
“La Capataza”: así le decía Atahualpa Yupanqui a la luna. Es una presencia tan fuerte en su obra, que no solo la menciona en zambas y vidalas —la más conocida, por supuesto, es “Luna tucumana”—, sino que es también objeto de uno de sus últimos poemas: “De pie en la noche, como un árbol solo / esperándote estoy, luna del cielo, / porque quiero nombrarte capataza / de todo lo que amo y lo que dejo”.
En la obra de Atahualpa, el paisaje funciona en tanto reflejo de la identidad de los hombres. A contrapelo del estilo campero que celebraba el color local, Don Ata hablaba de cerros, de valles y campos, de ríos, de minas. Eran el marco en donde gauchos, indios y changos devenían en figuras arquetípicas. Se ha dicho, y con razón, que Borges fue Homero. No sería menos cierto si se lo dijera de Atahualpa.
En la biografía de Atahualpa cambiaba el paisaje y, sin embargo, un elemento se mantenía constante. La luna era la misma en Pergamino, en Tucumán, en París, y el hombre con los pies en la tierra se apoyaba en ella con un diálogo permanente. Casi podría decirse que se sentía cobijado, protegido. ¿Habrá sido esa la razón por la que su biblioteca personal está en una casita de Cerro Colorado que se llama “La Capataza”?

La voz de la tierra
A 30 años de la muerte de Atahualpa Yupanqui, un convenio de cooperación entre la Fundación Atahualpa Yupanqui y la Universidad Del Salvador puso en marcha un proyecto coordinado por Liliana Rega con el objeto de preservar, digitalizar, clasificar y catalogar los libros y materiales —cartas, textos, originales, programas de sus conciertos— de “La Capataza”.
Es un plan ambicioso que intenta poner en valor el acervo yupanquiano y, a la vez, va a permitir que investigadores y especialistas aborden otros perfiles menos conocidos de esta figura de la cultura nacional.

El desarrollo del “Fondo Atahualpa Yupanqui – Memorias en papel” tomará dos años, como mínimo. En la primera etapa se ha comenzado a trabajar en la catalogación, y el objetivo es tener antes de diciembre la mayor parte de ese catálogo, con acceso libre y en línea. Hasta ahora se ha inventariado un cuarto del total: llevan 928 libros.
Es un trabajo que requiere de paciencia y entrega. Los libros son tratados con cuidados especiales para su preservación, se los revisa, se los escanea, aquellos que lo requieren son almacenados en cajas especiales libres de componentes ácidos. Los bibliotecólogos tienen una vocación casi de artesanos.

Algunas curiosidades encontradas:
- 109 ejemplares dedicados. Casi todos a Atahualpa —algunos también al hijo—, la mayoría firmados por el propio autor del volumen.
- Tres libros dedicados por Isabel Aretz, la gran estudiosa del folklore de América latina, que da cuenta de la importancia que Atahualpa tenía ya por ese entonces para los académicos.
- Muchísimas Biblias de todas las confesiones cristianas. En la contratapa de la católica, una frase de Atahualpa: “Voy por el mundo buscando el eco de esa sombra que alcanzar no puedo”.
- Un ejemplar del primer diccionario en quechua editado por la Universidad Nacional de Tucumán
- 14 cartas a Nennete inéditas
- Textos literarios también inéditos
- Un libro único, que es del artista de Jiro Hamada, traductor de Yupanqui al japonés. El libro se llama Cantares populares de pueblo japonés y es una pequeña antología seleccionada y traducida por Jiro.

“Me deslumbró totalmente cómo ese camino de él volvía a hacer eco en nosotros”, dice Liliana Rega en diálogo con Infobae Cultura. “Es un hallazgo el nombre de la biblioteca. Está en el medio del cerro. No hay nada: si vas al Cerro Colorado, ves el pueblito y el museo, pero la biblioteca está metidita en el medio de la piedra. De la piedra sale otra luna, en papel. Y esa luna en papel, que Atahualpa nombró Capataza, es una guía para todos los que nos interesa conocerlo a él, y a través de él, a nuestra tierra y nuestro paisaje”.
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