
María Kodama, la mujer con quien Jorge Luis Borges compartió sus días hasta el momento de su muerte, se convirtió luego de la partida final del gran escritor argentino no sólo en su heredera universal sino en algo más que la albacea de su obra: con celo inusitado fue la escudera de cada texto que se publicara sobre el escritor, una guardiana de su figura y en la revisora de cada biografía del argentino, además de la impulsora o censora (según correspondiera) de los homenajes planificados al autor de El Aleph.
Varios miembros del campo cultural expresaron que el celo con el que Kodama resguardaba esa obra era excesivo; otros le reprochaban la frecuencia inusitada con que recurría a la justicia para dirimir cuestiones literarias o, incluso, por afirmaciones realizadas en biografías que se publicaban sobre el escritor.
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Uno de los casos más resonantes y que atravesó toda la última década, fue protagonizado por el escritor Pablo Katchadjian, quien en 2009 publicó en la Imprenta Argentina de Poesía su libro El Aleph engordado. La tirada fue de ciento cincuenta ejemplares, la mayoría regalados a sus amigos por Katchadjian. De algún modo, uno de esos ejemplares llegó a manos de Kodama. Y no le gustó.
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Katchadjian había realizado una obra que establecía una relación intertextual con el célebre cuento de Borges, que consta de 4000 palabras, mientras que el del autor del “engordado” sobrepasaba las 9600. La crítica había celebrado el experimento literario y así lo hizo saber en varias reseñas en secciones de Cultura y revistas especializadas. Pero Kodama y su abogado Fernando Soto consideraron que era muestra del delito de defraudación intelectual y a Katchadjian le llegó la correspondiente carta documento.
En resumen: entre la primera demanda y posteriores sobreseimientos y condenas y la absolución final de Katchadjian en 2021 (la justicia determinó que Kodama debería pagarle 880.000 pesos al escritor) diez años habían pasado. Pero no había sido el único juicio.
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En 2010 la justicia francesa le dio la razón al ganar la querella iniciada al crítico literario Pierre Assoulin por difamación, a causa de una nota publicada en Le Nouvel Observateur donde atacaba sus decisiones editoriales. Al tiempo Kodama le ganó una demanda a la editorial Alfaguara, que debió sacar de las librerías todos los ejemplares de El Hacedor (de Borges). Remake, del escritor español Agustín Fernández Mallo.
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Antes, en 2004, el periodista Juan Gasparini fue sobreseído ante la demanda de Kodama por su libro La posesión póstuma, que se centra en los últimos años de Borges y plantea que el testamento final del escritor argentino había sido modificado poco antes de su muerte y contra su voluntad.

La ensayista y critica literaria Beatriz Sarlo fue demandada por Kodama por realizar declaraciones a un diario chileno en las que señalaba los obstáculos que implicaba la política editorial de la viuda para un estudio completo de las obras de Borges. Fue absuelta.
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La propia Fanny Uveda, empleada doméstica de Borges de toda la vida, recorrió los tribunales, primero, por reclamar parte de la herencia del escritor, de acuerdo al testamento de 1979, que consideraba modificado maliciosamente en 1985. Kodama ganó el juicio. Luego le inició a Fanny una demanda por haber realizado declaraciones injuriosas contra ella misma.
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En los últimos años Kodama se enfrentó Alberto Fernández cuando el presidente anunció la creación de un “Museo Borges”. Kodama se opuso a la iniciativa y denunció que los manuscritos y otros objetos que Fernández declaró formarían parte del museo (que iban a ser donados por el empresario Alejandro Roemmers) habían sido robados por Fanny Uveda, quien murió en 2006.
Con esta serie de ejemplos, que no contemplan la totalidad de las querellas de la fallecida albacea de la obra de Borges, se puede señalar una de las maneras con que María Kodama concibió la protección de los textos del gran escritor nacional.
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También se puede señalar que, aunque con polémica, la publicación que permitió María Kodama de El tamaño de mi esperanza, obra de la que Jorge Luis Borges había abjurado y negado su reedición, sacó al texto de las bibliotecas para especialistas y acercó ese libro al público de Borges en general que quisiera ampliar el conocimiento de la obra del escritor. Es una manera positiva de valorar uno de los roles que Kodama cumplió hasta su muerte.
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