
El teléfono de Samanta Schweblin arde. Responde todos los mensajes, o es lo que intenta. Anoche, en el lujoso Cipriani Wall Street, en el bajo Manhattan, la escritora argentina se subió al estrado en medio de aplausos y gritos de celebración para recibir el National Book Award. Su libro Siete casas vacías ganó en la categoría “literatura traducida”. A su lado, Megan McDowell, la traductora del libro, la encargada de transportar esos cuentos, no sólo al idioma inglés, también a la familiaridad de esa lengua, sus costumbres, sus complicidades. Ambas recibieron una estatuilla de bronce: el premio es para las dos.
“Soy escritora de cuentos breves así que también voy a ser breve en lo que diga”, comenzó su discurso que, efectivamente, se extendió por poco más de un minuto. “Hay momentos donde las palabras pueden ser confusas o tramposas o incluso pueden lastimar. Tenemos que ser cuidadosos. Pero después alguien te llama y te dice que si esta noche tenés que vestirte elegante te asegures de estar bien abrigado, de estar contento, de disfrutarlo. Cuando las palabras hacen eso se transforman en algo distinto: un regalo, un privilegio. Yo estoy donde estoy y soy una persona privilegiada por toda la gente que me ha estado apoyando”, agregó. De eso se trata, de palabras. Algo similar dijo McDowell: “Los escritores son personas que luchan con las palabras; lo mismo que los traductores”.
Ahora, del otro lado del teléfono, aún en Nueva York, Schweblin le dice a Infobae Cultura: “Supongo que es especial sobre todo el hecho de que es un libro de cuentos, y también que es la segunda vez que este premio en particular, de literatura en traducción, lo gana un latinoamericano”. La categoría “literatura traducida” se abrió en 1967 —el premio general se inició en 1936— y el primero en ganarla fue Julio Cortázar con Rayuela. Continuó entregándose hasta el año 1983 y fue recién en 2018 que se reabrió. Desde entonces lo ganaron dos autoras japonesas, un húngaro y una francesa.

Ahora, con esta nueva entrega, la atención la tiene América Latina. No es casual: hace rato que los ojos del mundo están posados sobre esta región. En ese sentido, son dos puntos importantes los que subraya Schweblin: por un lado, para nada menor, la distinción a un libro de cuentos, en una época donde la novela goza de cierta hegemonía, es para observar con atención; y por otro, el origen. “En las últimas décadas, los National Book Awards han sido siempre premios para los norteamericanos, solo hace algunos años atrás se reabrió esta nueva categoría de literatura en traducción”, agrega.
Para muchos, estamos frente a una de las voces más importantes —sino la más— de la literatura latinoamericana contemporánea. Esa palabra, contemporánea, es clave porque lo que hace Schweblin en sus libros es explorar un tema, una problemática, una sensación de la actualidad hasta desintegrarla en sentidos. Tiene 44 años, nació en Buenos Aires y reside en Berlín desde 2012. Escribió dos novelas —Distancia de rescate y Kentukis— y tres libros de cuentos —El núcleo del disturbio, Pájaros en la boca y Siete casas vacías— y con esta sucinta pero no por eso leve obra ha logrado mucho.
En primer lugar, una gran cantidad de lectores en diferentes parte del mundo y la celebración eufórica de la crítica especializada. En segundo lugar, una repisa con varios galardones: obtuvo el primer premio del Fondo Nacional de las Artes y del Concurso Nacional Haroldo Conti, el Casa de las Américas, el Juan Rulfo, el de Narrativa Breve Ribera del Duero, el Tigre Juan, el Shirley Jackson, el Mandarache, el O. Henry y el José Donoso, entre otros. También fue finalista del prestigioso Booker Internacional. Hay algo de proyección: podríamos arriesgar que quizás esta sea la mitad de su carrera, que aún no haya escrito lo mejor.

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Históricamente este tipo de distinciones, ya sean nacionales o internacionales, las recibían autores varones. Hay un inabarcable debate respecto del género: la visibilidad de temas hasta hoy ignorados, el surgimiento de nuevas sensibilidades, pero también los usos que hace el mercado. Lo cierto es que en las vidrieras de las librerías y en las condecoraciones literarias los nombres en femenino arrasan. Algo se torció en el último tiempo. “Más que algo ‘se torció', yo diría que algo ‘se enderezó', y ya era hora”, corrige Scweblin. Ojalá pronto ver tantas mujeres como hombres en estos premios no nos parezca novedoso”, agrega.
“Al final lo importante son los libros, que lo escriba un hombre o una mujer debería ser tan anecdótico como la altura o la dieta de los autores. Lo pienso y hasta me da gracias. Pero por supuesto, también me hace feliz este nuevo lugar abierto a tantas nuevas maneras de ver y entender el mundo por fuera de lo exclusivamente masculino. Y lo celebro”, sostiene.

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A este Book Award se lo puede leer desde diferentes ángulos. Uno de ellos es el territorio: la centralidad y sus márgenes. Que exista la categoría “literatura traducida” habla de cómo el mercado editorial estadounidense necesita darle un lugar a la literatura periférica. En la “lista corta” estaba Noruega, Japón, Francia, Ecuadro y Argentina. La pregunta es: ¿qué tiene la literatura argentina que la diferencia de las demás? “Lo que tiene sobre todo, y tenemos que cuidar mucho, es que es un sanísimo abanico de voces, géneros y mundos. Esa pluralidad es lo más precioso que tenemos y hay que cuidarla”, responde.
Sobre el final de este breve intercambio vía WhatsApp, Samanta Schweblin se refiere a la literatura actual. Con una sonrisa que se adivina, pese a la mediación tecnológica, y una alegría que le dura desde la noche anterior, concluye: “Creo que atraviesa un buen momento, sí. No sé si se lee más, eso no sabría decirlo, pero sí me parece que estos últimos años hubo una revalorización de voces que antes no se escuchaban ni se leían, y también muchos géneros literarios que antes no se consideraban tan “serios” y ahora están ocupando un lugar más central. Otra vez la pluralidad, un divino baldazo de agua fresca”.
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