
El director español Carlos Saura, que falleció ayer, había estrenado un documental el 3 de febrero, tenía un proyecto en marcha y este sábado recibe postmortem un Goya honorífico a su carrera. Tenía 91 años, algunos problemas de salud, pero no había perdido del todo su entusiasmo y su pasión por el cine, el que lo llevó a convertirse en el cineasta más representativo de España durante varias décadas.
A lo largo de más de seis décadas como director, Saura fue atravesando etapas distintas, transformando su cine en el camino. Fue autor de dramas sociales, supo hurgar en los secretos de la España profunda, dirigió musicales de exquisito cuidado estético y documentales de variadas temáticas, pero la historia lo recordará como el gran cineasta español de la última etapa del franquismo que daría paso a la transición democrática. Películas como La caza, Peppermint Frappé, Ana y los lobos, Cría cuervos y Bodas de sangre, por citar apenas algunas, no solo lo convirtieron en uno de los grandes referentes del cine europeo de su época –participó ocho veces en el Festival de Cannes, ganó el Oso de Oro en Berlín, entre decenas de premios– sino que lo transformaron en una celebridad, de esas que exceden el marco de su trabajo específico.
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Su primer largo de ficción, Los golfos (1960), coescrito con Mario Camus, lo llevó a la competencia de Cannes y lo hizo víctima de la censura franquista que exigió cortes y demoró su estreno, algo que se volvería algo habitual en esa etapa de su carrera. Allí empiezan a aparecer algunas claves de su obra de entonces: un acercamiento realista a los conflictos sociales de la época reflejados en las acciones de sus protagonistas siempre al borde de la violencia, algo que iba a ser central en La caza (1966), una de sus mejores películas: la historia de un grupo de amigos de pasado franquista que salen a cazar en un terreno que había sido escenario de un campo de batalla durante la Guerra Civil, con consecuencias trágicas.
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Allí comenzó su larga colaboración con el productor Elías Querejeta. Fue la mejor etapa de su carrera, adentrándose cada vez más en las consecuencias psicológicas y personales de la vida durante el franquismo. Peppermint Frappé (1967), su primera colaboración con Geraldine Chaplin, lleva esa violencia a un terreno más íntimo y sexual. En 1972 llegaría otro de sus títulos clásicos, Ana y los lobos, que pone el acento en las represiones sexuales en el seno de una familia conservadora al contar las tensiones que despierta la llegada de una institutriz inglesa (Chaplin). La película tendría una exitosa continuación en tono de comedia, en 1979 con Mamá cumple cien años, centrada en la matriarca de dicha casona.

Ya entrando del todo en un terreno de perturbaciones psicológicas de características más modernistas –y de clara influencias buñuelianas–, en 1973 estrenó La prima Angélica, ganadora del Premio del Jurado en Cannes. Allí el pasado y el presente se mezclan mientras un hombre rememora las experiencias de un romance infantil en la época previa a la Guerra Civil. La película, fuertemente criticada por los sectores de la ultraderecha española, tuvo un polémico paso por los cines del país. La célebre Cría cuervos (1976) continuaría esta exploración psicológica al contar los angustiantes recuerdos de infancia de su protagonistas. Con un agregado: las exploraciones sobre las consecuencias del franquismo conviven con un aparente costado fantástico. Su mejor etapa concluye, en 1977, con Elisa, vida mía, otra exploración de traumáticos recuerdos centrada en una relación entre padre e hija y de corte cada vez más exploratorio en lo audiovisual.
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Tras algunas películas un poco más directas y actuales entre las que se cuentan Deprisa, deprisa (1981), Saura giraría hacia los formatos musicales que ocuparían gran parte de su carrera de allí en adelante. Comenzando con la famosa Bodas de sangre (1981), adaptación de un ballet de Antonio Gades, el realizador exploró varias veces el mundo del flamenco, completando esa trilogía con Carmen (1983) y El amor brujo (1986).
Son las más destacadas de una lista que incluyó, entre otras, a Sevillanas, Flamenco, Fados y Tango, esta última filmada en la Argentina y nominada al Oscar en la categoría de mejor film extranjero. En estos títulos, muchos de ellos fueron filmados en colaboración con el director de fotografía italiano Vittorio Storaro, con quien Saura fue perfeccionando un estilo casi pictórico a la hora de retratar los números de danza. De esa etapa, un tanto más inconsistente por fuera de los musicales, se destacó especialmente la premiada y muy popular Ay, Carmela! (1990), en la que regresó sobre el tema del franquismo a través del guión de Rafael Azcona.
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Los cambios artísticos y estéticos del cine de Saura fueron reflejo de las épocas y las tendencias cinematográficas de cada momento, pasando de la inspiración neorrealista de los años ‘60 hacia un cine más poético, con películas en las que la exploración de la memoria tomaba características más metafóricas (modelo impulsado también por la necesidad de esquivar la censura franquista).
A la par de su consagración internacional, Saura fue históricamente discutido por la crítica de su país. Y más allá de que sus películas posteriores a la transición democrática no hayan estado a la altura de sus clásicos, su obra lo coloca en lo que algunos consideran el panteón de los grandes realizadores españoles junto a Luis Buñuel, Luis García Berlanga y Pedro Almodóvar. Reivindicado y valorado por una nueva generación de cineastas entre las que se cuentan Carla Simón y Pilar Palomero, Carlos Saura permanecerá en la historia como uno de los pilares fundamentales de la historia del cine español. Es el hombre que retrató las zonas más oscuras y perturbadoras de las décadas del franquismo y las transformó en películas inolvidables.
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Su relación con la Argentina
Su conexión con Argentina no solo estuvo ligada a Tango –y a su entonces controvertida nominación al Oscar– sino que también filmó aquí un film para la TV española basado en el cuento “El sur”, de Jorge Luis Borges, con Oscar Martínez como protagonista. Además contó en sus elencos con actores argentinos exiliados en España, como Héctor Alterio y Norman Briski. En 2015 dirigió Zonda, folclore argentino, que no tuvo la repercusión de su película sobre el tango.
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