Musitani, el excéntrico de Chivilcoy: historia del “loco” del traje blanco y la bicicleta verde

En “Francisco Musitani, el último adelantado”, Enrique Balbo aborda una figura emblemática de la historia popular chivilcoyana: un italiano nacido en 1883 que se obsesionó con el verde, la higiene, los pozos y la publicidad

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Fotos de época de Francisco Musitani (Crédito: Archivo Literario Chivilcoy)
Fotos de época de Francisco Musitani (Crédito: Archivo Literario Chivilcoy)

A Fransico Musitani lo definía su apariencia: traje blanco pintado a cal, corbata verde, flor de papel, gorra ferroviaria, bicicleta verde con cornetas y timbres que siempre llevaba de tiro. Atados al cuadro y al manubrio, muchos carteles: publicidad. Cada tanto, cuando encontraba un pozo en alguna avenida o calle céntrica, frenaba, sacaba el metro y medía el bache; luego iba a la Municipalidad de Chivilcoy a informarle a las autoridades, a exigirles, que lo arreglaran. Vivía en una casa pintada de verde: La Verdepura. No comía carne, no bebía, no fumaba. Era un obsesivo de la higiene al punto de hacerse baños de vapor cada mañana; vivió casi cien años. Italiano calabrés de Castrovillari, nació en 1883 y llegó a la Argentina en 1891. Su vida fue una gema en la rutina de un pueblo perdido en la llanura pampeana. Todos hablan del hombre : los que lo conocieron, los que no lo conocieron y hasta los que se lo inventaron.

Pero a Fransico Musitani lo definía también su silencio. “Todos saben quién fue Musitani pero nadie lo conoció, nadie habló con él”, dice ahora Enrique Balbo bajo una carpa montada por la Municipalidad en la Plaza España de Chivilcoy. Es viernes, casi mediodía y el sol está radiante. Es el tercer y último día de la Feria del Libro de Chivilcoy 2023. Estamos en la presentación de Francisco Musitani, el último adelantado, un libro extraño que aborda un personaje extraño. Publicado hace apenas unos días por la EMCh (Editorial Municipal Chivilcoy), lo que se lee en sus casi setenta páginas es la historia de un mito. Ni biografía clásica, ni novela, y mucho menos un texto periodístico. Desde múltiples registros, Balbo investiga a Musitani, recolecta datos, junta las pocas piezas perdidas de un rompecabezas imposible y hasta conversa con él. “Desde donde le hablo el tiempo no cuenta”, le dice y lo que sigue, entonces, es nada más (y nada menos) que una gran historia.

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En la reconstrucción de la vida del “hombre de las alegres cornetas”, Balbo escribe: “Se sabe extranjero y presiente que morirá con esa condición. Se ha prometido no volver jamás al lugar del que salió. También se ha jurado resistir. No está dispuesto a abandonar, no va a ceder un palmo en sus intenciones”. Y afirma: “Para el Estado no existe, es casi un fantasma”. Efectivamente, el registro es prácticamente nulo. Se dijo que su apego al verde era tan grande que hasta pintó un caballo de ese color. Pero Balbo dice que no, que “eso es una mentira”, porque “el hombre adoraba a los animales”. Ahora, en la carpa de la Plaza España, la presentación se vuelve una charla y los presentes no solo escuchan al autor del libro, también aportan al gran mito: recuerdan cuando lo vieron, cómo iba vestido, qué hacía, qué hizo, qué le contaban sus padres, sus vecinos, sus abuelos, la ciudad. No hay uno solo que cuando hable de Musitani no le crezca una sonrisa en la cara.

