
“Un escritor debe escribir, mayormente, sobre lo que conoce”, reza una máxima de esas que nunca dejan de decirse en cualquier taller de literatura que se precie. Me animé a escribir sobre el Festival Nacional del Malambo para salir un poco del analista que ve fenómenos ajenos y los analiza sin mayor apego que él de una simpatía mayor o menor por un país o una figura política en particular. Escribir sobre “el Malambo”, como lo conocemos todos los nacidos en Laborde, es escribir un poco de mi historia familiar, aunque no ahondaré demasiado allí para no aburrir al lector. Ya desde el vamos, Laborde, un pueblo del sudeste cordobés, no muy diferente a los cientos de pueblos llanos que hay en la Argentina, especialmente, en la subregión de la pampa húmeda, se identifica como “Capital Nacional del Malambo”. Eso ya le otorga una peculiaridad que el resto de las localidades argentinas rodeadas de kilómetros y kilómetros de campos sembrados por soja o trigo, dependiendo de la temporada, no tienen.
Que yo sepa, existen dos libros sobre el Malambo. Uno, de historia, escrito por la hija del fundador, María Elena Viani, quien, a su vez, es mi madre. Otro, una crónica sobre un bailarín escrita por Leila Guerriero. Allí, Leila describe al pueblo y sus alrededores de manera magistral como solo puede hacerlo alguien con su pluma, pero también, con una mirada de ajenidad respecto de lo que se escribe:
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“La ruta provincial número 11 es una cinta de asfalto angosta, con unos cuantos puentes oxidados por los que pasa una vía por la que ya no pasa el tren. Si se la recorre en el verano austral –enero, febrero-, se verá, a un lado y otro, la postal perfecta de la pampa húmeda: campos reventando de un verde como trigo verde, verde brillante, verde maíz. Es el jueves 13 de enero de 2011 y la entrada a Laborde no podría ser más obvia: hay una bandera argentina pintada –celeste, blanco- y la leyenda que dice: Laborde Capital Nacional del Malambo. El pueblo es uno de esos lugares con límites claros: siete cuadras de largo y catorce de ancho”.

Un pueblo es esa pequeña Patria de la que uno permanentemente quiere escapar pero siempre termina volviendo, aunque sea por momentos, y mentalmente, aunque estés en el lado opuesto del planeta. Ese escape es imprescindible para el crecimiento, pero, cayendo en un lugar muy común, sin cimientos es difícil que lo construido se sostenga en el tiempo. En mi caso, como en el de muchos labordenses desperdigados alrededor del país y del mundo, una de las únicas cosas que me mantienen unido al terruño es el Malambo, el más argentino de todos los festivales. No es un slogan, las 23 provincias más la Ciudad Autónoma de Buenos Aires están representadas, y de cualquiera de ellas puede salir el campeón, pero ya volveremos sobre eso.
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El festival se realiza desde 1966, cuando José Pepe Viani juntó a un grupo de hombres de campo, bohemios, actores, bailarines, poetas y músicos de profundas convicciones nacionales con el objetivo de crear algo que no había en Córdoba ni en el país hasta aquel momento. Un festival donde la más argentina de las danzas fuera la única estrella, y no tanto los artistas. Sin embargo, durante aquellos años hasta la actualidad pasaron prácticamente todos los grandes nombres del folclore y la música de raíces argentina, entre ellos: Jorge Cafrune, Mercedes Sosa, Los Fronterizos, Los Chalchaleros, Los Tucu-Tucu, los Carabajal, Horacio Guarany, y mucho más acá en el tiempo, Raly Barrionuevo, Peteco Carabajal, Chango Spasiuk, entre otras decenas de músicos de todo el país que buscan hacerse un nombre en el festival.
Para ser el mejor, es necesario dominar los dos estilos de Malambo: el sureño y el norteño. El primero tiene una música lenta, casi ambiental, que evoca los páramos de la Patagonia, mientras que el bailarín, casi descalzo, despliega toda una serie de sutilezas donde se puede escuchar el golpeteo de sus dedos sobre las tablas. El norteño, en cambio, tiene una fuerza vertiginosa, hasta violenta, donde la destreza física y de movimientos es brutal. En el Facundo, Sarmiento hablaba de que en el carácter argentino existe una “cierta resignación estoica para la muerte violenta, que hace de ella uno de los percances inseparables de la vida”. Cada vez que un bailarín pisa las tablas del ya mítico escenario José Pepe Viani, ese estoicismo se ve patente en el baile del Malambo.
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Son cinco minutos de movimientos imposibles desplegados con la intensidad de una carrera de cien metros. Hay una bravura intrínseca en el baile que hace que el malambista, desde lo escénico, tenga más que ver con el “gaucho malo” sarmientino que con el domesticado y manso de la vuelta del Martín Fierro. Quien se consagra campeón verá coronada toda una vida de esfuerzo, dedicación y sacrificio bastante similar a la de un atleta y un monje ascético. Ser campeón nacional del Malambo es lo más cercano que existe a la Copa del Mundo o a una medalla de oro olímpica en el mundo del baile folclórico argentino. Los ex campeones son reverenciados como leyendas, y muchas veces, son quienes preparan a sus sucesores. Porque la competencia tiene una particularidad: una vez triunfante, ya no se puede defender el título.
Cualquiera que asista regularmente o, al menos, haya tenido la oportunidad de presenciar otros festivales de folclore sabe que lo que sucede en el predio, en este caso, donde entran más de 3000 personas, es apenas una porción ínfima de la acción. Las peñas, los clubes del pueblo, incluso las casas de familia, adquieren una dimensión donde el espacio tiempo deja de importar demasiado. Las guitarreadas improvisadas en cualquier lugar del pueblo suelen extenderse hasta bien pasada la madrugada, hasta que los primeros rayos de sol empiezan a posarse sobre los pañuelos de las bailarinas agitados al cielo.
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Suenan bombos y guitarras, repiquetea la esperanza, Laborde está llamando a fiesta. Así reza el himno que abre todas las jornadas y que vuelve a sonar, en medio de gritos y emociones propias de una final del Mundo, antes de la consagración cúlmine. Durante toda la semana, e incluso, en los días previos, el sonido del repiqueteo de las botas sobre las tablas y el bombo se hace omnipresente. Se vuelve un latido y se escucha en todos los rincones. Es un latido que une a un pueblo con un país entero, donde la única bandera que realmente importa es la argentina, más allá de la competencia y los sueños de ganar y quedar inmortalizado en la sala de los campeones.
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