
En gran parte, Borges, tal como ha llegado a nuestros días, es producto de María Kodama. A ella y solo a ella se le debe que la obra se haya publicado sin alteraciones ni que haya aparecido una profusión de obra póstuma como ha sucedido con otros —con Roberto Bolaño, por ejemplo— o se hayan creado antologías-Frankenstein adocenadas con compendios de frases de amor, amistad, etc.
Kodama defendió la obra de Borges de la manera en que ella creía que había hacerlo y eso la convirtió en una persona non grata. Lo hizo con una tenacidad sin matices. Y, aunque muchas veces estuviera equivocada —como en el escandaloso juicio que le hizo a Pablo Katchadjian—, yo creo que lo hizo con honestidad. “María es mi samurái”, dicen que decía Borges. En los últimos cuarenta años, Kodama debe haber sentido que cargaba con el peso atroz de la historia: ser la viuda del escritor más grande de la Argentina.
Si la vida de Borges no se puede interpretar por fuera de la literatura, Kodama inevitablemente se ha convertido en un personaje más de esta trama. Le quedará a la historia decidir si fue ángel o demonio. En un argumento borgeano, podría jugar los dos roles a la vez.

Dicen —ella decía— que en la intimidad se llamaban Ulrica y Javier Otálora, como los protagonistas del cuento “Ulrica”, incluido en El libro de arena. Ella también decía que lo había leído por primera vez a los ocho años. Como si su pareja hubiera tenido una predestinación libresca, decía que había encontrado en la casa de la abuela un ejemplar de Ficciones y se había impactado con la primera línea de “Las ruinas circulares”: Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche. “Si saliera una ley diciendo que hay que quemar toda la obra de los escritores salvando una sola pieza”, me dijo una vez, “de toda la obra de Borges es la única que salvo”.
Borges es una gran usina de mitos y yo tengo la intuición incomprobable de que este es un mito más, uno que tal vez ella necesitó crear para dar una validación a su pareja. La primera edición de Ficciones es del 45 y ese año Kodama efectivamente tenía ocho años, pero los libros de Borges no se vendían. Habían hecho una tirada de 500 ejemplares y José Clemente decía que, varios años después, casi la totalidad todavía estaba en el depósito de la editorial Sur.

La vi por última vez hace dos meses en el lobby de un hotel de Recoleta. Habíamos acordado una entrevista de media hora, que al final duró menos de veinte minutos. Ella estaba muy cansada y hablaba tan bajo que tuve que ponerme al lado para poder escucharla. Recuerdo que, cuando salí del hotel, llamé a unos amigos para contarle lo avejentada que la había visto. No respondió casi ninguna de las preguntas que le hice; en todo caso, empezaba a responderlas y muy prontamente ponía el piloto automático y acomodaba el discurso para caer los lugares comunes que visitaba desde hacía tiempo. Todavía hablaba con rencor de Adolfo Bioy Casares, Alejandro Vaccaro, María Esther Vázquez, Alberto Manguel y varios más. Batallas de muchos años que nunca terminó de resolver. Algunos amigos le habían dicho que leyera el diario de Bioy, pero ella sentía un rechazo tal que no lo podía hacer. Sí, en cambio, había leído Borges a contraluz, de Estela Canto, y había cambiado de opinión.
Esa vez le pregunté por qué nunca se volvió a casar. Borges murió el 14 de junio de 1986: ella tenía menos de 50 años. “Porque estoy enamorada de él”, me dijo. “Es el amor de mi vida, es imposible encontrar a alguien como Borges”.
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