
Sobre Avenida Las Heras y la calle Agüero, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, se erige una de las joyas arquitectónicas argentinas. Y si bien tiene sólo tres décadas de vida, es un emblema de la cultura nacional y un ícono de la porteñidad: allí funciona la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, hoy dirigida por el escritor Juan Sasturain.
Repasar el nombre de sus directores significa hablar de la historia de la intelectualidad argentina: Mariano Moreno, José Mármol, Vicente Quesada, José Antonio Wilde, Paul Groussac, Gustavo Martínez Zuviría, Jorge Luis Borges, Héctor Yánover, Horacio González, Alberto Manguel y Elsa Barber.
Fue creada en 1810 por la Primera Junta como biblioteca pública en el Cabildo de Buenos Aires. Luego fue nacionalizada y recién en 1996 obtuvo el carácter de organismo descentralizado y autárquico que hoy tiene. Sus objetivos son “custodiar, acrecentar, preservar, registrar y difundir la memoria impresa de la cultura”.

Durante mucho tiempo fue la Biblioteca Pública de Buenos Aires y funcionaba en el edificio del Cabildo. Recién en 1884 fue designado José Antonio Wilde como primer Director Nacional. En el año 2012, mediante una ley, se le otorgó el nombre que hoy tiene: Biblioteca Nacional Mariano Moreno.
A finales del siglo XIX se mudó a la calle México en una locación construida originalmente para ser sede de la Lotería Nacional. El edificio fue diseñado por Carlos Morra a partir de las premisas de la beaux arts, e inaugurado en 1901. Allí también se instaló una imprenta tipográfica.
Pero la historia del edificio actual ubicado en una de las zonas más elegantes de Buenos Aires, de cuya inauguración se cumplen hoy treinta años, tiene una larga y compleja historia.

El lugar elegido no era cualquiera. Allí se encontraba el Palacio Unzué, utilizado por Juan Domingo Perón como residencia presidencial y bombardeada en 1955 en los días previos al golpe de Estado que llevó al poder a la autodenominada “Revolución Libertadora”. En 1958, el dictador Pedro Aramburu había decidido demoler lo que quedaba del Palacio Unzué como una forma extendida de la proscripción del peronismo. Sin embargo, en 1960, el entonces presidente Arturo Frondizi destinó tres hectáreas del terreno disponible a la Biblioteca Nacional. En 1962, se eligió por concurso el proyecto de los arquitectos Clorindo Testa, Francisco Bullrich y Alicia Cazzaniga de Bullrich.
El arquitecto Testa dijo que la idea principal fue ubicar los depósitos del edificio bajo tierra, pues la totalidad de la manzana estaba destinada a la biblioteca y una plaza pública. Esto protegería a los libros del perjuicio de la luz y permitiría en el futuro expandir el espacio de los depósitos. Liberada la estructura del edificio del peso de los depósitos de libros, se pensó en la posibilidad de elevarla sobre pilotes para permitir la vista libre, dejando una plataforma de acceso libre abierta.

“Este nuevo edificio —dijo Frondizi— será el símbolo de la integración. Cuando los ‘gorilas’ quieran investigar, tendrán que hacerlo donde vivieron Perón y Evita, y en el caso de los peronistas, que pregonaban ‘alpargatas sí, libros no’, no encontrarán la casa de su líder sino la Biblioteca Nacional”.
Se empezó a construir recién en 1971, y todo fue lento. Durante la dictadura cívico-militar iniciada en marzo de 1976 hubo un momento en que se suspendieron las obras. Se reiniciaron en 1982. Durante la etapa final de la obra, los arquitectos Testa y Bullrich fueron removidos de la dirección. Todo quedó a cargo de la Dirección General de Arquitectura Educacional (DGAI).
Fue entonces cuando se modificaron detalles importantes, como los revestimientos del auditorio para los cuales se eligieron materiales más económicos. Lo mismo sucedió con los parasoles metálicos de la fachada. Según algunos expertos, esto da un aspecto inconcluso al edificio y perjudica a los lectores en determinados horarios del día.

Finalmente, gracias a un préstamo del Reino de España en 1990, se logró terminar la construcción. El nuevo edificio fue inaugurado el 10 de abril de 1992, en un acto liderado por el entonces presidente Carlos Menem y la presencia de importantes figuras de la cultura de la época.
Adentro hay tres depósitos subterráneos: dos de ellos destinados a libros, uno a revistas y diarios. Además, funciona actualmente la Escuela Nacional de Bibliotecarios. En el año 2019 el edificio de la Biblioteca Nacional fue declarado Monumento Histórico Nacional.

El edificio cuenta con un diseño brutalista, un estilo surgido en los años cincuenta que fue muy popular en el mundo entero. Se caracteriza por privilegiar las estructuras de hormigón armado dejadas a la vista y tratadas de manera escultórica. En este caso, su forma es de una gran T.
La Biblioteca Nacional, hoy dirigida por Juan Sasturain, es un lugar imponente rodeado de parque pero, una vez adentro, tiene la sutileza de una guarida. La sala de lectura funciona también como un gran mirador sobre el puerto y el Río de la Plata.
Cuando la Biblioteca quedó liberada del peso de los depósitos de libros, se decidió elevarla sobre pilotes para permitir la vista libre. Hoy el edificio —hoy se cumplen treinta años de su inauguración— es sostenido por cuatro grandes columnas como si se tratase de un cuadrúpedo, según el propio Testa.
Visto con cierta perspectiva, cuando el sol resplandece en sus vidrios o cuando se conserva inmóvil bajo la noche, la Biblioteca Nacional parece un cuadrúpedo lleno de sabiduría que alberga mil historias y aguarda para guardar dentro suyo todas las que vendrán.
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