
Hay frases que no buscan el consenso, sino la herida. Cuando la intelectual neoyorquina Susan Sontag sentenció que la guerra es uno de los pocos escenarios donde el ser humano experimenta una vitalidad total, no estaba haciendo una apología del combate. Estaba lanzando una advertencia sobre la condición humana y nuestra relación parasitaria con la tragedia ajena. Esa idea, que sobrevuela gran parte de su obra tardía y sus diarios, encuentra su anclaje definitivo en Ante el dolor de los demás, de 2003.
Para entender esta frase, hay que situarse en la Nueva York de principios del siglo XXI. Sontag, que ya había analizado la estética del poder y la imagen en su consagrado libro Sobre la fotografía (1973), regresó al tema tras los atentados a las Torres Gemelas y el inicio de la invasión a Irak. En un mundo saturado de pantallas, la autora se preguntaba: ¿qué nos sucede cuando miramos una fotografía de una masacre? ¿Nos vuelve más éticos o simplemente nos vuelve mirones?
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La frase sobre la vitalidad de la guerra aborda el fenómeno de la “adrenalina del espanto”. Para Sontag, la guerra rompe la monotonía de la sociedad de consumo, ofreciendo una “verdad” brutal que, paradójicamente, hace que quienes la viven (y quienes la consumen desde lejos) se sientan sacudidos de su letargo existencial. En ese sentido, Ante el dolor de los demás, su último gran ensayo publicado en vida, es una pieza fundamental de la crítica cultural contemporánea.

En él, Sontag revisita sus propias teorías de los años 70. Mientras que en Sobre la fotografía las imágenes de horror nos insensibilizaban, en Ante el dolor de los demás son una invitación a la reflexión, pero también un recordatorio de que no podemos comprender el sufrimiento real si solo lo vemos a través de una lente. Este libro desmitifica la compasión. Sontag sostiene que la guerra es una actividad que otorga sentido, jerarquía y una urgencia que la paz, en su comodidad burguesa, suele diluir.
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Siempre buscó la intensidad. Ya sea en sus críticas sobre la obra de Jean-Luc Godard, en su puesta en escena de la obra de teatro Esperando a Godot en una Sarajevo bajo fuego, o en sus diarios personales reunidos en Renacida, siempre rechazó lo tibio. Para ella, la guerra representaba el límite de la experiencia humana. La frase captura su obsesión con la ética de la mirada: el hombre se siente “vivo” ante el peligro porque allí no hay espacio para la ironía, solo para la supervivencia o la destrucción.

¿Quién es Susan Sontag?
Nacida en Nueva York como Susan Rosenblatt, la autora adoptó el apellido de su padrastro, Nathan Sontag, tras la muerte de su padre biológico en China. Estudiante brillante y voraz, terminó la secundaria a los 15 años y se formó en instituciones de élite como la Universidad de Chicago, Harvard, Oxford y la Sorbona. A los 17 años se casó con el sociólogo Philip Rieff, con quien tuvo a su único hijo, David Rieff, antes de divorciarse y mudarse a París, ciudad que marcó su formación estética.
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A lo largo de su carrera, Sontag se consolidó como una de las intelectuales más influyentes del siglo XX, alternando la escritura de novelas como El amante del volcán y En América —por la cual recibió el Premio Nacional del Libro— con ensayos como Contra la interpretación y Sobre la fotografía. Fue también una activista comprometida que dirigió teatro en una Sarajevo sitiada y presidió el PEN American Center. Falleció a los 71 años en 2004 a causa de una leucemia mieloide aguda.
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