
Lo poético es la facultad sagrada del ser, el hacer y el percibir más allá de los límites del mundo, la fuente radiante de la presencia, entendida como esencia de lo individual y colectivo, de la que surgen la música, el teatro, la danza, la poesía… Y tantas otras expresiones codificadas o no del arte, que es la forma particular que asume el ser poético para expresarse en este orden terrestre.
Un impulso de otredad nos impele a lo poético, una nostalgia de esa zona dorsal de la identidad donde no existe el yo sino la radiante conciencia del ser ello, el entre donde todo se conjuga y reintegra sin cesar, sin niveles ni jerarquías, en un devenir rizomático impredecible e inagotable. Lo poético puede ser un pensamiento, una imagen que se abre ante una observación, una emoción, o un estado de conciencia acrecentada que nos aborda en un instante cualquiera y nos revela que la realidad toda es poética, o un impulso que nos lleva a la acción artística y nos permite dar testimonio y expresión de ese impulso y sus entrañas.
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También, un ansia de autoconocimiento que quiere satisfacerse a una escala infinita y sondea sin concesiones quiénes somos, dónde estamos, de dónde venimos, qué estamos haciendo aquí en este exilio en el frente histórico que nos detenta en su pavorosa geometría. Se trata de un pulso deseante y subversivo que no acepta el consuelo de Dios y quiere dar consigo en el vértigo de su salto. Las versiones sobre su ser son infinitas, pues a ello se refieren.
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Lo poético es la facultad secreta que habita por detrás, en estado yacente, larvado y solo aparece en ciertas encrucijadas impredecibles y accidentales o, por el contrario, a consciencia, concitado por una invocación del ser sediento de ser por fuera de sus límites históricos. No es una función social, más allá de que lo poético fundó al hombre y a su perspectiva histórica allá atrás antes del tiempo, para luego replegarse sobre sí hasta transformarse en La Fuerza Ausente que es hoy, esa magnitud que acecha en nosotros y nos impele secretamente a volver a casa, a ser poéticos.
Y es que lo social se encuentra de espaldas al arte, no por su voluntad sino por razones de fuerza mayor que son de orden político histórico; lo artístico hoy está sitiado en ciertos antros adonde acuden los que pueden acceder a él, en muchos casos está mediatizado por los factores de poder que siempre intentan doblegarlo a su servicio, volverlo dócil espejo, y en otros, mantiene a duras penas su conexión con lo poético y su independencia de esos factores que lo desvirtúan.
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La independencia artística se trata de hasta qué punto la obra sostiene su contacto con la fuente poética que la parió y no concede al frente histórico más que el acto de ofrecerse a él para trastornarlo y regresarlo a casa; de hasta qué punto vibra en la obra ese pulso de otredad y misterio que la vuelve un organismo autónomo y vivo, de una intensidad que supera al mundo que la rodea, poniéndolo en peligro, impugnándolo con su patencia sagrada de ser a otra escala. En el nivel del lenguaje esta operación subversiva la lleva adelante la poesía, pues su ser es fiel a lo poético desde su propio punto de partida, la poesía cierne sobre el lenguaje la dimensión vertical de lo poético y lo libera del yugo que lo pervierte en mera representación lineal, lo desaliena, desocultando su ser todopoderoso, la criatura del lenguaje.

El teatro, por su parte, es la experiencia metafísica de lo poético (metafísica aplicada), su forma ritual que sondea identidad y pertenencia a una escala extracotidiana; vamos al teatro a experimentar el fenómeno de la reencarnación, a suspender nuestro ser ficcional, a ensayar la muerte y la resurrección, ese es el asunto empático y catártico central de la operación teatral; más allá de la obra con que se enmascare, el teatro es una máquina sagrada que nos permite volver a casa. Por lo que comporta su forma de producción, poética, desalienada, artificial, voluntaria, el teatro es más real, intenso, verdadero y real que el nivel histórico, por lo que comporta la suya: ficcional, compulsiva, descerebrada, unidimensional, alienada, inconsciente.
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El teatro es, en este sentido, una máquina de guerra poética, una fuerza de choque, opera su influjo en el nivel histórico, produciendo una zona liberada, un ensayo de realidad poética física y orgánica a salvo del mito capitalista de realidad, verdad y naturaleza humana. Cuando un artificio poético, la obra, erige conscientemente sus ficciones, lo hace como estrategia para desplegar un campo de realidad aparente sobre el cual desatar su asunto poético subversivo, en cambio, cuando un campo ficcional, como el frente histórico, pierde su conciencia poética y cree ser él, degenera en relato alienado, en compulsión autorreferencial, en mito, y finalmente muere. Esa es la señal que hace el teatro cuando erige su espejo y luego le arroja un piedrazo, nos revela que la realidad histórica es un relato ficcional y que la forma de escapar es restableciendo nuestra visión poética, La Fuerza Ausente.
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La experiencia metafísica liberadora y anti mítica del teatro, como un deslinde que nos permite alcanzarnos en otra latitud, fuera del parásito del yo, en un estado de consciencia acrecentada, en un tiempo dilatado donde todo es posible, en un espacio que se vuelve sustancia misteriosa y habitada. En fin, dar con la estructura radial de la presencia, que es la conjugación poética de estos tres niveles físicos, materiales e inmateriales que constituyen lo teatral: cuerpo, tiempo y espacio.
El “Xlll Festival Latinoamericano de Poesía en el Centro” y “Agosto poético 2023″ son una oportunidad única para intensificar nuestra experiencia poética en el cruce con extraordinarios artistas y poetas latinoamericanos, un encuentro con quienes viven lo poético a plena conciencia todos los días.
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* El XIII Festival Latinoamericano de Poesía del Centro se concretará en el Centro Cultural de la Cooperación (Corrientes 1543, C.A.B.A.), del 15 al 31 de agosto. Además, se realizará “Agosto poético”, ciclo de teatro y poesía.
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