¿Qué significaba ser “mujer determinada” en el siglo XIX?

Durante esta época, los medios británicos se encargaron de generar estereotipos en torno a los diferentes comportamientos de las mujeres, desde el “ángel del hogar” a la “femme fatale”

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Mujer determinada en el siglo XIX
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La historia de la cultura occidental está repleta de imágenes de la estética femenina construidas a través de la mirada patriarcal. La prensa, la literatura y las artes del siglo XIX en Gran Bretaña, testimonios indiscutibles de su tiempo, ofrecen una fuente inagotable de tipologías de mujer que bien perpetúan o desafían los roles establecidos.

Desde el ángel del hogar hasta la nueva mujer, pasando por la fallen woman, la institutriz asexuada o la eterna femme fatale, las etiquetas son múltiples a la vez que variopintas.

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Uno de los diversos roles que acompañan a la mujer británica decimonónica es el de la strong-minded woman, que podría traducirse al español como mujer decidida, resuelta, o determinada. Es decir, lo que el Oxford English Dictionary, en su segunda acepción, define como un adjetivo utilizado de forma peyorativa para referirse a mujeres con “cualidades o comportamientos convencionalmente considerados masculinos u opuestos a las restricciones de la ley y de la actitud imperante de la sociedad hacia la mujer”.

Mujer determinada en el siglo XIX
Fotografía satírica que retrata a una mujer observando a un hombre hacer la colada. Library of Congress

Desde mediados del siglo XIX, cuando los movimientos en defensa de la woman question –la cuestión femenina– comienzan a desarrollar estructuras organizativas más visibles en Reino Unido, la ridiculización de la strong-minded woman será una práctica recurrente a través de la cual la cultura patriarcal intentará menoscabar las voces que desafiarán los valores tradicionales de la segunda mitad de siglo.

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Las mentes de las strong-minded women serán temidas y sus cuerpos, vilipendiados o desfigurados con características masculinizantes que amenazarán los cánones de belleza predominantes. Pantalones, faldas cortas e indecorosas, anteojos, cabellos descuidados y un interés inapropiado por el intelecto se convierten en constante sátira despreciativa de la mujer determinada.

Bigotudas con pantalones y gafas

El arquetipo social de la strong-minded woman aparece perfilado con rasgos masculinos en numerosas manifestaciones culturales. Será la mujer descuidada en su estética y atuendo que, interesada por la lectura o la política, abandona sus “deberes” en la esfera del hogar por otras ambiciones en la esfera pública que se considerarán menos apropiadas para su sexo.

Mujer determinada en el siglo XIX
Portada de la obra de teatro Electra in a new electric light: an entirely new and original extravaganza, in one act de Francis Talfourd. Hathi Trust

En el teatro, un claro ejemplo es la representación de Electra en la obra burlesca de tema clásico Electra in a New Electric Light, de Francis Talfourd, que se estrenó en el Theatre Royal Haymarket de Londres en 1859. En la descripción de los personajes al comienzo de la obra, Electra se muestra de forma cómica como la hija strong-minded de Agamenón y Clitemnestra, con ropajes desaliñados y cabellos despeinados, que se interesa más por su lucha política contra un poder corrupto que por su apariencia física.

El mismo tono peyorativo que describe a Electra será utilizado en la prensa coetánea para referirse, por ejemplo, a la líder sufragista Lydia Becker, a quien el Penny Illustrated Paper en 1890 caracteriza como el epítome de la strong-minded woman con rasgos demasiado marcados, ropa mal ajustada y anteojos. Estos anteojos o monóculos aludirán a la condición intelectual y poco deseable de esta mujer decidida, que en ocasiones verá su rostro afeado incluso con vello en los labios, vistiendo pantalones o luciendo cualquier otro signo de masculinidad.

Mujer determinada en el siglo XIX
Viñeta satirizando la apariencia de Lydia Becker. Chetham’s Library

Criminales y morosas

Con el tiempo, la strong-minded woman de mediados de siglo se convertirá en la nueva mujer o la sufragista que en las últimas décadas del XIX y principios del XX luchará por una mayor igualdad legal y social. En esta incansable batalla, la mujer se concibe como insistente amenaza para la institución del matrimonio, pero también para las diferentes facetas del orden social.

En este sentido, son recurrentes los artículos de prensa titulados “a strong-minded woman” en los que los lectores encuentran asociada la determinación femenina con la criminalidad. Estaremos, pues, frente a mujeres que tanto han abandonado a sus esposos como han asesinado a transeúntes o han dejado impagada la tarifa de un taxi.

En uno de estos casos, el de Miss Lily Duer de Maryland, el periódico denuncia cómo, además de ser convencida abogada de los derechos de la mujer, fumaba incesantemente, llevaba faldas cortas y una chaqueta donde solía guardar una pistola. Todas ellas falacias para incriminar a la mujer adelantada e intelectual que desafía las instituciones más ortodoxas.

Nuevos modelos

La acepción peyorativa del término strong-minded estuvo vigente alrededor de unas siete décadas. Sin embargo, su huella sigue latente en las diferentes manifestaciones culturales que todavía intentan socavar el intelecto femenino asociándolo a la fealdad, la rareza o la extravagancia.

Mujer determinada en el siglo XIX
Autorretrato de Frances Benjamin Johnston como ‘nueva mujer’, sentada frente a la chimenea, mirando hacia la izquierda, con un cigarrillo en una mano y una jarra de cerveza en la otra, en su estudio de Washington, D.C. Library of Congress

Las diferentes tendencias del feminismo desde bien entrado el siglo XX han abierto paso, por fortuna, a nuevos modelos de mujer que crean y transmiten conocimiento y que participan activamente en la construcción de la sociedad. A la mujer política, científica o humanista cuya strong-mindedness abandera una estética no impuesta. La cuestión ahora sería observar si en verdad se han conseguido superar estas barreras o si todavía planean en la sombra nuestras predecesoras decimonónicas.

*Laura Monrós-Gaspar es profesora de Filología Inglesa, Universitat de València.

Publicado originalmente en The Conversation.

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The Conversation
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