
CAPÍTULO 2: SIMULAR PARA EMANCIPAR
El 7 de marzo de 1920 alrededor de 5000 mujeres votaron en las elecciones legislativas de la Argentina. Y lo hicieron, por supuesto, sin la habilitación masculina. El 21 de noviembre de ese mismo año la acción se repitió en elecciones municipales. En un contexto de lucha por el sufragio –que fue legislado en el país recién en 1947– distintas agrupaciones consensuaron intervenir el espacio público, convocando a participar de un simulacro o ensayo de votación a todas las mujeres, usando las listas disponibles en mesas especiales de votación dispuestas en los lugares más diversos –ateneos políticos, organizaciones sociales, sociedad de socorros mutuos, cines, etc.–. Si en las elecciones masculinas triunfó la Unión Cívica Radical, en las femeninas –que, obviamente, no fueron contabilizadas– ganó por una diferencia abrumadora la lista socialista. Se trató de un acontecimiento con antecedentes internacionales, pero que logró una visibilidad inédita en esa fecha concreta, sacando a la luz una lucha colectiva que, entre otras cosas, se sostuvo siempre en la utilización de instrumentos de denuncia disruptivos –basta recordar, por ejemplo, la muerte de Emily Davison tras irrumpir en medio de la carrera del Derby en 1913 para protestar–.
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Si tomo una fecha específica, es porque particularmente el ensayo de aquel 7 de marzo de 1920 recibió más atención por parte de la prensa, pero también debido a que cuenta con mayor registro fotográfico. El acto mismo de tomar y hacer circular imágenes de mujeres encarnando el acto de votar fue uno de los efectos más buscados con la estrategia de la simulación. Es que esas fotos publicadas en los periódicos y las revistas más difundidas de la época volvieron real aquello que el Estado cisheteropatriarcal les negaba: la posibilidad de intervenir en política como electoras y elegidas. Las imágenes capturadas aquel día son, de algún modo, el registro de ese pre-enactment y alcanzan parte de su eficacia al circular y poner en primer plano cuerpos agrupados para intervenir políticamente en el espacio público.

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Las performances de marzo y noviembre de 1920 fueron promovidas a través de las clásicas conferencias públicas de ateneos políticos y mediante pegatinas en las calles exclusivamente en manos de mujeres. Festivales de música, literatura y cine con programación propia fueron desplegados de manera estratégica desde un mes antes de las votaciones para promover eficazmente la protesta. Es decir, fue una movilización que, desde su difusión, apeló a mecanismos no tradicionales. Se trataba, en las palabras de sus impulsoras, de organizarse “destruyendo prejuicios ancestrales, librándose de la cadena oxidada del dogma y el atavismo que la encerraba en el círculo de esclavitud, como prueba del progreso del feminismo en nuestro país”. El acto del 7 de marzo, se dice en el número siguiente al ensayo, “logró despertar a un gran número de mujeres que, por tradición o egoísmo del hombre, se hallaban en el letargo, en cuanto a sus derechos se refiere”. Tras veinticuatro días de propaganda en que grupos de mujeres se ocuparon de empapelar la ciudad de Buenos Aires, se apuntó en las páginas de Nuestra Causa: “Todas unidas por el sentimiento de la urgencia de ser reconocidas como seres humanos trabajamos incesantemente”. Aquel 7 de marzo votaron en la ciudad de Buenos Aires –un distrito donde se encontraban empadronados 161.441 varones– alrededor de 4000 mujeres, en casi treinta mesas dispuestas para tal fin. Y lo hicieron, nuevamente según sus propias palabras, “para destruir mitos pero también para educar”. Tal como se señaló en un artículo central publicado por Julia García Games días antes, “pedir el voto como algo inmediato” tenía como objetivo sacar a la luz la injusticia, pero también irrumpir en el espacio público a través de acciones radicalmente disruptivas, al obligar a entender –y a corporizar– que acontecimientos como el sufragio femenino deberían estar sucediendo. Era la urgencia, la necesidad de que el futuro estuviera ya en el presente, lo que entraba en juego de manera arrolladora; un gesto encarnado, incluso, en los cuerpos mismos de las activistas.
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