Enrique Balbo
Enrique Balbo, autor del libro “Francisco Musitani, el último adelantado”

Enrique Balbo —que nació en Chivilcoy en 1967, que es crítico de arte, cuentista y ensayista, que pasó décadas viviendo en España, que todos conocen como “Loncho”— comenzó a investigarlo cuando estaba escribiendo el guion de El viaje de Rolo, novela gráfica de 2021 que trabajó junto a Federico Capobianco y Marcelo Mosqueira. El protagonista, un niño llamado Rolo, “tenía que trasladarse desde la pensión Varzilio, donde está ahora la farmacia Luis y Fuerza, hasta Oeste Films: siete u ocho cuadras. Y claro, si tú le das al dibujante y al lector ocho o diez viñetas de arquitectura y un niño caminando es muy aburrido. Entonces lo metimos a Musitani llevándolo a Rolo en su bicicleta”. En el dibujo de Mosqueira, Musitani resplandece. Incluso el propio Cortázar, que vivió en Chivilcoy entre agosto de 1939 y julio de 1944, se maravilló con ese resplandor al punto de mencionarlo en La vuelta al día en ochenta mundos, en el capítulo “Los piantados y los idos”.

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“Entonces lo investigué —continúa Balbo— y lo que encontré eran datos biográficos y anécdotas, pero nada más. Yo no lo conocí, no tengo recuerdos de él. Entonces solucioné ese pasaje del libro y me olvidé de Musitani. Un tiempo después empecé a escribir un ensayo sobre una visita que hizo Borges a Chivilcoy en el año 64, que no hay registro alguno, solo la tradición oral de gente que hoy tiene como ochenta años y cada uno cuenta su historia. Y en esa visita de Borges hubo un despelote porque alguien reventó los tapones de la luz, en la Biblioteca. Porque había gente que no lo quería a Borges. Y empecé a hablar con toda esta gente y empezó a aparecer Musitani por todos lados. Y digo: ¿qué pasa con este señor? Me está buscando. Y si me está buscando me va a encontrar. Y aquí está lo rarísimo: nadie sabía absolutamente nada de Musitani. Sí sabían que iba en bicicleta, que se vestía de blanco, de la casa llamaba La Verdepura. Pero de cómo era, qué pensaba... nada”.

La búsqueda se inició con un hombre que lo había contratado para hacer publicidad. De esa faceta suya hay varias fotos. Una, bajo el sol de una plaza, con su bicicleta llena de carteles. Otra, de rodillas y manos al piso con tres chicos en la espalda. Y una tercera donde se lo ve con cuatro niños —uno de ellos, un bebé; lo tiene a upa— y un vestido veraniego de dama, sombrero inclinado con flores, aros y bolso. ”El señor lo contrató para hacer publicidad por tres meses para una fábrica de semilla. Me dijo que llegaba a las 8, se iba con la bicicleta, volvía a las 12 y ‘hasta mañana’. Y después me dijo: ‘Una sola vez vino una de las hijas a pedirme por favor que dejara a su padre ir al hospital porque tenía un dolor en el pecho’. Se presumía que podía tener un infarto. Y no quería ir al hospital porque tenía que ir a trabajar. Entonces la hija lo fue a ver al hombre y dice que Musitani le hizo redactar un papel que dijera que ese día estaba exento de trabajar porque iba al hospital”.

“Francisco Musitani, el último adelantado” (EMCh, 2023)
“Francisco Musitani, el último adelantado” (EMCh, 2023)

Un día Balbo estaba en el cementerio. ”En mi época íbamos mucho al cementerio. Yo iba con mi abuela, ella cantaba y limpiaba los cajones, el suelo, todo. Antiguamente la gente tenía una relación con los muertos que hoy no tenemos. Y hace poco fui porque una mujer me dijo que había unos banquitos de madera color verde que los había hecho Musitani, y las losetas de la bóveda de color verde que las pegó él. Yo voy ahí a confirmar esto, llegué a la bóveda, y efectivamente la mujer tenía razón. Me apoyé así y sentí ¡crack! Y digo: ¡la Virgen!, ¡se partió! Arriba, lo prometo, la placa que dice Francisco Musitani estaba partida. Seguramente cedió cuando me apoyé. Y ahí pensé: si este señor no quiere hablar porque nadie sabe nada de él, entonces lo puedo poner a hablar yo, porque yo soy escritor y puedo escribir lo que me dé la gana: un libro, una conversación, lo que quiera. Y ahí empecé a escribir”.

