
Comencé mi andadura como traductora literaria al mismo tiempo que me incorporé como docente e investigadora a la UPV/EHU, en el año 1989. Se celebraba el Bicentenario de la Revolución francesa y Alianza editorial pidió a Marta Lorente la edición crítica y a mí la traducción del Ensayo sobre los privilegios y Qué es el Tercer Estado del abate Sieyès, dos obras clave de aquel momento histórico. Así empezó una carrera paralela a la académica.
Hace diez años, en una conversación con los editores de Cabaret Voltaire, decidimos pedir los derechos de las obras aún no publicadas de Annie Ernaux, premio nobel de Literatura de 2022. La autora ya era muy popular en Francia pero, en aquel momento, en España y en la América hispanohablante seguía siendo una desconocida.
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Una escritura compleja sin complicaciones
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Al lanzarme a la primera de mis traducciones de las obras de Ernaux, La mujer helada, enseguida me surgieron dudas. Esa lengua plana en la que escribe la autora normanda supuso todo un desafío y, aunque perfectamente comprensible, carente de todo lirismo y de toda artificiosidad, me resultaba todo un reto trasladarla al castellano.
En eso influía su exactitud matemática o clínica. Cada palabra está escogida meticulosamente, cada coma está medida; los modismos, los regionalismos, los cambios de registro… todo está calculado concienzudamente y yo diría que ideológicamente. Por eso avanzaba despacio, muy despacio, con manos de plomo.
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También tuve que recurrir a la autora, a quien envié correos electrónicos exponiéndole mis dudas. Enseguida me contestó, esclarecedora, amable, generosa, cercana.

En ese trabajo avancé rápidamente. Aunque ella misma comparaba su estilo literario con el que usaba para escribir una postal a sus padres, su escritura, tildada de “blanca”, neutra, o literaria, me parecía “transparente”, sin ambigüedades, sin esa confusión que a veces rodea un texto y que nos hace difícil su comprensión.
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Aunque para leer un texto no hay por qué entenderlo todo, cada una de sus palabras, para traducirlo sí. Afortunadamente, en ese sentido yo entendía, salvo excepciones rarísimas, todo lo que Ernaux decía con cada una de sus palabras. De vez en cuando algún término normando me descolocaba, pero afortunadamente existen diccionarios de normando-francés que solucionaban el problema puntual.
Sin embargo, fui dándome cuenta, a medida que me adentraba más en los textos, de la dificultad de la escritura de Ernaux. Me percaté al releerme y ver que el español que estaba utilizando no se parecía en nada al que había usado hasta entonces, ni como escritora ni como traductora. Estaba inventando un español nuevo para un francés distinto. Encontraba a cada paso palabras conocidas que, puestas ahí, parecían no estar en su sitio.
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Iba entonces a verificar al diccionario francés, y me daba cuenta de que esa palabra que creía conocer tenía otra acepción, en general más importante que la vulgarmente conocida, que era la que utilizaba la escritora. Así, poco a poco, fui enriqueciendo mi diccionario francés personal, no tanto con palabras nuevas o raras como con significados que daban a las palabras un espesor o una densidad desconocidos hasta entonces.
Por ejemplo, en Los armarios vacíos, Ernaux menciona “le quat’sous”. Quat’sous o quatre sous, literalmente “cuatro céntimos”, en francés se utiliza para definir algo sin valor. Pero ella utiliza esa expresión para nombrar al sexo femenino (según el léxico infantil de su Normandía natal en su época). Yo conocía el primer significado pero no el segundo. Descubrirlo me sirvió para entender la polisemia de quat’sous y poder traducirlo en español como hucha.
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No solo se traducen palabras, sino experiencias
También fueron apareciendo las dificultades de la traducción de la escritura autobiográfica, o socio-autobiográfica, como ella la denomina. Lejos de ser una escritura ombliguista, su preocupación reside, al contrario, en contar lo que tienen en común los dramas y aventuras de su vida con los nuestros.
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Así pues, Annie Ernaux citaba constantemente, como parte del tejido autobiográfico, canciones, libros, películas, programas de radio, de televisión que, o yo desconocía, o si conocía, tenía que rememorar para poder incorporarlos como vivencias para poder traducir bien. Ni qué decir tiene que la traducción se hizo más lenta, pues prácticamente en cada frase había una, dos o más puertas que tenía que abrir para ver lo que había dentro, antes de proseguir.
Además, está el problema de la adaptación. En muchos casos basta con añadir el intérprete o el autor, pero en otros casos hay que buscar el equivalente en España, y eso no siempre es fácil. Hasta puede convertirse en un juego, como cuando hay que encontrar un anuncio que tenga la misma sonoridad, el mismo ritmo o una rima similar. Tengo que reconocer que, aunque no siempre es fácil, suelo divertirme mucho buscando.
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Por ejemplo, en la versión original de Los años, Ernaux escribe: “Le comble de la religieuse est de vivre en vierge et mourir en sainte”. El juego de palabras nace del hecho de que en sainte (en santa) suena en francés igual que enceinte (encinta). La traducción al español se modificó a “El colmo de una monja es ponerse enferma y no tener cura”.
En otro momento sucede el siguiente diálogo:
—Qu’est-ce que les fiançailles? (¿Qué es el noviazgo?).
—Un con promis (compromis es “compromiso” pero con promis es un “coño prometido”).
En español se cambió a “Cariño, ¿tú y yo qué somos? / Dos pronombres”.
O el momento en el que se menciona una canción infantil, “On jouait au mouchoir, à la bague d’or, à la ronde en chantant Bonjour Guillaume as-tu bien déjeuné”, que acabó siendo “Jugábamos al pañuelo, al anillo, al corro de la patata cantando comeremos ensalada como comen los señores, naranjitas y limones”.

En esa novela, los jóvenes también hablan al revés, en verlan, es decir al verrés (revés), para no ser entendidos por los adultos. Aunque no es una práctica tan extendida en España como en Francia, el fenómeno sí existió, al menos en mi niñez, y nos gustaba hablar al verrés, y nos contábamos el cuento de la Tacirupeca jarro (Caperucita Roja) y nos reíamos de nuestra amiga que se llamaba Sarro (Rosa).
Así que decidí adoptar el verrés, aunque el lector pueda verse un poco sorprendido al principio, porque estoy segura de que va a entender el mecanismo, lo que le permitirá comprender mejor el fenómeno en Francia. Así, “fiesta” se convierte en tafies o árabes (traducido de beurs, que es “árabe” en verlan) se convierte en besraas.
Cada vez me cuesta más traducir a Annie Ernaux. Porque he comprendido la gran dificultad de su escritura, una escritura donde cada palabra pesa un kilo, por lo menos, y está escogida a conciencia.
Pero cada vez me gusta más.
* Es catedrática de Filología Francesa y traductora, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea.
Una versión de este artículo se publicó en Campusa, la página web de noticias de UPV/EHU.
Publicado originalmente en The Conversation.
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