. El protagonista de toda esta historia no es otro que él mismo. Él es Filoctetes. Y vaya si tiene razón”. (Maricel Álvarez)
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Veinte años después, en medio de otra grave crisis económica, política y estructural en la nación, no resulta difícil oponerse al final del archivo (que de cualquier manera es música para los oídos del presente y del futuro. Se puede arriesgar, también: “Los muñecos que vos matáis gozan de buena salud”.
*Archivo Filoctetes se presenta este jueves 4 a las 18:30 en Fundación Medifé, Ayacucho 1945.
[Fotos: Archivo Filoctetes]
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