Daniel Hendler y el oficio de actuar, de la comedia negra a Jean-Paul Sartre

El intérprete uruguayo suma estrenos esta semana: “Pequeña flor” en cine, “Las manos sucias” en teatro. En ese punto, teoriza sobre su profesión y todo lo que implica: lo bueno, lo malo y el “acto de entrega” al espectador

Daniel Hendler la descose toda en Pequeña flor, la nueva película de Santiago Mitre que, con guion en colaboración del propio Mitre y Mariano Llinás, está basada en la novela de Iosi Havilio. Cuatro nombres: Hendler, Mitre, Llinás y Havilio que te ganan por knock out antes de empezar.

La película, ya en cartelera, toma con amor infiel la trama de la novela y crea así un universo nuevo. Hendler es José, un argentino que vive en Francia con su mujer y su hija recién nacida. Sin integrarse al país ni practicar el idioma, tiene una clara conciencia de estar fuera de lugar y sufre una depresión que le toma los días y las horas. Casi llegando al punto de no retorno y con el matrimonio que empieza a tambalear, decide ocuparse un poco del jardín. Va a ver al vecino para pedirle una pala: hablan un rato de banalidades, toman una copa de vino, escuchan un poco jazz y, acto seguido, José lo mata.

A partir de aquí, la historia podría convertirse un policial negro, pero toma visos fantásticos cuando, al día siguiente, aquel hombre revive. José, entonces, encuentra una rutina sanadora: cada jueves asesina al amigo y cada viernes el otro regresa a la vida. Qué pasa por la mente de un hombre que mata sin consecuencias, cómo perfecciona el asesinato como si fuera una de las bellas artes, y, sobre todo, cómo resuelve sus otros problemas.

A punto de un doble estreno (cine con Pequeña flor, teatro con Las manos sucias), Daniel Hendler habló con Infobae Cultura del desafío que supone interpretar, actuar, y lo que eso conlleva.

¿Cómo preparaste para las escenas tan violentas de la película? Pienso, no en las muertes del vecino, sino en la que el personaje va a ahorcar al psicólogo interpretado por Sergi López.

—La narración llega orgánicamente a esa violencia, que también está mezclada con un absurdo, con algo de comedia disparatada. Fue una escena que requirió un rato de preparación, de cámara, de una coreografía entre actores y actrices. Sergi es un actorazo y es muy fácil cuando te toca trabajar con un actor así. Porque es una escena de actuación; otros asesinatos son escenas más técnicas, con efectos especiales, pero esta era un ring de actuación. Sergi es un tipo fantástico. Fue divertido hacerlo con él.

En el rango de personajes que hacés, que va de la comedia al terror, ¿cómo hacés para no ser siempre Daniel Hendler? Me refiero a cómo hacer para que los espectadores no vean al actor adelante del personaje.

—Es una pregunta clave, que tiene que ver con la esencia de la actuación. No solamente por dónde nos colocamos con respecto al personaje, sino con respecto al proceso creativo. Todos nos vemos tentados de mostrar los hilos de las composiciones, pero hay que ocultar el trabajo y que los personajes estén vivos. Si en una película se ve una actuación muy lucida frente a las demás, ahí hay algo que está mal, algo que no está funcionando. En una metáfora futbolística, sería como si un jugador se preocupara más por sus regates y moñas que porque el equipo llegue a la meta contraria. Nosotros queremos ser admirados y reconocidos, y eso nos llevó a subirnos al escenario. Pero después tenemos que trabajar en contra de eso. Eso mismo que nos ayudó a ser actores pasa a ser un yunque, un obstáculo. Tenemos que entender que hay un acto de entrega hacia nuestros compañeros, hacia la película y, en última instancia, hacia el espectador, que es quien tiene que recibir esa especie de regalo que hacemos entre todos.

En el argumento de la película hay una pregunta sobre la rutina. Pero ¿cómo es tu relación con la rutina?

—Uno necesita un poco de rutina, ni que hablar cuando sos padre. Hay algo de eso que tiene que ver con la organización de cabeza. Es verdad que en nuestro trabajo todo el tiempo pasamos de grabaciones a ensayos y a no saber bien con qué seguimos. Mezclamos cosas. Y más allá de ese lío, las mismas grabaciones son imprevisibles: no sabemos dónde filmamos, cambian los horarios, un día te toca grabar y otro día no. Por eso, valoro mucho la rutina. Pero la valoro porque no la tengo. No sé qué me pasaría en el caso contrario.

¿Es difícil actuar en otro idioma?

—Sí, la verdad que sí. Primero, porque cada idioma tiene su propia forma de pensamiento, su propia idiosincrasia. Y luego, porque hablar limitadamente francés me dificultaba las zonas de improvisación. Para algunas escenas en las que podía improvisar tenía una batería de frases posibles más o menos aprendidas, pero no era el pensamiento que me funcionaba, sino que más bien operaba la lógica. Te limita para con tu compañero o compañera. Pero, por otro lado, es divertido, y conté con un par de profesores que me ayudaron. Después de la película, seguí estudiando para no olvidármelo.

El cine y el teatro son dos artes distintos, pero hay una cierta relación entre ellos. Esta película, con sus modificaciones, podría entrar en el teatro. ¿Cómo cambia la actuación en el cine y el teatro?

—Para el actor es muy claro lo que los distancia y tiene que ver con la proyección. En el teatro, el actor es el medio que proyecta; en el cine es la cámara o el director a través del montaje. En el teatro, nosotros tenemos que crear algo y proyectarlo; en el cine, tenemos que permitir que se nos robe eso vivo para que se proyecte. Es una diferencia que parece sutil, pero que es grande en cuanto a cómo transitar una escena. Sería ideal la inconsciencia sobre la cámara, pero también se genera otra dificultad por las coreografías que uno tiene que armar con la cámara, con los compañeros y la inocencia dura muy poco. Me parece que esta película tiene zonas tan íntimas que me cuesta pensarlas proyectadas por un actor. Es lindo el lugar que tiene la cámara. Pero sí, así como la novela tuvo su versión cinematográfica, la película podría tener su versión teatral.

En pocos días estrenás Las manos sucias en el teatro, un gran clásico de Sartre. ¿Cómo se lee esa obra hoy, sabiendo todo lo que pasó con el comunismo, con Sartre, con la caída del muro, con los cuarenta años de democracia en la Argentina?

—Es brutal lo que pasa con la obra porque tiene una vigencia que asusta. Hoy se habla de comunismo con mucha facilidad: como si cualquier cosa fuera comunista. La obra habla del partido proletario en los años 40 desde la mirada de un tipo que adhería a esas ideas, pero que también las quería discutir y eso le valió ciertas reprendas del Partido. Lo más interesante del debate político es salir de las emociones que nos obnubilan y discutir nuestras propias ideas. Para que no todo pase por los liderazgos y las idolatrías, sino por las acciones: Sartre plantea que el hombre se construye a sí mismo desde sus acciones. En ese sentido, es impresionante la vigencia que tiene con todo lo que pasó. Esos personajes vivían en el romanticismo de la utopía del hombre nuevo. Hoy un montón de discusiones están enterradas y aún así la obra discute qué es la política hoy. Un clásico es un clásico porque tiene una verdad que traspasa los tiempos.

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