“Es un señor que se ha hecho a sí mismo porque es la perfecta contracultura: no fue a la escuela, nunca le enseñaron a leer y a escribir pero lo tuvo que hacer por su cuenta. Si tú lees los textos que redactaba para la venta de propiedad son buenísimos, son súper graciosos. Dice, por ejemplo, que tiene en venta una casa aquí en frente y que la casa viene equipada con una cama que tiene patitas y tapones de goma para que la gente, cuando por la noche retoce en la cama, los vecinos no se enteren. ¿Tú te imaginas eso en los años 40?”, dice Balbo con su acento españolizado sobre un personaje que no es héroe ni villano, mucho menos un ser de luz —su mujer lo abandonó porque solía encerrarla en su casa cuando se iba—, sino un simple hombre, lleno de contradicciones. “Lo que me interesó sobre todo es aprender a mirarlo, porque la gente siempre lo ha visto de fuera: un loco que toca la corneta, que se viste de blanco, pero el tío tenía que ser alucinante”, agrega.

En esos años hay muchas asociaciones de italianos, de españoles, de inmigrantes. Hay muchos clubes de bochas, se están forjados los clubes de fútbol. En fin, hay de todo tipo de actividades. Él no está en ninguno. A mí esto me encanta. No lo encuentras tú en ninguna asociación, en ningún café, en ninguna tertulia, en ningún emprendimiento, en nada. Él hace la suya. Ni siquiera la sociedad italiana lo tiene en los registros. No está empadronado en la sociedad italiana. Él es calabrés. Los calabreses vienen todos en el Barrio del Pito. Él no participa tampoco, porque él se está haciendo a sí mismo. Y no se siente solo. Y además cumple la metáfora preciosa de que es un señor que te lo imaginas súper extrovertido, ¡y nadie lo conoce! Es que es el mejor disfraz del mundo. Dices: ‘este tipo sería bueno haciendo bromas’. Y no. Había gente que a veces lo insultaba, le tomaba el pelo y él decía ‘buenos días’. Es fantástico”.

El viaje de Rolo, cómic Chivilcoy
Francisco Musitani en "El viaje de Rolo" (dibujo de Marcelo Mosqueira)

La pregunta no es sólo qué era Musitani, qué fue, qué logró ser, sino que dice de nosotros, de nuestras sociedades, de nuestra historia y de nuestro presente. Su excentricidad es pura potencia. Porque con la excentricidad ocurre una trampa. Puede ser extravagancia, a veces elegancia, otras rareza, pero siempre originalidad. Y es una actitud que se le permite, incluso hasta se le celebra, a ciertos millonarios que buscan romper con las costumbres de la misma burguesía que los sostiene. Ese gesto tiene su encanto, su rebeldía, claro que sí, pero ¿acaso el asunto no cambia radicalmente cuando ocurre en el llano de una existencia común, de una época común, de un lugar común? La potencia de la originalidad de Musitani parece estar en su ambición, en su objetivo, en “sus intenciones”, como escribe Balbo. Quizás lo único que quería con su acto performático cotidiano era ponerle un poco de brillo a la opacidad de la rutina. Quizás estaba conversando con el futuro.

“Yo creo que hemos fracasado rotundamente. Es cierto: hoy no hay Musitani. Nosotros vivimos con las puertas cerradas, muchas casas están enrejadas, tenemos cámaras de seguridad. Pasás por la noche y se enciende una luz blanca que parece que te va a interrogar el FBI. Y no tenemos ningún loco en el pueblo. Antes sí que había locos y entraban a las casas. A mi casa entraban los locos, se tiraban en el sofá, tomaban café. Entraban y salían. Y mi madre estaba con el puchero y levantaba la tapa y el loco metía la cabeza en el puchero. ‘¿Por qué hace eso, mamá?’ ‘Porque está loco, hijo’. Al loco, loco y todo, lo queríamos. Se los respetaba a los locos. Hoy eso se ha acabado”, concluye Enrique Balbo. Afuera de la carpa, bajo el sol, Chivilcoy se empieza a dar cuenta que es viernes. En la calle hay gente que está terminando los mandados de la mañana, otros que salen del trabajo para almorzar. Es cierto: no hay ningún loco. Y si lo hay, ninguno como Musitani.

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