
Es casi la una de la mañana y el peso humano de unas treinta y cinco mil personas se apelotona delante del escenario, oculto tras una gran pantalla negra.
A nuestra izquierda, cuatro señoras que hace tiempo pasaron los cuarenta defienden su posición contra chicos de dieciocho años que intentan avanzar, cigarro y lata en mano, hasta los pies del artista. A la derecha, dos niñas minúsculas palmean bajo la mirada atenta de sus padres. Delante, un grupo de indies. Detrás, uno de raperos. Y al fondo, canis, chonis y aflamencadas. Un público heterogéneo que luego cantará a coro todas y cada una de las letras de C. Tangana.
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Va alzándose la pantalla, comienza a sonar la orquesta y aparecen los títulos de crédito: “Antón Álvarez como El Madrileño”.
De ídolo a anfitrión
Artista, personaje, obra… ídolo. Antón Álvarez, Pucho, El Madrileño… C. Tangana. En el panorama de la música urbana cada vez es más habitual la disolución entre realidad y ficción. Y si por algo es conocido Tangana es por haberse labrado un personaje a través de su imagen pública, rodeada de controversias, lujos y elitismos. Lo importante es la marca personal, la polémica, estar en primera plana. De su vida privada, lo poco que se filtra (sus estudios inacabados en Filosofía, su antigua relación con Rosalía) es fagocitado por la gran performance.
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Sin negar su pasado rapero como Crema (comienza los conciertos con “Still Rapping”, aunque es un tema relativamente reciente y no de aquellos tiempos), origen de las letras de autoensalzamiento y los beefs, Tangana sigue creciendo como obra-personaje. Con su última gira, se baja del pedestal para acercarse a la gente y organizar las mejores fiestas de todo el país. Estamos todas invitadas.
Una fiesta milimétricamente organizada
Sobre el escenario, mientras transcurre la acción, se emite la película grabada en directo del propio concierto. Previamente, Tangana ha escogido cada uno de los planos, los movimientos de la cámara, quién aparece encuadrado y con qué iluminación irá –tonos fríos cuando solo se lo ve a él, con el fondo oscuro, tonos cálidos cuando el resto de músicos lo acompañan–. Hay incluso algunas líneas de guion, a cargo del artista, y un actor (no cantante), que le da réplica como camarero. El concierto se estructura como una obra de teatro y se filma como un gran largometraje de Hollywood.
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Se juega siempre con la sensación de la transmisión en vivo, con la improvisación y la cercanía del artista, aunque el Madrileño sea un producto, una ficción. Por más que pregunte qué canción queremos a continuación, el concierto se ve enmarcado entre los cuatro límites de la proyección. Los guiños al público, la ruptura de la cuarta pared, tienen gracia precisamente porque es evidente que esa cuarta pared existe. Lo vemos cuando Tangana avanza hacia nosotras por la pasarela: no se mezcla, no se agacha, no toca las manos de sus adoradores. Lo rodean dos pantallas de vapor y luz.
Todo en el “Sin cantar ni afinar Tour” está milimétricamente medido. Nada queda al azar. Nada escapa a la autoficción de Pucho, que consigue dibujarse a sí mismo como el mejor anfitrión posible, un maestro de ceremonias desfasado, un Gran Gatsby cañí: el alma de la fiesta.
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Sobremesa de carajillo y pacharán
Tangana ha descubierto que los featuring (colaboraciones entre artistas), tan típicos de la música comercial contemporánea, pueden encauzarse a través de una de las tradiciones más castizas: la larguísima sobremesa española.
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Durante gran parte del concierto, la cámara enfoca a La Húngara, los hermanos Carmona, el Niño de Elche… grandes nombres del panorama flamenco. Cantan y tocan ante una mesa repleta de vinos, licores e instrumentos de música, disfrutando sonrientes del show. El ambiente trata de parecerse al de aquellos domingos en el jardín de un familiar, con la paella recién comida y la guitarra desenfundada. La nueva propuesta estética que supone el concepto El Madrileño toma los elementos nacionales y los eleva al mercado de la cultura internacional.

Pero que a nadie se le escape que esto no es una simple reunión de amigos. Tangana es el anfitrión, decíamos: quien organiza, monta y decide. Entre todos cantan varios temas ya tradicionales, “citas” que apelan a distintos públicos (desde la “Campanera” hasta “Corazón partío”, pasando por “Noches de bohemia”). El inteligente orden de los temas ayuda a alternar la faceta más reguetonera (él solo) con la más española (de sobremesa). La pirotecnia (porque también hay fuegos artificiales, a ritmo con la música) es puro espectáculo. Todo es artificio y, al mismo tiempo, una auténtica fiesta.
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Si, según señalábamos, Tangana consiguió mercantilizar su propia imagen de ídolo, ahora está haciendo lo mismo con la cultura española. Se ha vuelto campechano, con todas las connotaciones del término. Y, ojo, esto incluye su dosis de machismo. Sus letras son prueba de ello. El machirulismo es un disfraz castizo que Pucho se pone y se quita según le conviene, pero con el que no se lo puede confundir.
Suponemos que también una de las características de lo español es la autoparodia, el no tomarse demasiado en serio a uno mismo: el espacio ambiguo que hay entre algo de baja calidad y algo digno. Por eso nos gusta Tangana, pese a que sea un machofacho (dirían los personajes de Cristina Morales). Porque no acabamos de creérnoslo. Es un Torrente más y mejor, un macho ibérico que rehúye lo burdo y opera a través de la sugerencia.
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Menos cantar y afinar, todo
Sin duda, una de las cosas que más nos satisface del “Sin cantar ni afinar Tour” es la plenitud sensorial. El concierto de Tangana es esa Gesamtkunstwerk que Wagner quería para el arte del futuro: la “obra de arte total”. Poesía, música, danza, escultura (acting), pintura (diseño de escenario)… todo el mundo creando una película musical en vivo, con su fotografía y su montaje cinematográfico incluidos.
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El espectáculo es una propuesta estética que logra dar a cada persona que está en el público algo nuevo. Introduce géneros desconocidos, hace que el público tararee canciones de la época de sus padres o que han memorizado ya sus hijos y es, además, una maravillosa estrategia para salvar el problema de los conciertos sobredimensionados. Porque sin esa pantalla, sin ese montaje, quién, de entre los treinta y cinco mil espectadores, hubiese alcanzado a ver nada.
La realidad es que Tangana, sin todo ese aparataje, se queda en poco. Y él lo sabe. Y sus fans lo sabemos. No baila, por supuesto que no afina (el autotune es su herramienta habitual) y a veces ni siquiera canta (hay un momento memorable en el concierto en que pasan la canción “Llorando en la limo” en su versión de estudio y él se dedica a repetir algún estribillo suelto y a jalear al público). La genialidad aquí está en abrazar esas deficiencias. Utilizarlas, como quizá utiliza el machismo, para generar espectáculo. Y con ello (no pese a ello) montar el concierto-experiencia que todas pagamos por vivir.
*Laro del Río Castañeda es investigador predoctoral en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, Universidad de Oviedo. Claudia Sofía Benito Temprano es contratada predoctoral en el área de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, Universidad Autónoma de Madrid.
Publicado originalmente en The Conversation.
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