
La obra de teatro se presenta los sábados a las 22.30 en el subsuelo del Centro Cultural de la Cooperación. La noche y el descenso: quizá no haya mejor combinación para Israfel, una obra nocturna que cae en los abismos del ser, donde el arte puede ser un llamado, pero también una maldición. Escrita por Abelardo Castillo —que originalmente la llevó a escena con Alfredo Alcón—, la puesta actual está en versión de Daniel Marcove y Sylvia Iparraguirre.
Israfel es una obra que sigue la vida de Edgar Allan Poe —el título de la obra hace referencia, por supuesto, a su poema—, pero va más allá de la biografía, y se plantea como una alegoría feroz del hombre contemporáneo y los conflictos existenciales, temas que siempre han atravesado la narrativa de Castillo.
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Con el pliegue del teatro dentro del teatro, en esta versión Aldo Pastur se mete en la piel de Abelardo Castillo y, mientras juega al ajedrez con un oponente invisible va desovillando la trama sobre cómo escribió la obra, cuáles eran sus intenciones, qué buscaba con cada escena e incluso corrige o cambia los parlamentos de los actores. El guión está muy bien logrado y los actores son conmovedores. Uno puede seguir el procedimiento sin detenerse en el artificio.
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Es excepcional el trabajo de Juan Manuel Correa, quien interpreta a Edgar Allan Poe. Lleva al personaje al extremo —a los muchos extremos—, y queda claro que la tragedia no tiene origen ni en la locura ni en el alcoholismo, sino en la voluntad inquebrantable del poeta. Israfel registra algunas escenas muy significativas en la vida de Poe: la huida de la casa, el amor por su prima, las noches en las tabernas, la visita a la Casa Blanca, la decadencia y, en medio de todo eso, la poesía, el deseo de dirigir una revista, la obsesión por ser publicado —por ser escritor—. En un juego de dobles donde Castillo es autor y personaje, y donde Poe se enfrenta a William Wilson, el personaje de sus cuentos, Israfel es una obra que cuenta la vida de Poe y explica también la vocación de Castillo.

Todo en Israfel es exceso: de genialidad, de martirio, de angustia, de exaltación, de arrebato, de violencia, de soledad. El contraste se da en un escenario despojado, donde los personajes se mueven como espíritus que responden a una coreografía incierta pero definida. Además de Pastur y Correa, otros diez personajes aparecen en escena. Y Ezequiel Moyano impone con su violín el clima de cada hecho.
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Sin embargo, a pesar de todo lo positivo, hay que señalar también algo que queda como deuda: hay momentos en que Israfel roza peligrosamente el tono derrotista y autoindulgente típico de Ernesto Sábato. No pasa todo el tiempo y, en conjunto, la obra es muy recomendable, pero eso está presente inevitablemente.
Una hora y media después, uno sale de la sala sintiéndose diferente. Se asciende por la escalera como aquel que ha pasado una temporada en el infierno genial, pero infierno al fin.
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* Israfel se presenta los sábados a las 22.30 hs. en la sala Solidaridad, 2° subsuelo del Centro Cultural de la Cooperación (Av. Corrientes 1543, C.A.B.A.)
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