
Más de la mitad de los humanos habitamos un mundo globalizado, urbano y digital. Las ciudades y sus ciudadanos se encuentran en esa paradójica situación: entre la inmaterialidad de lo digital y su reverso físico y analógico.
La preponderancia de la virtualidad lleva a la ciudad a habitarse desde la soledad y la distancia de “habitaciones conectadas”, convertida en una telépolis. ¿Cómo participar en su mejora y planificación? ¿Qué papel puede jugar el ciudadano?
‘Postfordismo’ y ciudad creativa
El poder ya no se mide por la acumulación y distribución física de objetos. Superado el tradicional capitalismo fordista, el valor reside en la capacidad de transmitir mensajes y analizar una ingente cantidad de datos. En el mercado global, la fuerza de la imagen ha hecho decisivos a los “creativos”, entendidos por algunos como nueva (y atractiva) clase social.
En la era del capitalismo posindustrial y digital, la generación y transmisión de información vía internet será el primer y más fuerte mecanismo de producción de riqueza también para una ciudad. Un elemento que trastoca por completo los métodos de comunicación de la misma, redirigiéndolos a un objetivo prioritariamente económico desde la óptica del marketing o el branding.
Arte y el patrimonio han adquirido así una creciente importancia, pues añaden valor simbólico y grandes plusvalías a la ecuación. Las prácticas artísticas se han adaptado a las nuevas reglas económicas de la cultura.

Regeneración estética
La regeneración urbana ha pasado así en gran parte a un ámbito no solo político o urbanístico, sino estético. Los proyectos abordados en los últimos años han priorizado la representación sobre aspectos físicos y tangibles. Es la imagen lo que se proyecta.
El “efecto Guggenheim” marcó esa pauta desde el éxito puntual del proceso en el caso concreto y específico de Bilbao, País Vasco. Desde entonces la fórmula ha sido copiada hasta la extenuación en todo tipo de ciudades de todas las latitudes, no generando siempre el impacto deseado.
Proyectos faraónicos (y fallidos) como la Ciudad de la Cultura de Galicia, en Santiago de Compostela, sirven de ejemplo del afán megalomaníaco de ciertos sectores políticos. Este tipo de monumentos ejemplifica una errónea idea del arte y la cultura como herramientas ajenas a las verdaderas necesidades del ciudadano.
El objetivo era atraer turistas, “talento” e inversores gracias al cambio en la imagen de la ciudad. Sin embargo, esta ecuación nunca fue tan fácil de alcanzar como se pretendía. En muy pocos casos tuvo repercusión en la estructura económica y a largo plazo. Fallaba la estructura, el guion, el relato. Y lo que es aún más importante, fallaba su adecuación al carácter y el consenso con el elemento más decisivo en la composición de una ciudad: sus habitantes.

Tras las campañas de rehabilitación de barrios o construcción de nuevos museos y centros culturales se ha ocultado así el reverso físico del día a día en la ciudad, plagado de conflictos y problemas por resolver. La imagen proyectada hacia el exterior no siempre ha sido coherente con la realidad.
Relato urbano y participación ciudadana
Si la ciudad requiere de historias que la alimenten y proyecten al futuro, sin duda estos relatos van a ser necesariamente digitales. Las ventajas son evidentes: son un método de comunicación abierto, democrático e inclusivo, barato y accesible.
El relato urbano debe reivindicarse como herramienta patrimonial. Activa la memoria y los espacios de la ciudad y permite, al mismo tiempo, compartir las visiones de los ciudadanos sobre el futuro.
La apertura de la narrativa es clave para alcanzar una ciudad justa, resiliente y sostenible, objetivos marcados desde las instituciones internacionales como la ONU dentro de su nueva agenda urbana.
El ciudadano como generador del relato
Las instituciones culturales comienzan a tener en cuenta este nuevo contexto del ciudadano ya no como receptor pasivo de mensajes, sino como usuario activo y productor de los mismos.

Desde grandes proyectos como Europeana hasta algunos comarcales, o pequeños museos de barrio, la nueva tendencia es recoger y dar cabida a objetos, experiencias, relatos y recuerdos personales o colectivos como patrimonio en sí mismo. Incluso la imagen corporativa de la ciudad puede ser abierta, creativa y participativa, como demuestran los casos de Cuore di Napoli en Nápoles o É Bologna… en Bolonia.
El patrimonio cultural se convierte en el nexo entre pasado y futuro, entre realidad física e inmaterialidad, entre los grandes relatos y la conexión emocional y la intrahistoria ciudadana.
Existe una indudable conexión sentimental con los espacios de la ciudad, más aún con aquellos marcados por su relación con hitos históricos. El patrimonio reactiva la memoria y refuerza vínculos comunitarios y de cohesión social.
Cómo reconstruir ese pasado, cómo hacerlo útil para el presente y futuro de la ciudad es siempre un reto. Una ciudad es un espacio vivo, donde se producen constantes movimientos de personas y productos. El patrimonio debe adaptarse a esos cambios si quiere formar parte de la vida urbana y no ser simplemente un paréntesis de visita arqueológica, una momificación de un resto pasado.
Los barrios históricos deben volver a ser centros neurálgicos económicos y sociales de la ciudad: ejemplos vivos de resiliencia, dan carácter a la ciudad y son habitables a partir de cortos desplazamientos peatonales.
En lugar de abandonarlos a los efectos de la imagen icónica y pintoresca, es posible utilizarlos como antídoto y no propulsores de los efectos de la turistificación y la gentrificación.
Ciudad compartida: cohesión social
La narrativa urbana actúa así como elemento de cohesión social. Empodera y da voz a todos los grupos sociales que conforman la ciudad, incluidos aquellos histórica y tradicionalmente silenciados y obviados. Esto ayuda a entender los espacios y hechos históricos desde una óptica más empática, más cercana a las vivencias del ciudadano común.
La cultura y el patrimonio actúan como los principales motores de esa inclusión de los relatos. Son los espacios públicos, comunes, en forma de bibliotecas, museos, plazas, parques o mercados los que deben aparecer como plataformas de participación abiertas.
El relato compartido no disipa las discrepancias o problemas sociales que forman parte de la ciudad. Los incluye. Y conlleva una reapropiación de lo heredado del pasado y una proyección al futuro. El patrimonio, la cultura y el arte tienen mucho que aportar al respecto.
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