Sería totalmente comprensible que el equipo de tecnología de última generación que trabaja en La vida de Pi incluyera a un zoólogo. Gran parte del disfrute de esta versión escénica de la novela best seller de 2001, que se convirtió en una popular película en 2012, se deriva de las encantadoras marionetas de animales que galopan, flotan y corretean por el escenario del Gerald Schoenfeld Theatre, en pleno Broadway.
Sólo ocho titiriteros se encargan de Richard Parker, el tigre de Bengala que comparte bote salvavidas con Pi, interpretado por el heroicamente enérgico Hiran Abeysekera. Richard merece estar por encima del título tanto como Abeysekera en la producción londinense que ahora se presenta en Nueva York. Es el gato más expresivo que debuta en Broadway desde, bueno, Cats.

El viejo dicho del mundo del espectáculo sobre salir del teatro tarareando el decorado se aplica sin duda a La vida de Pi, que debe mucho a los diseños de marionetas de Nick Barnes y Finn Caldwell y a los ingeniosos decorados de Tim Hatley (que también ha creado el vestuario). Se trata de un libro desplegable, con un barco que surge del suelo del escenario. Como tal, la producción es más llamativa que estimulante.
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Puede que los más pequeños no capten la esencia espiritual del guión de Lolita Chakrabarti, pero se deleitarán con los peces Day-Glo, los pájaros diáfanos y los cuadrúpedos realistas. Pero algunos adultos podrían impacientarse un poco con el ritmo pausado al que se desarrollan los acontecimientos, aunque la estructura de la obra supone una mejora con respecto a la película de Ang Lee, que empleaba el manido recurso de un Pi adulto que relata su historia de naufragio y supervivencia a un escritor. Chakrabarti se centra más en la investigación del naufragio por parte del Sr. Okamoto, interpretado por Daisuke Tsuji, mientras Pi se recupera en el hospital.

Sabemos desde el principio que Pi sobrevive a su terrible experiencia, y solo hacia el final La vida de Pi introduce la posibilidad de explicaciones alternativas de lo que ocurrió en el mar. Al igual que el libro y la película, la obra pretende ser tanto una meditación sobre la fe como una historia de resistencia en el mar. En la ingeniosa puesta en escena del director Max Webster, la lucha de Pi por sobrevivir implica conversaciones no con un ser sobrenatural, sino con compañeros imaginarios: profesores, parientes y la encarnación del manual militar (Avery Glymph), que da pistas a Pi sobre cómo seguir vivo.
Abeysekera es un Pi atractivo, pero bien podría ser un participante humano en una atracción de un parque temático; aunque nos maravilla el diseño, que se extiende a los videos de Andrzej Goulding y la iluminación de Tim Lutkin, la experiencia es más un viaje imaginario que emocional. Le seducirá, por supuesto, el trabajo en equipo de los titiriteros que cumplen la misión de hacer que Richard Parker parezca respirar y bullir. Un placer para los ojos, si es lo único que busca.
Fuente: The Washington Post
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